Indian & arab recipes and culture

Recetas y cultura india, pakistaní y árabe

Ramayana. Final.

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XII. EL ASALTO

La orden para construir la descomunal calzada esta dada. Los simios pusiéronse en seguida a trabajar, arrancando para ello las rocas más ásperas y pesadas, que traían cual simples guijarros ante las plantas de Rama, quien dirigía la maravillosa tarea.

Estuvieron trabajando sin descanso día y noche durante un mes. Cuando ya estuvo concluida la escollera que permitía el paso al ejército de los monos, Rama ordenó avanzar a sus guerreros y atravesar el mas sobre ella, marchando tras las huellas de Vibisana, hasta llegar a los muros de Lanka.

Formáronse los monos y los genios de Vibisana por secciones, al mando de sus valerosos jefes, orgullosos de combatir por Rama y por el triunfo del Bien. Alrededor de la ciudad sitiada se extendían las tropas de Rama, de tal forma que la vista de Ravana, desde una ventana de la fortaleza, no alcanzaba a ver el final. Ciego de ira, el rey de Lanka dio la orden de atacar, y a su voz giraron las puertas sobre sus goznes y los raksas irrumpieron en el campo de batalla con tanto ímpetu como las aguas de un mar indómito, refrenado hasta entonces por los diques.

Duró la batalla todo el día, y al legar la noche los feroces raksas siguieron la lucha, peleando con un odio terrible, más fiero en la oscuridad nocturna. Los seguidores de Rama, medio dispersos, se defendían valientemente, dando la cara al enemigo, luchando contra los elefantes, los corceles y los carros de combate. La suerte de la batalla parecía inclinarse a favor de los raksas cuando comparecieron en la batalla el valiente Laksmana y el divino Rama, quienes barrieron las huestes de Ravana como el fuego impetuoso devora la selva.

El polvo llegaba hasta las nubes que levantaban los carros de combate, los corceles fogosos, los pesados elefantes. Los muertos eran incontables y ríos de sangre inundaban el campo, formando lodazales de rojo fango. Las armas que al caer abandonaban los moribundos yacían en gigantescas montañas. El aire se llenaba de ruidos diversos: el son de la trompeta, el cuerno, el atabal y la caracola; el relincho de los corceles y el frenético alarido de los elefantes; los chillidos de los monos y los aullidos de los raksas.

Indragita, hijo de Ravana, gloria y orgullo de Lanka, poseedor de unas armas mágicas sin igual, salió al campo de batalla para cambiar la suerte de la lucha. Desposeído del carro y los caballos por Angada, deslizóse con cautela sobre la cenagosa superficie y llegó cerca de los dos príncipes, escondido entre nubes tenebrosas, desde las cuales lanzaba sus dardos sobre Laksmana y Rama, causando alrededor de éstos innumerables muertes. Viendo que nada podía vencer a los dasaritas, lanzó con furia su dardo naga, el lazo de serpiente viva que sorbía la sangre del corazón al enemigo emboscado en la nube. Inútil que atacaran al guerrero invisible y rebatieran los golpes mortales que les dirigía. Los dos hijos del rey Dasarata cayeron en tierra, bañados en su propia sangre, en el campo de batalla.

Ebrio de júbilo, indragita, lanzando una horrible carcajada de triunfo, acudió al palacio de su padre para vanagloriarse de la hazaña cometida. Nadie había podido ni tan siquiera herir a Rama y a su hermano, y él tan sólo lo había conseguido.

–Heridos de muerte los dejé en el campo, estando, además, atados de manos con la cuerda de mi arco mágico, ligadura de la que no podrán soltarse. ¡El triunfo de la batalla es nuestro!

Los raksas, que oyeron estas palabras mensajeras de tan placentera noticia, comenzaron a gritar al unísono:

–¡Rama ha muerto! ¡Rama ha muerto! ¡Victoria por Ravana!

Los simios se llenaron de pavor ante estas palabras y temblaron, pues muertos los príncipes, que eran casi divinos, nada podían hacer ellos contra los terribles raksas.

–¡Oh poderoso señor! Cumpliendo tus deseos fui al campo de batalla, y busqué a los príncipes dasaritas, a quienes hallé, tras mucha fatiga, junto a frondosos árboles. Envuelto en negras nubes de polvo me acerqué a ellos procurando herirlos con mis armas, lanzándoles luego la cuerda viva de mi argo mágico, y ahora están muertos y atados junto a los árboles tras los cuales se escudaban.

Ravana, gozoso, hizo que trasladaran a Sita a un lugar desde donde pudiera ver bien el escenario de la lucha. Allí, entre los montes de cadáveres, pudo distinguir tendidos en el suelo a Rama y su hermano, a los que rodeaban los atribulados simios, mientras a lo lejos sonaban los gritos victoriosos que lanzaban los raksas celebrando su triunfo.

No pudo la princesa resistir tan horrible nueva y cayó al suelo, desmayada. La muerte pareció cernerse sobre su linda cabeza; sus mejillas palidecieron hasta tomar un matiz ceniciento, sus labios quedaron lívidos, sus dulces ojos se fueron cubriendo por los violáceos párpados, y apenas un débil soplo de aliento permitía adivinar que aún vivía. Largo tiempo tardó en recobrar los sentidos y las lágrimas que empaparon su hábito dieron testimonio de cuán copioso fue el llanto que vertiera. Entonces, incorporándose, se expresó así:

–Ya no quiero vivir. No puedo sobrevivir al esposo magnánimo a quien tanto he amado. Pero no me mataré, pues bastará a arrancarme la existencia la pena que me embarga al saberle perdido para siempre. Una mujer casada sólo halla consuelo y alegría al lado de su esposo; si éste le falta, no le queda otro recurso que la muerte.

Los sollozos entrecortaban su voz, pero prosiguió diciendo:

–La vergüenza empañaría mi buen nombre si yo te dejara solo en la muerte. ¡Oh! ¿Por qué has tenido que morir, Rama, esposo mío tan amado? Por acudir a salvarme, por escuchar la súplica que te envié por Hanumana, has perdido la vida. Siendo así, ¿Cómo podré yo sobrevivirte? Tú, el más noble de todos los mortales, debes estar ya en las regiones celestes, junto a tus antepasados. ¡Oh Rama, esposo mío! ¿Por qué me escogiste por compañera en los felices años de mi adolescencia? Logré la dicha de amar y ser amada, y vivíamos felices y tranquilos en medio de nuestro destierro, en la humilde cabaña que santificaban tus virtudes y tu austeridad. Pero he aquí que vienen los enemigos a asediarte, que tú mueres, y que tu fiel esposa te sigue a la región ultraterrena. Fuimos tres en la montaña: tú, Laksmana y yo; volveremos a reunirnos allá, en las brillantes estrellas que contemplábamos todas las noches.

La raksa Tridiata no pudo menos de conmoverse ante estas manifestaciones de profundo amor de la princesa, y así, cogiéndola de las manos, la consoló diciéndole:

–¡Hermosa reina, la de ojos grande cual hojas de nenúfares, la de las manos de azulado matiz como flores de loto, la de talle flexible y corazón amante, no te entregues a la desesperación y la muerte: tu esposo vive!

–¿Cómo lo sabes? –preguntó ansiosa la joven princesa.

–Hay señales inequívocas que acompañan siempre a la muerte de los héroes. Cuando falta el jefe principal es igual que cuando se decapita un hombre; vacila, flojéanle las piernas y cae el cuerpo. Cuando es un ejército, huyen los soldados a la desbandada, no pudiendo, en su desorientación, oponer resistencia al enemigo. Pero los simios, por el contrario, pasado el instante de pánico que les produjo el contemplar las heridas de Rama y de su hermano, se han rehecho en buen orden y se agrupan en torno a los cuerpos de ambos príncipes dasaritas. Por eso, ¡oh Sita!, enjuga tus lágrimas y no temas. Rama no ha muerto y tal vez tampoco su hermano.

Pareció como si con esas palabras alentadoras de la noble raksa recobrar la princesa la vida por momentos, pues la sangre acudió a sus mejillas, brilló en sus ojos una luz de esperanza, e incorporándose dijo, con acento en el que vibraban el amor y la dicha:

–¡Permitan los dioses, oh Tridiata, que tu boca haya pronunciado palabras de verdad, pues sería mucho más doloroso para mí tener que morir después de haber creído en lo que dices!

Así, fueron inútiles, todos los esfuerzos de Ravana para matar a Rama, amado de los dioses, como inútil era también la lucha que sostenían los raksas contras las huestes del príncipe dasarita. Uno tras otro morían los caudillos de los terribles genios.

Estando Rama caído en medio de los cadáveres pestilentes, se acercó Marut, el dios del Viento, quien, soplando en el oído del príncipe, dijo:

–No te dejes abatir, ¡oh Rama! Reanima las fuerzas de tu espíritu, recuerda que reside en ti un destello de la bondad eterna, que estás en la tierra para libertar a los hombres del poder terrible de los raksas. Pronto vendrá a socorrerte Garuda, el formidable devorador de serpientes, quien os libertará a ti y a Laksmana de estas ataduras afrentosas que os ha impuesto Indragita.

Apenas Marut hubo terminado de hablar cuando en el cielo surgió un pájaro inmenso, cuyo plumaje parecía incandescente. Era Garuda. Terrible y bello avanzaba, llevando desplegadas las enormes alas, hacia donde estaban los simios. Éstos, no pudiendo resistir el fulgor que despedía, cayeron al suelo postrados, y las serpientes huyeron en todas direcciones, poseídas de espanto.

Cuando la maravillosa ave distinguió con sus poderosos ojos a los dos príncipes, descendió hasta tocar el suelo; luego con las puntas de sus alas limpió los rostros de Rama y Laksmana, cuyas heridas se cerraron como por encanto, sin dejar señales ni cicatrices, y quedaron ambos príncipes tan bellos y resplandecientes como si se hubieran bañado en un rayo de luna.

Terminada la misión que allí le había traído, regresó Garuda a lo alto, y su ascensión fue tan vertiginosa que, más que el batir de sus alas, parecía le impulsara por un poderoso vendaval.

Los simios, recobrados poco a poco del temor y el asombro que les produjo la aparición de Garuda, celebraron la presencia de sus jefes vueltos a la vida con gritos de júbilo.

Aquellos gritos dieron a conocer a los raksas que Rama había conseguido escapar a la muerte que le infiriera Indragita, lo que los llenó de terror.

No tardó en difundirse la voz entre los raksas de que Rama había vuelto a la vida por influjo maravilloso, tomando otra vez el mando de los simios. Al ver cernerse sobre la ciudad de Lanka el peligro de un nuevo ataque , Ravana convocó a sus capitanes para escoger entre ellos al que debía dar muerte al príncipe asceta, y eligió al terrible Dumraksa.

Éste aceptó gozoso el encargo, y subiendo en un rapidísimo carro de combate, armado con su arco, salió de la ciudad. Desde larga distancia comenzó a lanzar flechas, con tal rapidez que caían sobre los simios como gotas de lluvia torrencial, con lo que los monos huyeron a la desbandada.

Advirtiendo la matanza que hacía el demoniaco raksa entre su ejército, Hanumana, animado de fuerza sobrenatural, asió un trozo de roca y lo arrancó de la montaña, dispuesto a lanzárselo al enemigo; pero éste, que blandía en la diestra su descomunal maza, erizada de envenenadas púas, salió al encuentro de Hanumana dispuesto a descargarla sobre su cabeza.

Se contemplaron unos instantes los dos adversarios de hito en hito, blandió Dumraksa su arma terrible, aprestóse Hanumana a arrojar el gigantesco proyectil, y acometiéronse. Como Hanumana no se preocupó de evitar el golpe, sino tan sólo de matar a su adversario, la agilidad de su ademán le sirvió de defensa, y la roca aplastó bajo su peso enorme el cuerpo de Dumraksa.

Llegó a Lanka la noticia de la muerte de Dumraksa, y Ravana, encolerizado, ordenó a Acampana, otro terrible espíritu infernal, que acudiera a exterminar en lo posible el ejército de los simios.

Apenas repuestos de las formidables acometidas que antes los habían dispersado, los simios volvieron a caer destrozados ante las flechas que les lanzaba su nuevo enemigo, quien legaba al campo de batalla con ánimo de matarlos a todos. Hanumana, que se hallaba descansando bajo una encina del terrible esfuerzo que hizo para arrancar la enorme mole y lanzarla sobre Dumraksa, al advertir la horrible carnicería que se perpetraba con sus parientes y amigos, asió con mano firme la encina bajo la cual había estado descansando, la desarraigó de un solo tirón y, blandiéndola cual si fuera un látigo, descargó tan fuerte golpe sobre Akampana que le quitó la vida.

Llegó la noticia, como llegan siempre las malas nuevas, como un rayo, al palacio de Ravana, y éste, desconfiando ya de poder conseguir lo que tanto anhelaba, decidió ir él mismo a combatir a aquellos esforzados enemigos.

Resplandeciente como una llama era el carro en que montó Ravana, y sus corceles de guerra eran incomparables. El redoble del tambor, el grito de guerra de los raksas, los cantos de triunfo hacían retemblar la tierra. Al atravesar el carro de Ravana las puertas de la muralla de la ciudad, pudo verse a éste erguido y disparando sus inflamados dardos, con los que caían los simios a montones.

Tras de una titánica lucha contra Sugriva y Hanumana, el príncipe simio, Ravana se encaminó hacia donde Laksmana le esperaba, con serenidad y orgullo. Éste, dirigiéndose al monarca de la ciudad infernal, le dijo a grandes voces:

–Demuestra que no conoces el miedo y lucha conmigo, en vez de malgastar tu fuerza contra mis amigos los simios.

–¡Me llena de gozo poder luchar contra el valeroso hijo de Ragú! Estoy deseoso de enfrentar mi arco contra el tuyo –repuso Ravana.

Y los dos al unísono alzaron sus armas. El rey de Lanka inclinó su arco y lanzó siete flechas silbadoras contra el gentil Laksmana, pero éste, a su vez, a medida que llegaban, con sus dardos dorados como los rayos del sol iba partiendo las flechas por la mitad. Alcanzado por las flechas de Laksmana, pálido de ira y con el rostro contraído por el dolor de sus heridas, Ravana empuñó su sakti, preciosa jabalina, regalo de los dioses en otros tiempos, que llevaba incrustaciones de marfil, oro y lapislázuli.

Lanzada la jabalina por el monarca raksa, con un odio feroz, nada pudo hacer el príncipe dasarita para defenderse, y, atravesado por el arma, cayó al suelo bañado en su propia sangre. Rama, que había observado el combate con gran atención, no vaciló un momento en salir en persona a luchar contra el rey de Lanka, y en su veloz carrera tropezó con los cuerpos de Sugriva y Hanumana, muertos por Ravana en terrible combate, y temeroso de que éste se enorgulleciera combatir contra él, brazo a brazo, le llamó desde larga distancia diciéndole:

–¡Atiende, Ravana, escúchame! Yo soy Rama, el asceta, esposo de la bellísima princesa Sita, a quien tú guardas prisionera en tu ciuda.d Yo, el príncipe primogénito de Dasarata, salgo a tu encuentro para castigar tu infamia y maldad. Inútil será que busques refugio en el centro de la tiera, pues no lograrás escapar de mi cólera.

Y así diciendo lanzó flecha tras flecha contra el carro de Ravana, pues no pretendía herir al raksa, sino tan sólo destrozar las ruedas, el estandarte, la sombrilla de seda blanca con mango de oro que le servía de toldo, dar muerte a los corceles y obligar a Ravana a echar pie a tierra. Luego, estando ya a pocos pasos uno de otro, disparó Rama un dardo contra su enemigo, quien experimentó tan terrible dolor al recibir la flecha en su pecho, que el arco se escapó de sus manos. Entonces Rama, limitándose a arrancarle de la cabeza la refulgente tiara, partióla por la mitad, en forma de media luna, privándole así el signo de la realeza entre los de su raza.

Luego extendiendo la mano hacia la ciudad de Lanka, le dijo una sola palabra:

–¡Vete!

Ravana asombrado ante la para él incomprensible generosidad de Rama, recogió su arco roto y, después de mirar con tristeza al destrozado carro y a los corceles muertos, regresó a su ciudad, humillada su gloria y desprestigiado su poder. Al penetrar en su palacio reunió a todos los poderosos y valientes, a los que comunicó lo que le había ocurrido, sin ocultar el más mínimo detalle. Tras los portales cerrados de la ciudad de Lanka, el príncipe de las tinieblas se dirigía a sus súbditos en estos términos:

–¡Inútiles fueron mis hazañas de innúmeros siglos! ¡Vanos también vuestros esfuerzos en superarme! El Mal está vencido sobre la haz de la tierra, y yo, que soy el más alto representante de los espíritus infernales, me he visto humillado por un simple mortal. No veo otra solución para dominar al odioso Rama que ir a pedir ayuda a mi hermano Kumba-Karna, el cual, desde que Brama le lanzó su maldición, vive aletargado en permanente sueño. Él es un gigante, por lo que podrá más que todos nosotros, los raksas. Él podrá destruir la tropa de los simios y evitar así que escalen las murallas de Lanka, privándonos de nuestro inviolable refugio.

Partieron velozmente mensajeros en busca de Kumba-Karna, quien, en el antro secreto que le servía de guarida, dormía roncando tan fuertemente que semejaba el fragor de una borrasca en alta mar. Inútiles fueron los esfuerzos de los raksas para despertarle. Probaron primero a entonar cánticos en su alabanza. Luego le asieron por brazos y piernas y tiraron de él con energía hasta que el sudor de la fatiga empapó sus cuerpos. Tod en vano. Sacaron sus trompetas de metal, relucientes como la luna en una noche estrellada, y con ellas atronaron los oídos del demonio, mientras otros raksas salieron fuera para azuzar con paños y látigos a sus camellos, asnos y corceles, sin olvidar tampoco a los elefantes, con lo que la algarabía gigantesca y discordante que promovieron los animales se mezclaba con el redoblar de los tambores y el chocar de los sistros, que no callaban un solo instante.

Despertado al fin por el infernal ruido, el gigantesco demonio extendió sus enormes brazos para desperezarse, bostezó dejando ver una boca tan amedrentadora como el cráter de un volcán, y preguntó a los que le rodeaban la causa de que estuvieran allí.

Al ser informado por Ravana de las muertes que Rama había causado entre los de su raza, dando alaridos ensordecedores dijo el gigante:

–Querido hermano, no hay motivo para que te desanimes; pues ¿quién es Rama? Un mísero mortal. ¿Quiénes son sus compañeros? Débiles monos. Por tanto, aunque el azar haya permitido que triunfaran sobre los valerosos raksas, yo te prometo acabar de una vez con el príncipe dasarita, de tal modo que no quedará ni un solo pedazo de él que puedan reconocer. Que las huestes de los raksas permanezcan donde están. Para esto me basto yo solo. Así, pues, se dirigió hacia el campamento de los simios, donde promovió un terrible estrago entre los monos, a los que cogía para devorarlos uno tras otro, como si fueran cerezas. A los que no podía, debido a que no le alcanzaba el tiempo para aquel bárbaro festín, los tiraba al suelo y los aplastaba, como pudieran hacerlo los elefantes con débiles pajarillos.

Algunos raksas, deseosos de contemplar aquel espectáculo tan atractivo para ellos, habían acudido a las murallas de la ciudad a solazarse con la derrota de los simios en manos de Kumba-Karna.

No tardó en llegar a oídos de Rama la desastrosa noticia de que un genio gigantesco hacía enormes bajas entre las filas de sus soldados, por lo que el héroe, tomando con mano firme su arco, aquella arma incomparable que debía a su virtud, adelantóse para hacer frente a Kumba-Karna defender a sus aterrorizados aliados.

Al ver Kumba-Karna al príncipe que se dirigía en su busca, dando un alarido de rabia arremetió con su poderosa maza para aplastar la cabeza del anacoreta; pero éste, sin que su pulso temblara, le lanzó dos flechas que fueron a clavarse en pleno corazón del raksa, quien al sentir su cuerpo atravesado dejó caer la maza, empezando a dar manotazos a diestro y siniestro y a devorar simios y raksas, indistintamente.

Queriendo Rama detener los daños que causaba el gigante, lanzóle una flecha al brazo, con lo que éste se desprendió del tronco; pero era tanta su fuerza que, al caer en medio de los aterrorizados simios, iba repartiendo golpes terribles, derribando a todos cuantos hallaba a su alcance. Lanzóle Rama otra flecha y consiguió cortar el otro brazo, pero Kumba-Karna seguía causando horribles destrozos entre los simios, por lo que el asceta tuvo que cercenarle también las piernas, y aun mutilado de tan terrible manera el horrible genio daba grandes saltos, gritando de tal manera que Rama tuvo que llenarle la garganta de flechas para impedir que lanzara más alaridos. Entonces fue cuando el héroe le tiró el dardo final, separando la cabeza del mutilado tronco. Pero aun en su muerte tuvo que hacer daño el gigantesco demonio, pues al caer a tierra aplastó bajo su enorme tronco a dos mil monos, que quedaron sepultados debajo.

Inútil parecía querer luchar contra el poderoso Rama, pues los caudillos raksas, uno tras otro, caían bajo las flechas de los hijos de Dasarata. Los hijos de Ravana habían dejado también su vida sobre el campo de batalla ensangrantado: el valiente Narantaka, muerto por el no menos bravo Angada; Trisirasa y Devantaka, a los que Hanumana mató en la batalla; Atikaia, alto y forzudo, muerto por el valerosísimo Laksmana. Ravana lloraba la muerte de aquellos valerosos príncipes, tan valientes y aguerridos.

–¡Oh padre! –le dijo Indragita-. No llores, pues mientras yo viva hay posibilidades de victoria. Ya una vez dejé bañados en sangre a Rama y Laksmana. Una segunda vez puedo matarlos. ¡Oh señor de los raksas, escucha tú mi juramento! Antes de que el sol radiante que nos alumbra haya llegado al confín del horizonte habré conseguido cortar los días de vida de los príncipes dasaritas. ¡Sean testimonios de mi juramento los dioses Indra y Vivasuata, el gran Vishnu y el terrible Rudra, así como el sol y la luna, las estrellas y la mar!

Las anchas puertas de la ciudad se abrieron de par en par de Lanka que daban al espacioso campo de batalla y salieron en tropel las fuerzas que llevaba como ayuda. Hizo alzar un altar al dios del fuego y ante él, antes de comenzar la batalla, le hizo ofrenda de valiosos presentes y prorrumpió en cantos sagrados. Al ver el presagio de victoria en la forma como se encendían las llamas, el guerrero raksa cogió las armas bendecidas por el dios y comenzó a enviar dardos contra los enemigos desde la sombra de niebla que le envolvía.

Rama y su hermano, al ver caer de la niebla innumerables flechas, comprendieron que habían de luchar otra vez contra el invisible genio, el cual, astuto, se ocultaba en negros celajes para evitar que le pudieran herir.

–Otra vez el pérfido raksa, envuelto en espesa niebla por el poder del gran Suaiambu, nos ataca con una lluvia de saetas desde su oscuro refugio. Inútiles son nuestras armas humanas contra la suya, de imponderable fuerza. Si así lo quiere Suaiambu, tendremos que hacer frente a los terribles dardos, querido hermano –dijo Rama al ver caer a tantos y tantos simios ante las flechas de Indragita-. ¡Esperemos con paciencia y sabremos morir como los héroes, con el corazón indomable!

A pie firme y con dignidad los dos príncipes esperaron el abrazo de la muerte, sin armas, pero serenos y valerosos. Bajo los dardos del enemigo cayeron los dos hermanos a tierra, heridos y desangrándose. Lleno de júbilo por su victoria, Indragita regresó junto a su padre, y sus carcajadas resonaron, entre las nubes que le envolvían, como los clarines del triunfo. En el campo de batalla, por segunda vez, Rama y su hermano yacían muertos. El triunfo era del Mal. El Bien había perdido.

Pero Diambavata, el monarca de los osos, había escuchado la horrible noticia de la muerte de Rama, y acercándose al lugar del combate distinguió a Hanumana que aún alentaba. Acercándose entonces a Vibisana, el raksa regenerado, le dijo:

–Contempla desde aquí el cuerpo de Rama, sangrando sobre la tierra. ¿No te da inmensa tristeza tal espectáculo? El ejército que tiene por jefes a un héroe y a un santo no debe resignarse a la derrota; no debe pensar que pueda un espíritu tan noble como el de Rama separarse de su cuerpo, tan sólo porque la sangre escape de sus venas.

Pero Vibisana no repuso nada a estas palabras.

El rey de los osos, sin desalentarse por el silencio del raksa, se dirigió a Hanumana, a quien, sacudiéndole con sus poderosas zarpas, dijo:

–¡Atiende a lo que te digo, valiente y esforzado Hanumana! Pues que todavía respiras y la sangre de tus heridas ha cesado de manar, levántate y toma energías, pues de ti depende la vida de los príncipes ascetas, del valeroso Laksmana y su justo hermano Rama. Escucha mis palabras: ¿ves aquellas montañas elevadísimas, cuyas cumbres se pierden entre las nubes que tiñe de rosa el sol? ¡Son las altas cimas del Himalaya! ¿Ves, entre ellas, una pequeña montaña de un color amarillento, reluciente como una estrella? Es el pico de Kisaba, la montaña de oro. Más lejos todavía, entre dos enhiestas cumbres, hallarás otra montaña a la que los rayos del sol iluminan antes que a otra ninguna. Aquélla es la que tienes que escalar. En ella crecen las hierbas más salutíferas. Hallarás un planta a cuyo contacto los muertos resucitan; otra que cicatriza las llagas y que, aplicándola sobre las heridas, atrae las astillas de las flechas, extrayéndolas. Y todavía existe otra, que no tiene determinado color, que también es preciso que traigas, pues devuelve a los cuerpos la lozanía y la salud de la robustez. Y ahora, Hanumana, vuela en dirección a la montaña mágica de la salud, coge las hierbas que te he dicho y regresa con ellas para devolver la vida a tu rey, a los dos hermanos dasaritas y a tus hermanos, los guerreros simios. ¡Corre, Hanumana!

Hanumana, que era hijo de Marut, el viento, estimulado por las palabras de Diambavata, el peludo y enorme rey de los osos, dirigió su vuelo hacia la cordillera del Himalaya, decidido a llevar a feliz término la misión encomendada.

Al llegar a la montaña de las hierbas mágicas, Hanumana, sin arredrarse por la majestad de sus paisajes ni por el peligro que representaba el volar a tan vertiginosa altura, púsose a buscar con sumo cuidado las plantas medicinales de que le hablara Diambavata; pero las mágicas hierbas, cuanto más buscaba el simio, más se escondían entre el follaje. Al ver Hanumana que no lograba descubrirlas, irritado, arrancó de cuajo la meseta de la montaña, que era donde crecían las hierbas, y con ella a cuestas, sin detenerse un instante, llegó al campamento de los simios atravesando velozmente el inmenso espacio que separaba el campo de batalla de la cordillera del Himalaya.

Todas las personas que pudieron ver la gigantesca mole que formaban el simio y la meseta de la montaña, creyendo que llegaba el fin del mundo, ser refugiaban en sus hogares y rezaban a sus dioses, pues el pánico las dominaba.

Al enterarse los simios de que en aquella montaña desprendida estaban las hierbas que conseguirían curar a sus compañeros muertos y heridos, así como a sus príncipes y caudillos, acogieron con gritos de júbilo al héroe que había arrancado aquella mole, y registraron todos con afán la selva de la montaña en busca de las medicinales plantas.

Cuando al fin estuvieron en sus manos, las fueron aplicando a los cadáveres de sus compañeros y éstos, a su mágico influjo, revivían de nuevo. Los que estaban heridos por las flechas sanaban al punto, cerrándose las heridas y borrándose las cicatrices al instante, como si nunca hubieran sido tocados por dardo alguno. Rama y su hermano Laksmana, socorridos en seguida por los simios, otra vez en la plenitud de su poder y fuerza, agradecieron con demostraciones de sincero afecto la acción del heroico Hanumana.

Enterado Indragita de la hazaña de Hanumana y deseando asegurar su victoria, determinó emplear una nueva estratagema. Puesto que parecía imposible matar al príncipe hiriéndole en el cuerpo, había de hallarse la manera de matarle el alma, haciendo que la desesperación se apoderase de él y se suicidara después de enloquecer.

Por medio de sus poderosas artes construyó el cuerpo de una mujer en todo semejante a Sita, la esposa del príncipe asceta, desde su negrísimo cabello, sus grandes ojos y esbelto cuerpo, hasta la voz tan suave y deliciosa como el murmullo del viento en primavera. Cuando lo hubo determinado, Indragita cogió el fantasma de Sita, lo puso en su carro de combate y se dirigió al campo de batalla. Los monos, como era lógico, al distinguir el fantasma de la hermosa princesa de Mitila se formaron en apretadas filas para rescatarla. Hanumana, que no tenía la menor duda sobre la autenticidad de aquella mujer que él creía esposa de Rama, se precipitó contra el carro y alargó los brazos para alzarla.

Pero Indragita, entre terroríficas carcajadas, alejóse en el especio, contento de ver surtir efecto a su engaño, y cuando estuvo a una altura desde la que le veían bien todos los simios, sacó su puñal y golpeó con él repetidas veces el cuerpo del fantasma. Éste, al sentirse herido, no cesaba de llamar a Rama con dulces palabras; pero al fin cesó de hablar, pues Indragita dividió el cuerpo en dos trozos con la misma facilidad que si hubiese sido una pluma, y lo lanzó contra la tierra, acompañando su acción con horribles insultos contra los simios y sus jefes, principalmente contra Rama.

Imposible narrar el dolor que experimentó Rama al escuchar, de labios del valiente Hanumana, el desenlace de la tragedia ocurrida a su dulce esposa. Una angustia y temblor mortales le sacudieron, y el príncipe dasarita se desmayó a los pies del leal simio. Cuando volvió en sí, Vibisana, que era experto en las infernales artes de su ciudad, le dijo con dulces palabras de consuelo que era imposible que Sita hubiera muerto:

–No temas –le dijo- por la vida de tu esposa. Indragita no puee matar a la que Ravana quiere por mujer, pues es por ella que el impío demonio expone su vida, su cetro y su imperio. Yo sé bien las astucias infinitas que poseen los espíritus infernales. Es posible que en lo que te ha relatado Hanumana no hay ni un átomo de verdad. Mientras nuestro ejército llora la muerte de la que creyeron Sita, el astuto enemigo está haciendo sus ritos al dios Nikumbila. Si acaba el sacrificio, nadie podrá combatir con el hijo de Ravana. ¡Que el joven y valiente Laksmana vaya a Lanka y busque al enemigo, matándole en el mismo lugar del sacrificio!

Oyendo las sensatas palabras de Vibisana, Rama dio a su hermano lo más escogido de su ejército. Apenas había empezado Indragita los ritos del sacrificio cuando fue sorprendido por los enemigos, quienes, armados hasta los dientes, le rodearon.

Iracundo, Indragita se dirigió al raksa arrepentido diciéndole:

–¿Eres tú, el hermano del rey mi padre, quien viene traidoramente a perderme? Eres raksa, hijo de raksas, ¿y eres traidor a tu raza, tu religión y tu familia?

–Joven loco, cuyas pasiones impuras te hacen desconocer mi rectitud –respondió Vibisana-: amargas palabras has pronunciado. Has de saber que la verdad y la nobleza se han adueñado de mi corazón hace ya tiempo, al ver que esta tierra ya no podía sobrellevar la carga de los pecados de nuestra raza, y sobre todo de tu padre, quien ha sido condenado por la tierra y los cielos para con los hombres. Y escucha todavía: moriréis tú y tu padre, y muchos de nuestra raza morirán también. Morirá el Estado, la ciudad de Lanka será destruida por el tiempo implacable, y en nuestro reino no durará la huella d nuestro paso más de lo que dura una pisada en la hierba verde.

Nada repuso a esto Indragita, sino que, volviéndose hacia Laksmana, le amenazó diciendo:

–Imprudente eres al querer desafiar al destino. Dos veces os he dejado muertos, en el campo de batalla, a tu hermano y a ti. Dos veces vuestra sangre ha corrido entre la hierba, juntándose con la de los simios, vuestros guerreros. Y ahora, sin tener todavía bastante, te acerca a mí para desafiarme. Pues bien: muere de nuevo si así lo quieres.

Pero el valiente Laksmana, mientras preparaba sus armas para el inminente combate, dijo al hijo de Ravana:

–No te envanezcas de tus falsas victorias, pues no es valerosos ni héroe quien para vencer se oculta en una nube negra, y así, desde la oscuridad de su refugio, ataca a su enemigo. Yo, en cambio, lucho en combate leal. Deja de hablar y lucha, pues las bravatas son las armas del cobarde. Coge tus armas y procura defenderte, pues uno de los dos tiene que morir.

Con el corazón encendido por la furia lanzóse Indragita al combate. Cada guerrero pudo apreciar, en el ardor de la lucha, que su rival era digno de sus armas. En un descuido del raksa, Laksmana pudo traspasar, con sus flechas potentes, la áurea coraza de su enemigo, mientras que, casi al mismo tiempo, la armadura de Laksmana caía a tierra, destrozada por los dardos de Indragita. Cegados por la sangre, teñidos de rojo de la cabeza a los pies, ninguno de los dos cejaba en su empuje ante el adversario, ninguno pedía ni otorgaba merced ni piedad. Por fin, en un esfuerzo sobrehumano, Laksmana, después de matar a los corceles y al conductor del carro del raksa, le rompió el arco. Entonces, invocando al cielo, dijo:

–Si Rama, parecido a los dioses, es leal en su fe y su deber, que ellos me ayuden. –Y lanzó su dardo.

Acertada y fatal fue la puntería, pues los dioses ayudan al leal y al audaz. Sobre el campo de Nikumbila el demonio Indragita, hijo del rey de los raksas, el enemigo de rama y Laksmana, cayó con la cabeza cercenada.

Al borde de la locura y el paroxismo de la rabia puso a Ravana la noticia de la muerte de su hijo Indragita. En su desesperación, confudiendo la causa de la guerra y de las muertes, Ravana se dirigió al jardín de las asokas, espada en mano, para partir a Sita por la mitad, pues si Indragita la Había partido en imagen, él la partiría de verdad. Pero las mujeres raksas que velaban porque Sita no escapara, compadecidas de tan triste suerte, la rodearon, interponiéndose entre ella y el monarca. Los cortesanos recordaron a Ravana que no es de guerreros poderosos alzar la mano contra las mujeres, y mucho menos matarlas, con lo que pudo evitar Sita una muerte cierta, pues el recuerdo de la muerte del hijo empujaba a su padre a la represalia.

Era tal el ímpetu de su sed de venganza, que Ravana se dirigió a sus caudillos diciéndoles:

–Es mi deseo que todo raksa se arme en son de guerra. Desde el poderosos caudillo hasta el hombre más humilde. Mi hijo Indragita ha sido muerto por el príncipe Laksmana, hermano de mi enemigo Rama, y tengo que vengar su muerte. Así también vengaremos la de Dumraksa, Acampana, Kara y Dushana, juntamente con la del gigante Kumba-Karna. Ni la tierra ni el cielo, ni las potentes olas del océano, podrán salvar a mis enemigos. Las filas mal formadas de las tropas de Rama conocerán la fuerza de mis guerreros y la tierra se volverá roja de sangre. Que no quede un hombre en la noble ciudad de Lanka sin empuñar una arma. ¡Todos, absolutamente todos, deben ayudarme a vengar la muerte de mi amado hijo Indragita!

De casa en casa, por la ciudad de Lanka, corrió la orden del monarca. Movidos a venganza por las palabras de su rey, losraksas llenaban calles y plazas armados de lanzas y jabalinas, mazas, sables y hachas. Los elefantes de combate formaban enormes filas y enfrente estaban alineados los carros de guerra. Los camellos y mulas de carga y los fogosos corceles estaban en apretadas filas.

Los soldados, armados hasta los dientes, hacían sonar sus armas al avanzar, y los jinetes, veloces como el rayo, se desplegaban por el campo de batalla. Los sones de atabales y trompetas, los gritos ensordecedores de los soldados, el ruido de los casos de los corceles sobre la tierra parecían despertar los ecos dormidos de los cielos. Y por en medio de todos pasó el carro de Ravana como un relámpago.

Lúgubres nubes cubrieron el firmamento desde las cumbres al valle, velando la luz poderosa del sol. Los pájaros callaron; las fieras huían en desbandada; los buitres se cernían sobre los hombres en espera de apetitoso festín, y los chacales lanzaron al aire sus plañidos. De súbito, como olas del mar embravecido, cayeron los raksas sobre el ejército de Rama. De un ejército y otro caían los más valerosos caudillos. Mahodara y Virupaksa fueron muertos por el rey de los simios, Sugriva. En manos de Angada, Mahaparsua perdió la vida. Pero el que más muertes causaba era Ravana, quien, desde su veloz carro de combate, esparcía guerreros simios por doquier. Y de súbito, entre un grupo de caudillos vanars, descubrió Ravana al joven Laksmana, preparado con sus armas de combate.

Apenas vio al causante de la muerte de Indragita, azuzó Ravana sus corceles, que corrían como si tuvieran alas. Pero Vibisana, con certeras flechas, mató a los fogosos animales. Sin amilanarse por ello, Ravana se dirigió a pie hacia donde su hermano Vibisana estaba junto a su más mortal enemigo. Cuando llegó cerca, lanzó su poderosa jabalina para matar a su hermano, traidor a su raza, pero Laksmana, con certera puntería, partió la jabalina en el aire, salvando así la vida de Vibisana.

Y así exclamó Ravana, pensando en su próxima venganza:

–Tiembla ante mí, Laksmana, pues soy el que ha de conseguir tu muerte. Tiembla, pues vengo a ti con la justa ira de una padre a quien le ha sido arrebatado su hijo. ¡Si tu destreza y tu valor han podido salvar la vida de Vibisana, traidor a su raza y a su patria, mira también que logren salvarte a ti! Pues mi brazo va hoy animado de una fuerza potente. ¡Mi corazón está invadido por una pena cruel!

Y al pensar en la vergonzosa muerte de su hijo, Ravana dio un impulso irresistible a su jabalina, que atravesó el pecho de Laksmana. Luego, herido a su vez por una flecha, Ravana, sin carro ni caballos huyó en dirección a su ciudad para salvar la vida.

El dolor de rama ante el cuerpo inerte de su hermano fue inmenso. Sus lamentaciones y gemidos conmovían hasta las piedras, y sus palabras, al dirigirse al cuerpo yacente del príncipe, eran de profunda tristeza:

–Me seguiste desde la lejana Ayodia para compartir conmigo mi destierro; durante las batallas siempre estuviste a mi lado para defenderme en los momentos de mayor peligro. Ningún amor terreno, tanto de mujer como de amigo, de pariente o compañero, puede compararse al tuyo, abnegado Laksmana. Un amor semejante, amado y fiel hermano, no se puede hallar en la tierra. Muerto tú, Rama ya no ama la vida; perdidos están su fuerza y su valor. Las armas caen de sus manos entorpecidas; la espada cuelga desmayada en su vaina. Cansado está de luchas y triunfos, y puesto que su mejor amigo y hermano ha muerto, quiere dormir también a su lado. ¡Oh Laksmana! Víctima fuiste de mis pecados, y la sombra de tu muerte me atormentará mientras viva. ¿Qué puedo responder a Sumitra, tu dulce esposa, a la que abandonaste por acompañarme? ¿Qué contestaré cuando me pregunte por su héroe, por quien llora noche y día? ¿Qué, pues, responderé a Barata cuando me pregunte dónde está el que marchó tras de mí a la selva, dispuesto a protegerme? ¡Oh tú, el más bravo de mis guerreros, el mejor de los hermanos, el más fiel de los amigos! ¿Por qué estás ahí tendido, insensible a mis palabras? La madre, la esposa y el hermano te esperan. ¡Abre otra vez los ojos, Laksmana, vuelve en ti!

Nada respondía el joven héroe, porque estaba muerto. Pero Hanumana, que guardaba todavía las mágicas hierbas que lograron la anterior vuelta a la vida de Rama y su hermano, las entregó al príncipe dasarita. Vuelto de nuevo del tenebroso reino de la muerte, Laksmana se dirigió a preparar sus armas, agradeciendo a su hermano la asistencia prodigada.

Mientras tanto Ravana, quien no había huido del campo de batalla por miedo, sino para poder rearmarse para una nueva lucha, había uncido los ligeros corceles al nuevo y poderoso carro de guerra. Al ver los dioses que Rama esperaba la llegada del rey delos raksas sin carro que le protegiera, el poderoso Indra ordenó a un dios inferior que su carro celestial fuera llevado, juntamente con sus armas, al lugar donde esperaba a pie firme el valiente Rama la llegada de Ravana. Tirado por corceles de fuego era el carro celestial y sus armas resplandecientes, pero mientras el dios Matali iba en busca del carro y las armas, Ravana, asiendo su arco con su nervuda mano, consiguió clavar innumerables flechas alrededor de la frente del príncipe, formando como una corona. Grande debió ser el dolor, pero el intrépido asceta permaneció impasible, como si llevara las sienes ceñidas con una guirnalda de lotos azulados.

Llegado el mensajero divino ante Rama, dijo:

–Ten, acepta este carro que los dioses te envían, juntamente con estas armas. Yo seré tu auriga y haré correr tu carro como el viento. Así podrás matar a Ravana, manchado por el pecado, en este último combate.

Subió Rama al carro, llevando consigo las armas y se dirigió a entablar un combate como no han vuelto a ver ojos mortales.

Atacáronse los dos enemigos con terrible furia y sus rostros reflejaban las ansias de venganza que los consumía, y sus pechos respiraban odio. Enormes nubes de saetas tapaban la faz radiante del sol, derramando cada vez más oscuridad en torno a los dos combatientes. Heridos ambos, resistían con singular bravura. El dudoso combate se alargaba sin que se pudiera adivinar cuál de los dos enemigos lograría al fin la victoria. Ravana utilizaba pica y estaca, maza y tridente. Rama manejaba tan sólo lanza y flechas.

De repente Ravana asió una lanza cuyo filo era de diamante, acometiendo con ella al príncipe, que trataba de defenderse con sus dardos. Pero a medida que iban saliendo las flechas del arco poderoso de Rama, Ravana las iba devolviendo. Enfurecido, empuñó Rama la pica del dios Indra, consiguiendo destrozar con ella la diamantina lanza del raksa.

No por ello dejó de pelar el rey de Lanka, sino que no cesaba de intentar herir al príncipe dasarita. Pero Rama consiguió clavarle tres flechas en el pecho, mientras le gritaba:

–¡He de castigar tu maldad! Eres el más maligno de los genios, pues tu valor solamente se muestra contra mujeres indefensas; pero mi condescendencia ha llegado a su límite y voy a quitarte la vida. Aquí mismo, en este campo lleno de cadáveres, tu cuerpo servirá de festín a los negros buitres, que vendrán a saciarse de tus entrañas con la misma avidez con que Garuda devora las serpientes.

Así diciendo, y mientras los monos lanzaban una lluvia de piedras, Rama se acercó sin temor a su enemigo y le cortó la cabeza con la espada celestial de Indra. Pero, al instante, una nueva cabeza brotó sobre los hombros de Ravana, que Rama segó de nuevo. Apareció otra en su lugar, y otra en lugar de ésta, y así, a medida que iban cayendo en tierra las cabezas de aquel infernal demonio, iban naciendo otras, llegando así a un centenar las que cortara Rama. Y así la lucha fue prolongándose, teniendo por escenario unas veces la tierra, otras las regiones etéreas, durante siete días y siete noches, sin descanso.

Por fin logró tomar Rama un dardo fabricado por el mismo Indra en la noche de los tiempos, dardo que tenía en un extremo el Viento y en el otro un trozo de la materia ígnea de que está formado el sol, habiéndolo dotado Brama con los estigmas que infunden el terror. El noble asceta, con el alma inflamada de coraje y odio, lanzó contra Ravana el dardo divino, que, al caer sobre el gigantesco cuerpo del fiero enemigo, le traspasó el corazón, y cayó Ravana desplomado, desde la inmensa altura en que su carro se cernía, sobre la ensangrentada tierra.

Un desgarrador grito de dolor lanzaron los raksas al ver a su rey caer, muerto, desde tan gran altura. Un estruendoso alarido de gozo lanzaron a los cielos los simios, persiguiendo a sus enemigos fugitivos.

Sobre la ensangrentada llanura llovieron flores celestiales al mismo tiempo que una dulce música resonaba en el espacio. El sol lucía con más fuerza; el mar murmuraba de alegría; los gentiles céfiros atravesaban el bosque con dulces murmullos y miles de flores lanzaban los más agradables olores, los aromas más fragantes.

Y en medio de tales señales de regocijo, una voz que descendía del cielo pronunció estas palabras:

–¡Bravo campeón de la lealtad y la justicia! ¡Cumplida está tu noble tarea! ¡Tuya es la victoria, Rama invencible!

XIII. RAMA REGRESA A SU PATRIA

Al terminar la lucha con la victoria de Rama, éste mandó llamar al fiel Hanumana y le encomendó la misión de ir a rescatar a su esposa de la ciudad donde estaba prisionera.

–Ve –le dijo- y libera a mi esposa, si es que todavía vive. Dile que ya puede sentirse feliz, pues la terrible contienda ha dado fin con la muerte de mi enemigo, su raptor.

Marchó Hanumana dichoso a cumplir tal misión, pues todavía conservaba el recuerdo de las amables frases que le dirigiera la bella princesa de los ojos como flores de loto. Sin ninguna dificultad, muerto el caudillo de los raksas, consiguió llegar el valeroso simio a la ciudad de Lanka.

En el interior del palacio permanecía Sita sin saber el resultado de la lucha sostenida; pero su corazón presentía y confiaba en la victoria definitiva de su esposo.

Al ver a Hanumana y escuchar sus palabras de bienvenida y su grata nueva, la linda princesa se vistió con sus mejores galas y se adornó de valiosa joyas. Mandó Hanumana que le prepararan un palanquín de oloroso sándalo, adornado de ricas incrustaciones, y partieron hacia el campamento de Rama, ansiosa la bella princesa de Mitila de poder volver a ver a su esposo, que había conseguido vencer el poder diabólico de Ravana.

Durante todo el trayecto no cesó la joven de imaginar cuál sería el regocijo de su marido al verla ante sus ojos. Le parecía ver ya la expresiva mirada de amor que le dirigiría y sentir su dulce abrazo. Orgulloso debía estar de haber realizado la proeza de rescatar a su esposa del poder del temido genio y dar muerte a éste.

Y durante el corto tiempo de camino no cesó de alabar al asceta que la escogiera por esposa, pareciéndole más noble y majestuoso ahora que cuando estaba junto al trono de su padre, el rey de Ayodita.

Pero rostro de Rama era oscuro, sombrío. Una duda le atenazaba el alma y hacía asomar a sus ojos el brillo de las lágrimas contenidas. Asombrada Sita al ver que él no le dirigía frases afectuosas ni la estrechaba entre sus brazos, prorrumpió en amargo llanto, avergonzada del recibimiento que su esposo le ofrecía. Y así, fijando en los ojos del príncipe una mirada de ternura y de sorpresa, exclamó:

–¿Qué es lo que te apena, esposo mío, hasta el punto de que olvidas el recibimiento que debes a tu esposa, el amor que siempre nos ha unido, y me miras así, con tal dureza?

Impasible permaneció Rama ante esta humilde súplica; contrajéronse sus cejas y pronunció estas palabras, con insegura voz:

–En mi alma ha brotado una amarga planta: la desconfianza. He logrado lavar la ofensa que Ravana me infirió. El rey de los raksas ha muerto por mi mano y ya no volverá jamás a codiciarte. Mi honor está a salvo y tú eres libre; pero, dime, tú que llevas sangre real en tus venas: ¿crees posible que yo, descendiente de monarcas ilustres y poderosos, pueda volver a vivir con mi esposa dignamente, siendo así que ésta ha permanecido así que ésta ha permanecido largo tiempo bajo el techo de otro hombre, que era mi mortal enemigo? Por eso eres dueña de ir a donde desees. Escoge tú misma el lugar en que quieres vivir; pero no insistas en regresar a Ayodia conmigo. Entre los dos nada puede haber ya en común. Digámonos adiós, sin rencores ni odios.

Sintióse Sita desfallecer al escuchar tan terrible orden; pero, sobreponiéndose, con palabras que expresaban el profundo dolor de su corazón, habló así al príncipe dasarita:

–¡Amado esposo! Ni aun con el pensamiento cometí jamás la más mínima falta que pudiera empañar tu honor. Si tú, a quien acompañé en el destierro y con quien viví entre las cuatro paredes de una cabaña, compartiendo contigo los frutos de la selva; si tú, que me has amado, que conoces mi fidelidad, no puedes tener plena confianza en la virtudes de tu esposa, la más horrible desgracia se cierne sobre mí. Pero entonces, si tu corazón duda de mi fe, de mi lealtad hacia ti, ¿por qué vino tu emisario, a través de las olas del océano para salvarme? ¿Por qué has entablado tan espantosa lucha, en que han perecido a millares los simios y los hombres? ¿Por qué arriesgar tu vida por una mujer en la que no crees? ¡Como mujer amante y leal te he seguido desde el día de nuestra boda! ¡Y ahora lo echas todo en olvido por una adversidad! ¡Oh dioses! ¡Inútil es para una mujer llorar y suplicar cuando la sospecha enturbia su nombre!

Sita hizo una pequeña pausa para ver si Rama rectificaba lo que dijera; pero como éste mantenía fuertemente cerrados los labios y no reflejaban sus ojos ninguna vacilación, se dirigió entonces a Laksmana, a quien dijo:

–Escúchame tú, hijo de Dasarata, y si hubo un tiempo en que me amaste como a hermana, enciende para mí la pira funeraria. Cuando la sombra de una duda mancha el nombre de una mujer, solamente la muerte puede ofrecerle refugio. ¡Cuando el esposo, recto y justiciero, mira a la esposa con frialdad, con sospecha, la llama redentora lo borra todo y hace que sobreviva su honor aun cuando ella muera!

Laksmana, con el corazón palpitante, comprendiendo que no podía negarse a tan justo deseo, preparó la hoguera colocando en ella maderas olorosas. Y la bella hija de Janaka, tras de rogar a los dioses que habitan en los cielos y las estrellas, mirando en la dirección donde su esposo permanecía impasible, sin dejar traslucir la angustia de su corazón, dijo:

–¡Si mis palabras, pensamientos y hechos han sido siempre leales; si he cumplido fielmente mi deber y soy libre de todo pecado, que estas llamas, testigo de nuestras faltas y nuestras virtudes, sepa proteger mi fama!

Y después de enjugar las lágrimas que resbalaban por su rostro, blanco como los lirios del Punnaga, lanzóse Sita a la hoguera y desapareció entre las llamas.

Cuando todos los reunidos estaban consternados, viendo desaparecer entre las rojas llamas el bello cuerpo de Sita, vestida con rico traje de seda y adornada de relucientes joyas, sucedió un prodigio extraordinario. Los dioses, compadecidos de ver a una mujer tan fiel y leal arrojarse a las llamas, quisieron lograr la felicidad de los dos esposos, y para ello bajaron en sus alados carros hasta el lugar del sacrificio. Allí iban Kuvera, poseedor de todas las infinitas riquezas y tesoros que encierra el universo; Varuna, rey de reyes; Yama, el dios de la muerte, tenido por poderoso rey de las altas regiones celestiales; Siva, el dios de los tres ojos, el augusto e incomprensible creador del universo, y Brama, el que da vida a todo lo creado. A poca distancia, en una rica carroza de oro, venía el rey Dasarata, a quien había dejado libre la Muerte.

Entonces Brama el más poderoso de los dioses, el que encierra en sí toda la magnificencia del universo, se dirigió en estos términos al esposo de Sita, que permanecía ante él con la mirada fija en el suelo, en actitud de veneración:

–Noble Rama, príncipe dasarita cuya fuerza y virtud jamás se desmintieron, escucha mis palabras. ¿Cómo es posible que tú, que recibiste el aliento de los mismos dioses, te atrevas a dudar de la virtud de la princesa de Mitila, tu esposa, cual si fueses un hombre como los demás?

Ante las palabras de reprobación del dios irritado, Rama respondió:

–Yo soy un hombre igual a los demás. Mi padre es el rey Dasarata y me llamo Rama.

–Pero tú llevas en ti la esencia misma de la verdad y estás reservado, desde que viniste al mundo, para la lucha del Bien contra el Mal. Ahora que, muerto Ravana, el universo ha quedado libre de opresión, puedes regresar libremente al lugar de donde viniste. Pasados están ya los años de destierro.

En este instante el fuego, condensándose en un cuerpo, asió a la princesa por los pliegues de su riquísimo traje escarlata y la depositó en los brazos de Rama, mientras le decía:

–Recibe, Rama, a tu esposa sin mancilla, a la mujer que supo resistir las asechanzas que Ravana, espíritu infernal, le tendía por medio de raksas elocuentes. En medio de su pena y tristeza, de las tentaciones y de la separación, Sita se supo conservar siempre fiel al esposo ausente. En la selva lejana y solitaria, fiel a los juramentos y a la virtud, Sita solamente pensaba en ti. ¡Yo, que todo lo purifico, que descubro lo que está oculto, te garantizo que en tu esposa no hay nada que no sea puro y noble!

El rostro de Rama brilló resplandeció de alegría y su pecho se alzó a los latidos alborotados de su corazón dichos, mientras decía en alta voz:

–¡Si no dudé cuando la vi, en los días de su adolescencia, menos voy a dudar ahora, en que el dios del fuego es testimonio de su virtud y fidelidad! ¡Quiero que el ancho mundo sea testigo de la pureza de mi esposa! ¡Rama, príncipe dasarita, no abandonará a su mujer hasta que pierda la fama de justo!

Y con los ojos inundados de lágrimas Rama estrechó a Sita suavemente entre sus brazos, y ésta, generosa, escondió su rostro en el pecho del esposo amado.

Fue entonces cuando el rey Dasarata creyó llegado el instante de hablar. Y dirigiéndose a su hijo y su nuera les dijo:

–¡Rama, mi hijo primogénito, el más querido! Tú, que por obedecer a tu padre fuiste a vivir desterrado durante catorce años, sin otra compañía que la de tu esposa y tu hermano, llevando una existencia llena de privaciones, regresa a Ayodita, pues los años que te impuse como destierro para cumplir con mi promesa dada irreflexivamente a mi esposa Kaikei han sido cumplidos. Vuelve a Ayodita como heredero de mi trono, pues mi primogénito eres, y vive tal como corresponde a tu realeza. Éste es mi deseo más sincero. Ayuda a tus hermanos, ama a tu madre perdona a Kaikei, quien si obró así fue inducida por Mantara, su aya. ¡Reina con amor y justicia y los años de tu reinado serán recordados entre los hombres, hasta la consumación de los siglos, como años felices!

Acabando de decir esto Dasarata fue ascendiendo y desapareció de la vista de los allí reunidos.

Iban también a alejarse los inmortales, pero el primero entre ellos, Indra, quiso antes decir unas palabras al príncipe:

–Tanto yo como los demás dioses estamos satisfechos de tu comportamiento con la obediencia debida a tu padre y con la voluntad y temple que has demostrado en todo lo que hiciste para cumplir tu destino. Si hay algo que desees, pídelo y te complaceremos.

Estrechando entre sus brazos a su linda esposa, apenas respuesta de las emociones pasadas, Rama formuló su petición:

–¡Oh tú, que eres el soberano del universo! Si es tu voluntad concederme un deseo, yo te ruego que todos los simios que tan fielmente se han portado para conmigo y mi causa, que han luchado valerosamente por ti, y han muerto a millares sobre las llanuras de Lanka, con cuya ayuda pudimos conquistar la milenaria ciudad y destruir a los raksas, puedan volver a la vida. Haz también, ¡oh Indra poderoso!, que las regiones en donde habiten se vean siempre fertilizadas, brotando en ellas innúmeros árboles de sabrosos frutos, para que así no puedan jamás morir de hambre.

Enternecido Indra por aquella súplica desinteresada a favor de los que supieron ser leales, hizo caer sobre las llanuras en que se libraron las batallas una copiosa lluvia que, al mojar los cuerpos del os monos muertos, hizo que la vida volviera poco a poco a ellos. A medida que se iban recobrando, los simios acudían a arrodillarse ante Rama, acatándole como a dueño y señor de sus vidas.

Había llegado ya la hora del regreso a la ciudad patria. Rama, acompañado de su esposa Sita y de su hermano Laksmana, se puso en camino. Entretanto varios mensajeros habían partido, ligeros cual gacelas, en dirección a Ayodia, para notificar al hermano y al pueblo la nueva del triunfo obtenido por el ascético príncipe sobre el rey de los demonios.

Al saber tales nuevas Barata, el hermano leal y justiciero, estaba lleno de alegría.

Y de esta forma se expresó, con palabras en las que resaltaba el júbilo:

–Que nuestra bella ciudad sea engalanada como nunca jamás lo fue. En todas las torres y templos haced tremolar banderas y gallardetes. Las mujeres adornen sus casas, limpiándolas y llenándolas de flores que embalsamen el aire. Las calles sean regadas y sembradas de flores, y los altares de los templos se vean llenos de presentes y ofrendas valiosas. Los trovadores y recitadores de las antiguas crónicas sagradas, junto con las mujeres de melodiosas voces y los músicos más entendidos, entonen los dulces cánticos del amor. Las reinas y los cortesanos, adornados con sus vestidos más espléndidos y cargados de preciosas joyas, procurarán mostrarse lo más alegres posible. Los caudillos y belicosos guerreros formarán con sus tropas a lo largo del camino de Ayodita, hasta donde pueda llegarse con la vista, y que los santos brahmanes, todos vestidos de blanco, entonen los mantras sagrados y los antiguos himnos de victoria. ¡Que no haya nadie que, con su presencia o sus actos, deje de rendir homenaje a nuestro rey!

Enorme era la agitación de aquella ciudad al adornarse para recibir a su amado monarca. Grandiosos elefantes, cuyos arreos eran de oro, llevaban sobre sus lomos a guerreros y caudillos notables. Cruzándose con éstos, carrozas y carros entorpecían las calles, y las tropas marciales, con banderas desplegadas y tambores resonantes , marchaban en dirección al Sarayú.

En lujosas literas doradas las reinas y sus doncellas iban rodeadas de enorme escolta. Sacerdotes y brahmanes, caudillos y cortesanos, las seguían con guirnaldas y ánforas de agua olorosa.

Y en medio de sus ministros y heraldos Barata, el hermano fiel, llevaba en sus manos las sandalias de Rama. Iba vestido de blanco, y blancas también eran las guirnaldas que llevaba, así como la sombrilla y el enorme abanico de cola de yak.

He aquí que, montado en carroza alada, tirada por cisnes como la nieve, llegó Rama, y diez mil voces se elevaron al cielo entonando, con inmensa alegría, el nombre de su rey. Las mujeres con sus saludos amorosos, los niños con voces llenas de bullicio y travesura, los viejos con acentos temblorosos, nadie dejó de saludar a los que llegaban en la alada carroza. Desde la altura de su elefante blanco, Barata levantó sus ojos hacia Rama, Sita y Laksmana, procurando que su voz se alzara sobre las demás.

A una orden de Rama los maravillosos cisnes descendieron suavemente, dejando en tierra la carroza de divina belleza, toda llena de flores perfumadas.

Después de los saludos efusivos entre Barata y los recién llegados, tomando en sus manos las sandalias de Rama, Barata las colocó en los pies de su señor, mientras le decía con humilde acento:

–En tu ausencia, tus sandalias ocuparon el trono, como señal de tu realeza y soberanía. Leal a la confianza que me demostraste, ahora vengo yo a colocarlas en tus pies. Mi alegría y mi gozo son completos, pues ahora, tras los largos años en que permaneciste en el destierro, volverás a gobernar tu espacioso reino.

Rama abrazó al hermano que fue fiel a través del tiempo y la distancia y, después de saludar a su madre y cortesanos, partieron todos otra vez en dirección a palacio.

La alegría reinaba por doquier en Ayodia, la bella ciudad engalanada. Su príncipe amado, el hijo obediente y hermano leal, subía al trono, era consagrado rey, tras nueve años y cinco más de destierro, y batallas crueles. En todos los corazones de los habitantes el gozo entonaba hermosas canciones.

Llegado el príncipe a palacio, le hicieron sentar sobre el trono de su padre, y allí, Vasista y Gautama, Kaitiayana y Vamadeva, Jabalí y Vijaya, todos sabios y doctos en los viejos ritos, celebraron el acto de la coronación.

Rodeado de sacerdotes vedas que entonaban el himno del mantra sagrado, de vírgenes de negros ojos portadoras del agua lustral que purifica, de guerreros armados con armas antiguas y valiosas, Rama estaba sentado en el trono junto a su esposa. Su frente fu ungida con perfumes destilados de las flores más fragantes, y la corona de su padre fue puesta en sus sienes, así como el collar, signo de realeza.

Satrugna, con un quitasol blanco, hacía sombra al hermano predilecto. Vibisana y Sugriva agitaban sendos abanicos con cola de yak, blancos como la nieve, mientras gandanas celestiales ejecutaban dulces melodías que bailaban las apsaras, de pies de gacela.

Los dioses, deseosos de conceder algún don extraordinario a aquel héroe maravilloso, le obsequiaron guirnaldas de perlas y piedras preciosas.

Y cuentas las crónicas que, mientras duró el reinado de Rama, no hubo más que felicidad entre sus súbditos, pues no existió muerte prematura ni males epidémicos que alterasen la quietud y la paz. No había viudas doloridas ni madres angustiadas por la muerte de sus hijos; no había tampoco embusteros y engañadores que tentaran con sus mentiras. Todo el mundo amaba a su vecino y todo el pueblo amaba a su rey. Hasta la tierra era más generosa y fértil en sus cosechas. No ocurrieron inundaciones ni tempestades, vientos huracanados ni terremotos: todo era paz y alegría en el reino de Rama. Tanto puede la bondad para con el prójimo y el fiel cumplimiento del deber, que logra aquietar y apaciguar las fuerzas de la Naturaleza.

Un pensamiento en “Ramayana. Final.

  1. HOLA MI NOMBRE ES OSCAR Y ME INTERESARIA Y ME AGRADARIA SER PARTE DE ESTA COMUNIDAD. ESPERO SU ACEPTACION MI CORREO ELECTRONICO ES : ovelaz20@gmail.com“los deseos de los hombres son diversos , como su mente es diversa al escuchar la mirada de tus ojos de gacela.”

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