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Recetas y cultura india, pakistaní y árabe

Rememorando

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Hay autores que nos resultan difíciles de leer en determinado que momentos. Me sucedió con Umberto Eco. La primera vez que leí el Nombre de la Rosa me atasqué en la segunda página, y durante casi un mes no pude salir de ahí, comenzaba y ahí me detenía incapaz de seguir ni un párrafo más. Sin embargo, como siempre le doy una segunda oportunidad a los libros, lo empecé de nuevo y esa vez me lo leí de un tirón, saboreando cada una de las páginas como si de un veneno se tratara y tuviera que llegar al final para conseguir el antídoto que me salvara. Me gustó tanto que me lo leí otras cuatro veces en años posteriores.

Tengo un problema, que a veces resulta práctico en determinadas situaciones, y es que tengo una memoria pésima. Así que, no recuerdo los finales de los libros y puedo volver a leer novelas de intriga y misterio como Agatha Christie sin que recuerde quien es el asesino hasta que llego al final. Y me gustaba hacerlo, releer la historia, porque la segunda vez uno se fija en detalles que antes nos habían pasado desapercibidos, y que ahora, en la segunda lectura, vemos que estaban ahí, claramente a la vista, y que no supimos verlo.
Hace tiempo que no releo un libro, quitando El ocho, que me leí el verano pasado, junto con otros 9 libros. En los doce días que estuve en la playa, me leí 10 novelas, más bien se puede decir que “devoré” diez novelas, tan deprisa me las leí que ni recuerdo ahora todos sus títulos, algunos fueron El último Judío y la Doctora Cole de Noah Gordon, Los jardines de la luz de Amin Malouf, los ojos del tuareg, uno de Ken Follet y el resto no recuerdo.
Cuando voy de vacaciones, es el único momento en el que no estoy todo el día con un ordenador, y como estoy sola todo el tiempo, paso todo mi día desde que me levanto hasta que me acuesto pegada a los libros. Me los llevo a la playa, me los llevo a la piscina, me los llevo a la cama… y aprovecho para ponerme al día. Tengo la suerte que en la casa donde voy, tienen muchísimos libros y las últimas novedades, que me fundo en el menor tiempo posible, sabiendo que pasará un año o más hasta que regrese.
Lo de tener mala memoria es curioso, más cuando en la niñez una tenía memoria fotográfica y era capaz de recordar hasta los mínimos detalles de un libro, cualquier línea escondida en una bibliografía. Recuerdo que cuando me ponían los exámenes, simplemente veía en mi mente la hoja del libro, con sus márgenes, sus párrafos, imágenes, puntos y comas… y me limitaba a copiar en el papel como respuesta lo que veía claramente en mi mente.
Esto siempre traía la desconfianza de profesores, que no entendían como se puede responder con puntos y comas y entonces venía la humillación de demostrar que el tener todas las respuestas correctas no había sido fruto de la trampa o el azar. Asi que me sacaban a la pizarra ¡horror¡, y me hacía las preguntas de forma oral. El estar delante de toda aquella clase hacía que me olvidara hasta de mi nombre, pero aún así si querían las respuestas, pues allí se las daba.
Al final, después de 4 o 5 veces ya se aburrieron de la demostración pública, y me dejaron en paz, supongo que pensando que tenía alguna comunicación telepática o con diminutos artilugios escondidos dentro de mi oreja, compinchada con alguien del exterior que me chivara las respuestas… ¡qué tiempos aquellos¡
Recuerdo que el día que se murió Franco nos dieron el día libre y mis padres compraron nuestro primer televisor en blanco y negro para ver el evento. Al día siguiente, cuando no había nadie en la casa, yo ya le había quitado la parte trasera e investigado entre todas aquellas válvulas y cables, les había sintonizado los canales y vuelto a colocar la tapa cuando había oído subir a gente las escaleras. La tarde siguiente vino el técnico a ponernos la primera y la segunda cadena, y ¡oh, que extraño!, ya está sintonizado, que curioso… Mi madre me echó una mirada asesina y yo corrí a esconderme en mi habitación enfrascada en un libro de Los Cinco mientras oía la sintonía de Los Hombres de Harrelson ¡TJ al tejado!
Yo ya había visto la televisión en alguna otra ocasión, claro. Mis abuelos tenían una, que mi abuelo era muy moderno, y cuando iba a verles aprovechaba para verla, lo que no ocurría muy a menudo. Claro que ninguno de mis vecinos la tenía, asi que de pronto me convertí en muy popular entre los niños del barrio, que de pronto invadían mi casa después de la siesta para ver la tele conmigo.

Volví a abrir el televisor un par de veces. No se que pensaba encontrar allí, simplemente me quedaba mirando todo aquello esperando ver salir a algún duende desde algún ángulo escondido. Los televisores viejos en blanco y negro tienen la particularidad de que si funciona algo mal, se ve un poco de nieve, o hay interferencias… los abrías y al cerrarlos todo funcionaba de maravilla… igual que Windows, salir y volver a entrar suele arreglar todos los problemas.
No pasa lo mismo con los relojes. El pobre reloj de bolsillo de mi abuelo sufrió una de mis incursiones en sus tripas, y ¡no me lo puedo creer¡ me sobraron 3 piezas después de volver a armarlo. Nunca volvió a ser el mismo. Escondí el fruto de mi pecado en el fondo de un cajón, y mi padre nunca supo que su legado había sido profanado por mis manos, menos mal.
Porque de aquella los castigos corporales no eran políticamente incorrectos, y muchas veces tuve que sentir en mi culo la zapatilla de mi madre mientras corría por todo el barrio intentando huir y esconderme en los márgenes de la reguera esperando que pasara el temporal. Luego regresaba a casa llena de barro, hierbajos y muerta de hambre y mi padre se reía y me cogía en volandas y me daba vueltas y vueltas en el hall de nuestra antigua casa de adobe sin agua corriente mientras yo gritaba riendo y llorando por el mareo.
Ya nada es lo mismo. Todo ha sido urbanizado, calles, aceras, casas… antes todo eran prados que se extendían durante kilómetros, con sus juncos, sus charcas llenas de renacuajos, … recuerdo como hacíamos albóndigas de barro en los márgenes de la presa, comiamos la parte blanca de la flor de los tréboles fingiendo que era un manjar, intentábamos cazar ranas con unos palitos, de los que colgaba un hilo y en su borde una margarita ensartada, como me caía una y otra vez de la bici cada vez que iba a cruzar la reguera por un estrecho palo colocado a modo de puente y acababa con la ropa llena de agua y líquenes pegajosos de un color verde moco.
El problema era que durante toda mi niñez no veía nada. Estaba cegata completamente, asi que cuando iba a cruzar el puente, yo veía dos delante de mí, e intentaba saber cual era el real y cuál era el que había provocado el entrecerrar los ojos, ¡siempre fallaba¡
Cuando por fín a los 12 años me pusieron las gafas ¡oh maravilla¡ la gente tenía cara… me quedé impresionada. Me había pasado todos aquellos años de mi vida viendo una masa blanquecina terminada en una mancha de color debajo. Me aprendía la ropa de la gente, por el color que veía, y así los identificaba al verlos de lejos. Pero aquello… ver sus ropas, pantalones, sus ojos, bocas…. ¡era maravilloso¡
Fue entonces cuando pasé de ser en el colegio “culo gordo” a “cuatro ojos”. Los niños pueden ser muy crueles.
Hoy en día los niños eligen la ropa que se ponen. Mi sobrina tiene 5 años, y al colegio va con la ropa que ella misma elige cada mañana, y siempre pensando “en el que dirán”, mamá que se van a burlar de mí los demás niños si voy con eso, que no soy una muñeca, ¡que ya tengo 5 años!, evidentemente, hay que cuidar la reputación, sino uno se convierte en el paria de la clase, y ahí ya abandonada y siendo el chivo expiatorio y el blanco de todas las burlas hasta los 40🙂

Un pensamiento en “Rememorando

  1. Pues a mi me pasa lo contrario con los libros. Tengo muchísimos defectos, pero he de reconocer que tengo una buena memoria. Por eso no repito nunca los libros, aunque me hayan encantado, porque voy rememorando lo que viene detrás de la frase que acabo de leer. Los guardo para cuando me jubile, que supongo que mi memoria ya habrá decaído por fuerzas mayores. En el cole casi todos hemos sufrido de motes. A mi por ejemplo el chico más guapo y malote de la clase siempre me decía “Tú te callas empollona gafotas” cuando no se burlaba de los granitos que me salieron en la frente, porque me desarrollé muy rápido. El muy gilipuertas me decía que estaba “ondulada”, jajaj. Yo automáticamente le puse el mote de “Mierda” que más gráfico no podía ser, y me dirigía hacia él con ese sobre nombre. Luego me vengué dándole calabazas en la adolescencia, cuando me tiró los trastos diciéndome el muy memo que había pasado de “patito feo a cisne”. Quizá sea por eso que cuando hago cosas en educación primaria, tengo debilidad por los “margis”……..

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