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"El Ramayana" sueño de belleza junto a los himalayas

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Hyalmar Blixen

Pocos creadores literarios presentan, como Valmiki, mayores aristas de leyenda: aeda de la India post védica, nos desafía el misterio de su existencia misma y de su trayectoria artística y humana. ¿Respiró, realmente, el aire de los vivos ese poeta al cual se le adjudica nada menos que la paternidad del Ramayana? ¿Fue un ser real, un aeda que lloró la hermosura que fluía de su reino interior y la cristalizó en los sartales de flores que son los “shlokas” de su epopeya? ¿O es Valmiki el mito de un poeta inmortalizado, creado por la fiebre de belleza de un pueblo? Sea una cosa u otra, lo cierto es que la leyenda se apoderó de él, impregnó su personalidad, nimbándola de una aureola sobrenatural, haciéndolo un bracmán -tal vez lo fuera- e hijo del sabio Prachetas, encarnación éste, de Varuna, dios de las aguas, Dicen viejas sagas que antes de ser poeta y a pesar de su origen, se hizo Valmiki salteador de caminos, para alimentar a su familia con el producto de sus fechorías. Catequizado por siete rishis -o anacoretas- quienes le instruyeron en las hazañas de Rama- prototipo del héroe hindú- se dedicó a la meditación y al ascetismo; insensible a los padecimientos, se sentó, para mortificación de su cuerpo, sobre un hormiguero de hormigas “valmikas”, en una de esas horribles selvas de la India y en una concentración mental profunda -como sólo pueden hacerla los hijos de ese pueblo- estuvo varios años inmóvil, sin sentir a las hormigas que hacían nidos en su cuerpo; de ahí el apodo con que se le conoce. Lentamente se iluminaron los pantanos oscuros de su reino interior y llenaron de lotos, de modo que al comenzar a despertarse de su “tapas” -o ejercicio ascético- estaba de tal manera purificado, que al principio confundió su propia voz con la de los suras, los dioses. Brahma mismo le ordenó componer “El Ramayana” para deleite de los hombres y como demostración de la belleza de la virtud, del amor y del heroísmo.

Tal la leyenda. Sin negar la existencia posible de un Valmiki, ya que “El Ramayana” tiene una unidad bastante señalada, una ordenación y un desarrollo graduales y una identidad de lengua y estilo que anuncian la existencia de un redactor único -tan diferente del monstruoso, aunque genial caos de cantares, leyendas y diálogos filosóficos que constituye la otra gran epopeya de la India, o “Mahabhárata” -no puede negarse, sin embargo, que ambos poemas son el producto de un largo proceso de decantación, aunque en “El Ramayana” se adivinan más fácilmente la elaboración de la gesta artística, la intención religiosa y moralizadora e incluso los problemas de la rivalidad política de las castas con la justificación de la preeminencia de la “bracmana” o sacerdotal sobre la “kshatriya” o de los guerreros.

Hablar de fechas en la historia de la India -país que se desentendió siempre de fijar en el tiempo los diversos aspectos de su proceso cultural- es una tarea dificilísima, incluso para eminentes especialistas; tal vez los estudios sobre la base del carbono 14 pongan en claro muchos aspectos arqueológicos y antropológicos, pero en el plano literario, el investigador se mueve casi a ciegas. Así, por ejemplo, Luaces piensa que “El Ramayana”, empezó a formarse antes el 800 (a. J.C.) ya que más allá, su época de gestación se confundiría con la del período védico y la epopeya cita continuamente a los Vedas, aludiendo a ellos como a libros ya formados y de plena autoridad religiosa. Romesch Dutt, en su “Epílogo”, extiende el período de formación de esta epopeya hasta el año 1000 (a. J.C.). Pero admítase una u otra fecha, lo cierto es que esta obra siguió creciendo durante siglos, sufriendo interpolaciones, refundiciones y contaminaciones de otros cantares hasta el año 500 (a. J.C.) época en que ese sedimento primitivo parece sustancialmente consolidado, puesto que en el relato no hay huellas del budismo naciente; se argumenta que si hubiera seguido creciendo aún en estos tiempos, es difícil que escapara a la impregnación de los sermones y parábolas de los “Pitakas” o Evangelios budistas. Aún así puede admitirse cierto agregado ulterior, pero de menor entidad, especialmente en el último libro de esta epopeya, llamado Uttara-kanda ( o “libro suplementario”). Lo correcto es suponer que Valmiki dio forma a cantares y leyendas más antiguos que versaban sobre las hazañas de Rama; sin embargo, el propio aeda aparece como personaje de la obra, lo que crea evidente desconcierto.

Tal como ha llegado a nosotros es “El Ramayana” una epopeya de 25000 shlokas aproximadamente; el shloka es, en la literatura de la lengua sánscrita, el verso dístico heroico de dieciseis sílabas. El poema está dividido en siete libros y quinientos cantos y aunque es, por lo tanto, mucho más largo que las epopeyas homéricas resulta, sin embargo, bastante más breve que “El Mahabhárata”

El libro 1 (Bala-kanda) eleva nuestra imaginación hacia aquellas épocas heroicas y bárbaras que tal vez pudieran ser estudiadas en los siglos X y XV, tiempo de la acción de la epopeya. El encadenamiento de las gestas de “El Ramayana” comienza cuando los dioses menores ruegan a Brahma, el abuelo de los mundos, el autor de todo lo que tiene ilusión de existencia, la muerte del rakshasa Ravana, poderosísimo demonio del cual se dice: “siembra el espanto en los tres mundos y en su maldad odia a los que le superan”; “Ser insoportable, prevalido de su privilegio, en su presencia el Sol deja de brillar, el viento de soplar y a su vista el océano, enguirnaldado de agitadas olas, se trorna inmóvil”.

Pero Brahma mismo está momentáneamente encadenado por la palabra que ha dado a Ravana (dicho demonio, tras realizar rigurosos ejercicios ascéticos había arrancado a Brahma la merced de no ser muerto por dioses ni por semidioses, aunque en su desdén por los humanos olvidó solicitar invulnerabilidad contra éstos). Creyéndose inmortal, ignorando en su propia demencia, a Kala el tiempo y a Yama, la muerte, tiranizó a los tres mundos y perturbó a la virtud, allí donde la vio abrirse como un loto. Ante el clamor de los dioses menores y de los aedas celestiales, ante la congoja de los siddhas y de los rishis, Vishnu, que sentado a la diestra de Brahma, conciente reencarnarse en tres humanos -ya que sólo hombres pueden matar a Ravana- lo hace en un cuádruple avatar: va a renacer en los cuatro hijos de Dasaratha, rey de Ayodhya.

A este monarca le nacen pues, de sus tres esposas, cuatro hijos: de Kausalya tiene a Rama, protagonista de esta epopeya, que es la mitad de Vishnu; de Kaikeyi, a Bhárata, que es una cuarta parte del dios y de Sumitra a los héroes Lakshmana y Zatrughna, que son, cada uno de ellos, avatares de un octavo de Vishnu.

Es hermoso el cuadro que el poeta Valmiki hace de la ciudad de Ayodhya, urbe feliz, donde residía la justicia, como en la edad de oro y situada no lejos de las fuentes del Ganges río sagrado entre todos los de la India. Dice el poema:

“Dasaratha goberanaba su pueblo como un padre en gracia cariñosa, la verdad y la justicia señalaban cada acción y cada bajeza era apaciguada. En paz vivía el pueblo justo, rico en bienes, alto en méritos.

La envidia no moraba en sus pechos y sus palabras no tenían forma de mentiras; los padres, con sus hogares felices, poseían su ganado, su grano y su oro; las enojosas penurias y el hambre no se veían en Ayodhya”.

A pesar de sus múltiples digresiones, de las leyendas interpoladas, de las recapitulaciones de pasajes previamente desarrollados, “El Ramayana”, en lo esencial, trata, como su nombre lo dice (“ayana” en sánscrito es “hazaña” o “aventura”) de las peripecias que sufre Rama hasta lograr el triunfo definitivo sobre Ravana, establecer el reino de la justicia sobre la tierra y tras esto, recordar su esencia divina y ascender, con sus hermanos, al supramundo.

El protagonista de estos cantares logra, siendo adolescente, la mano de Sita, a la que Jataka, monarca de un estado vecino, quería como a una hija. En realidad, Sita (que en sánscrito significa “surco”) había nacido de la tierra, cuando araba aquel rey patriarcal; es ella, en el poema de Valmiki, el arquetipo de esposa, según los conceptos e ideales de la India. Rama la obtiene ganándola en un juego de fuerza y destreza -Sita estaba prometida a quien consiguiera tensar un arco perteneciente al dios Shiva- y un amor maravilloso nace entre ambos jóvenes.

Sin embargo, la tragedia se cierne sobre la familia real de la bienaventurada ciudad de Ayodhya. Kaikeyi, la más querida de las esposas del rey Dasaratha, inducida por una sierva contrahecha llamada Manthara -una de las pocas figuras que carecen de caracteres heroicos en la epopeya, pues en ésta, aún los demonios tienen grandeza épica- exige a su esposo que nombre sucesor del trono a Bhárata, hijo de ambos, asociándolo al reino y que destierre, en cambio, a las selvas casi impenetrables, a Rama, vástago del rey y de Kausalya, a fin de alejar a un rival querido por el pueblo. Kaikeyi le recuerda que en cierta ocasión en que le salvó la vida, Desaratha le prometió, agradecido, concederle dos dones, y ahora le pide que se los otorgue. El monarca bondadoso -a quien su propia bondad hace presa de la malicia- queda estupefacto: había pensado asociar a Rama al trono, no a Bhárata y toda Ayodhya festejaba esa elección. Así se lamenta en el poema:

“¡Ah desgracia, ah, maldición! Con tus palabras pérfidas, gran maldición cae sobre mí, cual expiación de algún anterior crímen. En mi locura, ¡oh perversa! mucho tiempo te he mantenido a mi lado y en mi ignorancia también, siendo tú el lazo que debía estrangularme. Como con la muerte, jugaba contigo sin advertir lo que eras. Y te acariciaba cual un niño toca en la sombra a una negra serpiente”.

Rama, sin embargo, consiente en exiliarse… no va a ser por causa suya que quede incumplida la palabra paterna. Además, un hondo cariño le une a su medio hermano, Bhárata, el cual, ausente del reino, ignora las maquinaciones de su madre. Pero cuando Rama va a despedirse de Sita, ésta, con una ternura capaz de la inmolación, con una conciencia de su deber de esposa, con la alegría de seguir a Rama a donde sea y con una firmeza delicadísima, se dispone a vestir la túnica de cortezas de árboles de los ermitaños para ir también a vivir entre las fieras. El diálogo de amor entre los dos jóvenes -comparable, en la ternura de los sentimientos conyugales, a pesar de las diferencias de situaciones y de psicologías, al de Héctor y Andrómaca de “La Ilíada”- es uno de los más conmovedores pasajes de la epopeya.

Ante el exilio de Rama y de su mujer, el rey Dasaratha se consume de melancolía y al fin muere. Al volver Bhárata a Ayodhya y saber que su madre ha sacrificado a Rama por causa suya, va a buscarlo a la selva, acompañado de un ejército, a fin de ponerlo sobre el trono, pues era el mayor de los hermanos, pero Rama quiere cumplir el tiempo que, si bien contra su voluntad, le fijó su padre; entonces, el virtuoso Bhárata toma las sandalias de su hermano para ponerlas sobre el trono de Ayodhya e indicar así que durante los catorce años del exilio gobernará, pero sólo en nombre del príncipe exiliado. La pareja de esposos vive un tiempo felizmente en la selva, acompañada de Lakshmana, otro de los hermanos de Rama, pero Ravana, alejando al héroe por medio de una añagaza, rapta a Sita, y en un carro alado la lleva a Lanka, su ciudad, considerada hasta entonces inexpugnable y situada en la isla de Ceylán. Las hazañas de Rama en busca del paradero de su esposa, en compañía de Lakshmana, auxiliado por un ejército de monos -que en el poema aparecen completamente humanizados pues hablan, andan vestidos, tienen armas, jefes y reyes- , la muerte de Ravana y de tantos héroes rakshasas de Lanka, constituyen los episodios de casi toda la epopeya, la que tiene, pues un esquema vagamente parecido al de “La Ilíada”, ya que en ambas obras se canta el rapto de una mujer hermosísima -ya sea Helena, ya sea Sita- y la destrucción de una ciudad que se solidariza con el raptor -Troya en un caso, Lanka en el otro-. En ambas epopeyas, el marido ultrajado -Menelao y Rama- encuentran el auxilio de un hermano -Agamenón y Lakshamana- así como de un ejército de héroes. Las batallas por la toma de Lanka están llenas de combates singulares, como en “La Ilíada”, de discursos pronunciados por los guerreros y otros puntos de semejanza, pero fuera de ese esquema central que las aproxima, en todo lo demás son distintas. Probablemente los griegos y los hindúes bebieron en las antiquísimas tradiciones comunes de los indoeuropeos; aquéllos las radicaron luego en el sitio de Troya y éstos en el de Lanka. Ambos materiales legendarios fueron durante mucho tiempo amasados por un pueblo de aedas y de rapsodas hasta que Homero y Valmiki le dieron la forma imperecedera y el sello propio de sus personalidades poderosas, pero diferentes.

Cerremos de momento, “El Ramayana”, deslumbrados por este torrente de imaginación portentosa, de fantasía sorprendente, de concepción mágica del mundo, de realización de la idea moral, de triunfo de las virtudes basadas en el sacrificio de todas las tendencias egoístas, como una sinfonía que sube de la tierra hasta el firmamento, a través de los mundos de oro poblados de seres invisibles.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado “El Día”
14 de octubre de 1962

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