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La naturaleza y la fantasía en El Ramayana

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Hyalmar Blixen

En el artículo anterior nos referimos a “El Ramayama” como a una epopeya donde la imaginación de un pueblo exultó prodigiosa y rutilante. Los hindúes -lo señala Le Bon acertadamente- viven en medio de una naturaleza tremendamente fuerte, llena de una belleza sobrecogedora, con sus montañas fabulosas, como los Himalayas, con sus ríos poderosos, como rebaños de elefantes en marcha, con sus selvas, donde todo peligro hace su nido. El cielo de la India, límpido y soleado, se ennegrece casi súbitamente y desencadena tormentas pavorosas. Todo eso ha obrado en la imaginación de sus habitantes, dándoles ese contenido de lo sobrenatural y esa sensación de aplastamiento del hombre ante las potencias cósmicas, desencadenadas y triunfantes.

El lector se siente de pronto inmerso en un mundo prodigioso, lleno de seres sobrenaturales, de suras o divinidades superiores, de apsaras o bayaderas celestes, de nagas o deidades serpientes, de pitris o manes, de andharvas o aedas de los dioses, de rakchasas o demonios, de siddhas o santos… La concepción del universo mágico es impresionante, con sus miríadas de dioses menores sobre los cuales reinan las treinta deidades cantadas anteriormente en los “Vedas”, aunque a veces dan un contenido algo distinto: Agni, dios del fuego, padre éste de la civilización, Vayu o Maruta, que rige los vientos, Varuna, el agua, preciosa para los hombres y las bestias, Kala, el tiempo, que se come todas las cosas: tanto la frágil vida de un ser de carne como los grandes yugas o períodos cósmicos. Allá sobre los cielos el celeste Indra ejerce el reino de los dioses.

Tentando las flaquezas de la carne y turbando la meditación de los anacoretas, Kama( o Ananga) el amor, ronda los palacios, las chozas y los eremitorios; Hri, diosa del pudor, arrebola las mejillas de las doncellas codiciables, pero urañas; Zru, la fortuna, que se ofrece a veces y es esquiva en otras, es la suspirada entre las diosas; Mandhavi, la tierra, da sus generosidades al labrador o es insensible con el que se aventura en la jungla; Skanda, dios de la guerra, flota como una pesadilla apocalíptica y se traga ejércitos y aplasta ciudades; Nidra, la deidad del sueño, desciende sobre el gigante Kumbahakarna y le deja dormido durante años; Vizvakarman, el dios arquitecto edifica a la soberbia Lanka, y en el monte Kailasa hace la mansión de Kubera… Sobre todo este mundo de seres está la trinidad brachmánica: Vishnu, el transformador de las cosas, Shiva, el destructor y más arriba aún, Brahma, el Abuelo de los Mundos, inmutable y sonriente en medio de las destrucciones y las resurrecciones del universo.

La presencia de la naturaleza en la epopeya adquiere también vigor considerable; Valmiki la conoció bien, la sintió y tal vez la amó aún en su potencia aniquiladora. Así, cuando Rama exhorta a Sita a quedarse en Ayodhya por temor de que su delicada esposa no pueda soportar tantas penurias, le dice:

“Porque quiero serte útil te hablo así. No se de nadie que haya vivido bien en la selva, sino siempre en medio de la desgracia. Oyense allí los horribles rugidos, mezclados al fragor de las cataratas y al de los leones que en las cavernas habitan. Y éste es el peligro de la selva”.

“Las bestias salvajes merodean en la soledad y atacan con furor al hombre. Y éste es el peligro de la selva”.

“Los aguazales, cenagosos y llenos de cocodrilos, son infranqueables, incluso para los elefantes que van de camino. Y éste es el gran peligro de la selva”.

“Hay lianas y espinosos matojos, donde se oye el krikavaku (especie de gallo silvestre). Falta el agua y los senderos son difíciles de seguir. Y éste es el peligro de la selva”.

“Numerosos reptiles de todas las formas ¡oh, mi amada Sita! circulan audazmente por las sendas. Y éste es el gran peligro de la selva”.

Valmiki ha amontonado aquí sensaciones auditivas y visuales junto a sensaciones internas de angustia y a sentimientos de temor. La selva se representa fácilmente a través de estos shlokas o versos dobles. Sin embargo, esa visión de la naturaleza, esa captación de la realidad aparece deformada en Sita; a través de su ternura sublime, ella transforma todos esos peligros en cosas agradables, inofensivas y hasta buenas. La visión de la naturaleza está, pues, lejos de ser impersonal, sino reelaborada a través del cariño que la hermosa siente por Rama, de la admiración por el héroe, de la confianza por el esposo. Sita responde prevalida de una dulce autoridad que nace de su amor y de sus deberes de mujer:

-“Pues eres mi marido, te acompañaré, mi amado y no ocurrirán las cosas sino así. Las hierbas “kuza” y “kaza”, las cañaveras, los juncos y los arbustos espinosos del camino, me parecerán, en tu compañía, tan suaves al contacto como céspedes o pieles de antílope. Las polvaredas que el viento levante me serán como polvo de sándalo, querido esposo. Nada enojoso verás en mí… Sábelo, Rama y se perfectamente dichoso conmigo”.

Las descripciones están llenas de colorido exhuberante, de animación y de brillo y el paisaje ornado con una yuxtaposición de elementos visuales o reales y de otros elaborados por la imaginación del poeta, que viste de fantasía cuanto concibe; son notables las visiones del Ganges, del Océano Indico, de la ciudad de Ayodhya y de las estaciones del año, porque Valmiki tiene una sensibilidad exquisita para captar el paisaje en sus cambios de luz y en sus sensaciones cromáticas. Así, dice del Ganges:

“Ornábanlo honorables eremitorios, poco alejados entre sí y era río maravilloso, en cuyos remansos las apsaras se entretenían en sus diversiones. Distraíanse los dioses de cien maneras en los celestes parques en el que el Ganges abundaba. Y para utilidad de ellos corría desde el firmamento aquel famoso río bordado de divinos lotos. Parecía el rumor de sus aguas una carcajada sonora; era su espuma como límpida sonrisa y ora sus ondas se trenzaban, ora centellaban al arremolinarse. Con sus aguas límpidas como perlas, borraba el Ganges toda mácula. Los elefantes de las diversas regiones, los elefantes salvajes, enfurecidos por el mada, los elefantes de tamaño colosal, usados por los dioses como monturas, hacían resonar con sus berridos las profundidades de las selvas. Y parecía el río una joven desposada, diestramente cubierta de aderezos maravillosos”.

Los elementos de la realidad y de la fantasía se unen aquí en una síntesis artística hermosísima.

Pero “El Ramayana” encierra también temas profundos, antagónicas hipótesis sobre la vida y la muerte, sobre el ser y el deber ser, sobre el valor de las conductas humanas, sobre las relaciones del hombre con el misterio universal que le rodea. Por otra parte la idea de infinito ha alucinado al hombre hindú, quien ha necesitado poblar las dos dimensiones (espacio y tiempo) con elaboraciones de su fantasía maravillosa; a vía de ejemplo podría citarse la concepción temporal de los cuatro “yugas” o edades del mundo; en cuanto al espacio, éste fue poblado de países de fantasía, habitados por dioses o seres fabulosos, como el Rasatala, el Patala, el Vadava, el Put, el Kshuradhara, el Raurava, el Tripura, la ciudad de los semi dioses destruída por Shiva, el Nagaloka o país de los dioses serpientes, el Indraloka o mundo de Indra, el Brahmaloka o mundo de Brahma, el Jivaloka donde habitan los seres terrenos y efímeros; sobre los cielos el Vitapavati o ciudadela de los dioses y otras varias regiones sobrenaturales que resulta imposible citar aquí, pero cuya sóla mención da una idea de la concepción del mundo que tenían, no sólo Valmiki, sino los hombres de aquella época. Sin embargo, en el poema se adivinan las controversias; la chispa del combate de las ideas aparece muchas veces, pero es especialmente destacable el diálogo que sostienen Rama y Jabali donde se patentiza el tema del descreimiento y de la negación de todas las cosas. Aunque Jabali no cree lo que dice, pues sólo habla para tentar a Rama, atisbamos, a través de sus palabras, la existencia en la India de aquella época, de las filosofías escépticas y del titanismo ateo.

Dice Jabali: -“¿Qué parientes tiene el hombre? ¿De quién y cómo puede sacar nada? Sólo nace y solo muere. A quién ¡oh, Rama! se apega a otra persona, porque sea su padre o su madre se le debe reputar de insensato, pues nadie es nadie para nadie. El semen es el único padre de los seres. De la mezcla de sangre y semen en el seno de la madre nace el hombre. De los que especialmente se consagran a lo útil y a lo debido, tengo yo piedad, no de los otros. Porque viven desgraciados y al morir les espera la destrucción. Dicen los piadosos: “Conságrese el octavo día a las divinidades ancestrales”. Pero pierden los alimentos de la ofrenda, porque ¿pueden los muertos comer? Entiende, sabio príncipe, que no existe un más allá. Ocúpate en lo que tienes delante y vuelve la espalda a lo que tienes atrás”.

La respuesta de Rama está de acuerdo con la concepción Bracmánica de las cosas, pero lo citado anteriormente es prueba de fuertes controversias metafísicas y morales en la India post védica.

“El Ramayana” abunda también en las llamadas “alamkaras” o recursos ornamentales, entre los que se puede citar las comparaciones, los epítetos y los juegos de palabras, estos últimos de difícil captación en una traducción. Las comparaciones no son largas, pero son justas y hermosas y resultan también ejemplos de yuxtaposición de elementos de la naturaleza, de datos captados por los sentidos y de paisajes soñados o fantásticos.

A veces el poeta las acumula una tras otra, como en estos casos: “el muy ilustre Visvamitra, viendo destruídos a todos sus hijos y ejército, sentóse confuso y reflexionó. Y como océano herido de inmovilidad, como serpiente con los dientes rotos, como el sol ensombrecido, súbitamente se sintió privado de su valentía”. Otro ejemplo de comparaciones acumuladas lo da el pasaje en que Dasaratha, al entrar en la habitación de Kaikeyi (es el momento en que ella va a pedirle que sea Bhárata el sucesor del trono y Rama vaya al destierro), ve que “su tierna esposa más cara para él que la existencia, estaba en el suelo como una liana quebrada”.

Y agrega Valmiki: “La vio como una “kinnari” decaída, o una apsara caída del cielo, como una ilusión disipada o una gacela cautiva, como un corpulento elefante a la vista de su hembra herida por el dardo emponzoñado del cazador, en una selva solitaria”.

Valmiki, como Homero, usa de los epítetos. Así, a Rama, se le dice “el de afortunado karman”, “el de los ojos de loto”, “semejante a un dios”, “el león de los hombres”, “el de las melenas que como las de cuervo le caen sobre las sienes”; a Dasaratha le llama “tigre entre los hombres”, “león de los reyes”; al bracman Vizvamitra, “el Indra de los ascetas”, “el de nobles pensamientos”, “toro de los ascetas”; a Kala (el Tiempo) “resplandeciente de llamas” o “el de pies de oro”; a Sita “la de negros ojos”, “la de hermosas caderas”; al mono Hanumat “flor de los monos” o “elefante de los kapis”; al monte Mainaka “el de ombligo de oro”.

Cerremos “El Ramayana” y dejemos que por un momento nuestra emoción artística se encienda ante esos mundos extraños y que la barca de nuestra imaginación despliegue sus velas en busca de quién sabe qué mares lejanamente misteriosos.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado “El Día”
28 de octubre de 1962

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