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Tarot Egipcio

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EL LOCO o EL DISCÍPULO

El discípulo inició su camino, en solitario, en el momento en que comenzaba sobre el planeta un eclipse he sol.
No llevaba ni oro ni armas, tampoco estaba a su lado el maestro para acompañarle a través del maya, pero recordaba la voz:
EL DISCÍPULO COMO EL MAESTRO, ESTÁN FUERA DE TODO ORDEN, POR ENCIMA DE TODA LEY.
Por el camino algunos de los que le observaban te llamaban loco: los hechiceros y los perros intentaron hacerle variar de dirección para que cayera en un precipicio sin retorno.
Su tiempo se media por las lunas y su acción debía guiarse solamente por la dirección y la luz del sol.
En una mano llevaba el símbolo de la orden en que había sido iniciado: una rosa de color blanco.
Sobre los hombros apoyaba una vara con doble equipaje defendido por su mano izquierda: en el equipaje de atrás guardaba los signos y las claves para no detenerse ni errar en el camino, en el equipaje delantero acumulaba la sabiduría.
Sobre la cabeza del loco podía verse este símbolo: un círculo y una cruz en el centro, el signo del planeta donde debía conquistar la vieja serpiente.
El Loco no era el Loco, era el discípulo puesto en camino, llamado loco por quienes no habían tenido el valor de emprender la búsqueda alquímica del conocimiento.

EL MAGO o EL APRENDIZ


A una Determinada altura del camino, el discípulo ya no fue llamado loco por las turbas.
Los prodigios que hacia, le merecieron el apodo de “mago”.
Pero en realidad, seguía siendo discípulo: un aprendiz que había comenzado a practicar y obrar con sus conocimientos a través de la materia que le proporcionaban los cuatro elementos.
Cuando se presentaba a la gente, lo hacía como un hombre libre con el signo infinito sobre su cabeza: en su mano derecha la vara de poder y con su mano izquierda encaminando la fuerza que venía de lo alto hacia los materiales, sobre los que obrar el cambio.
Los materiales, los cuatro elementos con que había comenzado a trabajar, estaban simbolizados adelante de él sobre la piedra cúbica defendida por el ibis sagrado: el pentáculo dorado extraido de la tierra, la copa rebosante de agua primitiva, el fuego inextinguible brotando del ánfora, la espada curva delimitando el aire y las heridas.
La mayor parte de sus semejantes no comprendían ni los símbolos ni el lenguaje, otros tenían miedo en su presencia por la forma en que manejaba y dominaba los materiales, por eso le llamaron mago, dios, profeta, en adelante. Pero en verdad, era un discípulo que todavía llevaba ceñida a la cintura la serpiente que se muerde la cola y estaba aprendiendo a experimentar con la materia aunque defendido por la fuerza constante de Mercurío.
El mago era el aprendiz alquimista buscando a través de sí mismo y la materia la sabiduría y el don de la obra.

LA SACERDOTISA o ISIS con VELO
El discípulo sabía, que antes de llegar a ser maestro, debía vencer las siete tentaciones y que serían sutiles como los mas secretos deseos y podrían disfrazarse incluso de aparentes formas de dominio del mundo de la materia .
Su primera tentación fue la sacerdotisa. Al discípulo se le apareció cubierta de un velo negro y su primer deseo fue conquistarla y levantar el velo para entrar en su mirada, porque en ella averiguaba la matriz virgen de todas las cosas y el himen puro de la sabiduría que andaba buscando.
Cuando dio el primer paso para conseguir su objetivo, advirtió que la sacerdotisa llevaba sobre su cabeza tu tiara de triple círculo, símbolo de la trinidad superior conquistada, que defendían su vuelo los signos zodiacales de Virgo y la Luna que llevaba escrita en sus manos la ley cósmica de causa y efecto y que en su pecho estaba grabado el símbolo de la unión fecunda del arriba y el abajo.
Parado, el discípulo contempló largamente a la sacerdotisa vestida de blanco, oculto su brazo derecho por un manto azul, defendida por las columnas de los dos principios que determinaban toda polaridad y todo movimiento dejando ver en su mano izquierda la ley escrita y en su pecho el símbolo de Mercurio entregado a todos los que pretendían la iniciación.
Entonces el discípulo retrocedió hasta el atrio sin dar la espalda y comprendió que había vencido la primera tentación.

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