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Recetas y cultura india, pakistaní y árabe

RAMAYANA- CONTINUACION

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IX. EL RAPTO DE SITA

Rama continuaba su piadosa vida de ermitaño, con su esposa y su hermano, cuando cierto día, hallándose en el bosque, le vio Surpanaka, princesa maga de la raza de los raksas, que podía tomar la apariencia que más le convenía. Ardiendo de amor por el príncipe ermitaño, Surpanaka le manifestó su propósito de tenerle por compañero y señor, después de matar a Sita y Laksmana, que para ella no eran más que estorbos. La respuesta de Rama llenó de odio contra Sita el pecho de Surpanaka. Para proteger a la esposa de Rama, Laksmana tuvo que luchar contra la princesa raksa, y con su furiosa espada le partió la nariz y las orejas.

Con facilidad los compañeros de Surpanaka intentaron inútilmente vengarla. Fueron vencidos por los dos valientes hermanos. Entonces la princesa raksa buscó la ayuda de su hermano Ravana, rey de Ceilán, el cual mandó a Mariítas, el sagaz raksa, para que arrebatase a Sita, la de los dulces ojos, del poder de Rama y Laksmana. Mariítas tomó la forma de una gacela preciosa –tonos de oro en los lomos, zarifos en los cuernos-. El maravilloso animal fascinó a Sita, la cual suplicó a su esposo, que dudaba, que se la trajera viva o muerta, para convertirla en una compañera de destierro o adornar con su piel la cabaña. Mariítas evitó astutamente todos los rincones, pero no pudo escapar de ser herida por las flechas de Rama.

Imitando el acento del héroe, Mariítas lanzó un grito de agonía:

–¡Apresúrate, Laksmana, fiel hermano mío: me muero en el bosque sin tu ayuda!

–¿Has oído ese grito de auxilio? –preguntó, angustiada, Sita-. ¡Ay, pobre de mí, que con mi locura he mandado a mi esposo a la muerte! ¡Corre, valiente Laksmana, ve a ayudar a mi Rama! ¡Lastimero era su grito lejano; mi débil corazón desfallece y un velo cubre mi vista! Corre a la terrible selva oscura con tus más agudas flechas, ayuda a tu hermano mayor, a tu soberano. Grave es su peligro y urgente su anhelo; a lo mejor los crueles raksas le atacan en sitio solitario, como los furiosos leones atacan al elefantes poderoso.

El héroe respondió:

–No temas, Sita. Ni los habitantes del aire azul, ni los raksas, ni las fieras del bosque igualan la pujanza de Rama, que no conoce lo que es el temor ni el peligro. ¡Yo obedezco sus órdenes y no puedo dejarte, señora, en esta cabaña! Destierra un temor sin causa. Ni en el cielo ni en la tierra puede encontrar Rama un enemigo que le iguale. Matará al ciervo de la selva, no lanzará ni un grito de temor; esto es un engaño de los astutos raksas en este bosque inmenso y oscuro. Sita, tú has oído cómo Rama me ha mandado permanecer aquí. Laksmana no te puede dejar, señora; su deber es obedecer. Raksas implacable vigilan la selva para vengar a su caudillo muerto; diversas son sus astucias y voces: limpia tu pensamiento de angustia sin causa.

Los ojos de Sita centellearon de ira, y la locura le dictó la palabra, porque la razón de la esposa se nubla cuando el esposo está en peligro:

–Oyes las quejas de auxilio de Rama con un corazón frío y endurecido; aceptas fácilmente su muerte en tu profundo engaño. Con tu aparente compasión disimulas una astucia cruel, como el enemigo que se quiere presentar como amigo y esconde la flecha mortal. ¿Siguiendo a rama como fiel hermano en esta país temido y solitario, buscabas a lo mejor su muerte para aspirar a la mano de su viuda? Tan falsa es tu esperanza como ruin tu propósito; Sita es una esposa fiel: sigue al justo Rama, leal en la muerte como en la vida.

Laksmana se estremeció de angustia y las lágrimas brotaron de sus ojos. Fuerte en la fe, puro en el propósito, sereno y sincero, le respondió:

–Para mí eres como reina y diosa, como una madre para su hijo; el paciente Laksmana no dará ninguna respuesta a tus impremeditadas censuras. ¡Hija del rey de Videha, tu lengua despide veneno! ¡Y tu imprecación, señora, bien lo puedes creer, me hiere como un dardo ardiente! Libre de mal es la intención de Laksmana; libre de pecado está su corazón. ¡Sean testimonios de mi lealtad los habitantes invisibles del bosque! Por la seguridad de Sita, yo acataba las órdenes de mi hermano. Pero cumpliendo con mi hermana y reina, he trabajado inútilmente; la oscura sospecha me mancha con una inmotivada deshonra. Señora, obedezco tu mandato voy a buscar a mi hermano mayor. ¡Que los espíritus guardianes del bosque te protejan de los secretos enemigos! Oscuros presagios y señales de peligro invaden mi vista dolorida. ¡Ojalá pudiese verte al lado de tu Rama, protegida por su fortaleza invencible!

Ravana mientras tanto esperaba impaciente la oportunidad de realizar sus siniestros propósitos. Lamarcha de Laksmana le proporcionó la ocasión que deseaba.

Ravana esperaba el momento, encendido de despecho vengativo. Se acercó a Sita, angustiada y entristecida, tomando la forma de un anacoreta; cabellos sueltos y rojizo hábito, sandalias en los pies, y en la espalda, colgando de la vara, una calabaza con agua. Y se acercó a Sita solitaria, porque los caudillos bélicos estaban ausentes, como la oscuridad se aproxima en el anochecer, que queda sin luz por la partida del sol. Y proyectó su vista sobre Sita como un cuerpo oscuro proyecta su sombra sobre Rohini, la estrella resplandeciente, cuando la gloria de la luna se esfuma.

La Naturaleza, asustada, se dio cuenta de todo. Silenciosos se erguían los árboles del bosque; la perfumada brisa conocía el tenebroso hecho. ¡El agua del Godavari temblaba bajo la mirada siniestra de Ravana y el rojo resplandor de sus ojos se reflejaba en el vaivén de las pequeñas olas! Mudos y quietos quedaron los seres del bosques cuando, bajo la apariencia de un anacoreta, el raksa poderoso se acercaba a la cabaña solitaria de Sita. ¡La selva callaba mientras él miraba a la esposa de Rama, como el planeta Sani lanza su luz sobre la estrella de Tsitra!

Ravana se erguía con sus vestidos de ermitaño, escondida su intención de venganza, como una caverna oscura y profunda es disimulada bajo la hierba y el follaje. Ravana se erguía silencioso y quieto, y miraba a la reina de Rama, su frente de marfil, sus labios de coral y sus dientes con resplandores de perla. Alumbrando la solitaria cabaña, Sita estaba sentada, radiante, como la luna llena en el cielo de medianoche; alumbrando el oscuro bosque con la serenidad de sus ojos, con la belleza de su forma vestida rústicamente, enmarcada por los cabellos negros como el plumaje del cuervo.

Ravana, con voz acariciadora, con un arte apaciguador y dulce, ensalzó la belleza sin par de la mujer, para obtener su afecto:

–Tú que resplandeces de áurea belleza, dentro de tu rústico vestido, engalanada de fragante loto como un espíritu de la selva, ¿eres por ventura Gauri radiante, doncella de la Fortuna o de la Fama, o diosa del Amor? ¿Cuál es tu nombre sagrado? Entre tus labios de rojo coral brillan dientes de jazmín; tus ojos de límpida lucidez poseen una divina luz de amor. Tus oscuros ojos me llena el corazón como las aguas impetuosas invaden la ribera del río, y la riqueza de tus trenzas enmarca tus florecientes encantos. Ninguna diosa o muchacha gandarva es más bella que tú; ninguna mujer visible a los ojos de los mortales posee tu gracia. ¿Por qué, pues, ninfa o doncella, te cobijas en un bosque solitario donde las fieras habitan y los raksas imperan? Las salas reales serían un hogar más adecuado para ti; tus pasos deberían adornar un palacio, no perderse en un bosque sin caminos. ¡Flores primorosas, no espinas silvestres, deben decorar adecuadamente el pabellón de una dama; vestidos de seda, no de corteza, realzan el poder de la belleza! ¡Dama del bosque! Tu destino es otro. ¡Brilla como una novia amada y festejada, con tus vestidos nupciales; escoge un compañero amado y señorial que te servirá orgullosamente, escoge un héroe digno de tu belleza, sé la novia real de un monarca! ¡Háblame de tu raza descendiente del cielo! ¿Quiénes son tus padres? ¿Rudras, o maruts radiantes, o vasus, caudillos celestes? Esta selva es indigna de una ninfa o doncella divina: las fieras la pueblan; los raksas acechan desde la sombra lóbrega; los leones la habitan en solitarias cavernas; los elefantes vadean el silencioso lago; los monos se balancean en las ramas curvadas; los tigres se deslizan entre la broza. ¿Por qué, pues, tu cara hechicera adorna esta lóbrega selva? ¿Quién eres y de qué raza? ¿Eres ninfa, doncella o hija de una diosa?

–¡Escucha, brahmán! –contestó Sita, sin sospechar que veía un vil traidor bajo la apariencia de un ermitaño-. He nacido del rey Janaka, que gobierna el país de Videha. Rama, príncipe del reino poderoso de los kosalas, conquistó mi mano con su valor. Pasaron años de tranquilo vivir en la feliz ciudad de Ayodia; rico en toda clase de gozos nuestro tiempo transcurría alegremente, hasta que el soberano Dasarata, que estaba acabando sus días, quiso coronar al príncipe Rama como heredero y regente suyo. Pero una reina intrigante, Kaikei, reclamó el cumplimiento de una antigua promesa y exigió que mi esposo partiese hacia el destierro para que un hijo suyo ocupase el trono. ¡No quería descansar ni dormir, ni alimentarse con la bebida o comida hasta que su Barata rigiese el imperio y Rama fuese desterrado al bosque! Veinticinco veranos justos tenía mi señor; fiel a la fe y al deber, fiel al propósito, a la palabra y a la acción, amado por todo su pueblo, rico de valor y fama, Rama se acercó a su padre para el rito de la consagración. Kaikei entonces dijo a Rama: “Escucha la promesa de tu padre. Barata será el soberano, regente; tú te irás a la selva”. Siempre gentil y cumplidor, Rama escuchó y obedeció; por los bosques y la maleza sin caminos hemos hecho nuestra peregrinación solitaria. Ésta es, ¡oh ermitaño de corazón piadoso!, la historia de nuestro infortunio. Su joven y leal hermano le sigue en el destierro; es un león por su valiente coraje, un cenobita por su voto sagrado; Laksmana desambula ahora con su hermano mayor por la selva. Descansa aquí un poco, ¡oh brahmán rico de piedad y fama!, hasta que los dos príncipes cazadores puedan saludarte con una ofrenda de su caza. Di, si te place, padre qué gran risi se envanece de tu nacimiento, y di por qué en esta selva sin caminos andas sin compañía de amigos.

–No soy brahmán ni risi –respondió Ravana-. ¡Soy el caudillo de los furiosos raksas, el señor y rey de Lanka, aquel que con su coraje abarca el amplio mundo, los dioses del cielo y de los hombres de la tierra; aquel de quien raksas y asuras conocen las altas e incomparable proezas! Pero la áurea brillantez de tu belleza. Sita, me ha conquistado el corazón. Consiente en compartir mi imperio, toma una parte de mi gloria. Muchas reinas de soberana belleza sirven a Ravana. ¡Tú serás su emperatriz, tú serás la dueña de mi palacio! Lanka, ceñida por el océano ilimitado, es la mejor de las ciudades reales, sentada, llena de orgullo y de gloria, en la cima más alta de una montaña. Por los caminos montañosos y los bosques pasearás con tu señor; no por las hondonadas del Godavari lóbregamente todo el día. ¡Y cinco mil damas alegremente vestidas servirán a mi Sita, reina del verdadero amor de Ravana, compartidora de su majestad!

Los ojos de Sita se inflamaron de ira y un temblor hizo estremecer su cuerpo mientras con voz digna y desdeñosa la princesa respondió:

–¿Conoces a Rama, alto y divino, héroe sin parangón en la lucha, profundo, inmenso como el océano? Yo soy su esposa. ¿Conoces a Rama, el príncipe lleno de dignidad, sin pecado en su santa vida, majestuoso como el alto niagroda? Yo soy la esposa de Rama. ¡Poderoso por las armas, poderoso por su pecho, poderoso con el arco y la espada, león en medio de los hijos de los mortales, Rama es mi esposo! ¡Inmaculado como la luna en su gloria, sin tara en palabras y hechos, rico de valor y virtud, Rama es mi esposo! Tu vida extravagante debe encontrarse ahora bajo la sombra de un destino terrible, ya que en tu locura galanteas a la esposa de un guerrero. Arranca los dientes del león famélico mientras devora el ternero que ha muerto; toca el aguijón de la mortífera cobra mientras su víctima se desangra; arranca la maciza montaña de su base rocosa; agujeréate el ojo con una aguja hasta llenarte la cabeza de tortura; aprieta tu lengua medio partida y sanguinolenta contra el corte luciente de un cuchillo; tírate al mar desde la cima más alta de un escarpado; arranca las luces del día y de la noche de sus esferas en el cielo azul; envuelve en tu flotante vestido las rojas lenguas de un incendio; pero no sueñes en conquistar a la esposa de Rama. ¡Antes de insultar a Rama, implacable en su ira, pisa un camino más suave sobre punzantes púas de hierro!

Las amenazadas fueron inútiles. Ravana se enfureció y se encendió en ira como el planeta Buda roza a Rohini al pasar. Con la mano izquierda, temblando de furor, Ravana cogió los ondulantes cabellos de Sita y con la derecha el raksa implacable alzó del suelo a la bella desfallecida.

Los habitantes invisibles de los bosques atisbaban la triste hazaña vergonzosa; eran testigos de cómo el raksa, poderoso de armas, levantaba a la pobre mujer sin defensa y cómo la ponía en el carro celeste tirado por asnos alados, hermoso de luz y de forma, veloz como el corcel de Indra.

Ravana dirigía a los oídos de Sita iracundas amenazas y dulces ruegos, mientras apretaba sobre su pecho a la desfallecida mujer que todavía luchaba. Inútil la amenaza, inútil el ruego. Sita gritaba: “¡Rama, Rama!” a la oscura y lejana selva donde había desaparecido su noble dueño. Entonces se levantó el carro volador por encima del pico y el boscoso valle. Como una serpiente entre las garras de un águila se retorcía Sita con lastimera lamentación; aturdida y medio ciega, débil y desfallecida, continuaba lanzando su grito penetrante, que resonaba por los bosques sin límites y ascendía a la región más alta del cielo.

–¡Sálvame, Laksmana poderoso, sin mancha en el corazón ni en la acción; salva a una mujer, una esposa fiel, de la codicia de un raksa! Verdadera y leal era tu advertencia, falsa y repugnante mi acusación. ¡Perdona, amigo, a una hermana pecadora, perdona las palabras que una mujer ha dicho! ¡Ayúdame, Rama siempre justo! El deber te hizo ceder la corona; el deber te manda castigar al pecador, salvar a tu esposa. ¡Eres rey, severo vengador de los hechos de vergüenza y pecado; castiga, pues, con tu venganza al raksa que insulta a tu dama leal! Todo pecado, injusto Ravana, trae con el tiempo su penitencia debida, como el trigo joven crece y madura de la viva y pequeña semilla. ¡Por este insulto, Ravana, que me infieres con tu locura, padecerás del descendiente de Ragú la muerte de tu raza! ¡Bosques oscuros del Pantsavati, valle risueño del Janastana, árboles floridos y ágiles enredaderas, explicádselo todo a mi dueño! ¡Dulces compañeros de mi destierro, amigos que alegrabais mi estancia en el bosque, hablad a Rama, decidle que Ravana, implacable, se lleva a su fiel Sita! ¡Colinas altas, elevadas montañas, picos boscosos coronados de altivez, largas sierras oscuras que recortáis el cielo azul, con vuestro eco de trueno retumbante decid a Rama que Ravana, implacable, se lleva a su Sita! ¡Habitantes invisibles del bosque, espíritus de las rocas y despeñaderos, Sita os respeta despidiéndose tristemente de vosotros; murmurad al oído de Rama cuando siga el camino de su hogar, decidle que Ravana, implacable, se lleva a su Sita! ¡Ah, Rama leal y amoroso! Me has querido tanto como a tu vida; todavía rescatarás a tu esposa del raksa repugnante e impío. ¡Ah, Rama, poderoso de armas! ¡La venganza apresurará pronto tu camino cuando oigas que Sita, desamparada, ha sido raptada por Ravana! ¡Rama y el valiente Laksmana ya tendrán designada su presa cuando sepan que la confiada Sita ha sido raptada por Ravana!

La princesa en su angustia inútilmente lloraba. Ravana huyó con la esposa de Rama hacia donde, en medio del océano ilimitado, Lanka se levantaba en su orgullo.

X. LA GUERRA DE KISKINDA

Rama y el valeroso Laksmana cuando volvieron al lugar en donde habían dejado a Sita, sin hallarla, prorrumpieron en lamentaciones:

–¡Oh destino cruel el mío! –exclamaba el generoso príncipe-. ¡No contentos los dioses con verme condenado al destierro, me han enviado ahora esta desgracia! ¡Verme privado de mi compañera, cuya fidelidad había llegado hasta el extremo de preferir desterrarse conmigo a permanecer en medio de los agasajos de la corte de Ayodia!

–Vergüenza también para mí –respondía Laksmana-, que teniendo un arco y un carcaj lleno de flechas no quise obedecer las órdenes de mi hermano y abandoné a la mujer cuya guarda me había confiado, dejándome llear de un indiscreto temor. ¿Cómo la hallaremos ahora? ¡Es preciso que caiga sobre mi cabeza toda la culpa de esta desdicha!

Así caminaban por las selvas, lamentándose, Rama y Laksmana cuando oyeron ruido de pisadas por entre los matorrales más espesos. Temiendo verse sorprendidos por algún animal salvaje, se hicieron a un lado y escucharon atentamente, y entonces, en medio del silencio, una voz sonora y viril preguntó:

–¿Quién es el que así se lamenta con tan terribles imprecaciones? ¿Es noble o plebeyo? ¿Es brahmán o kshatria? Si ha cometido algún crimen, allá él con su dolor, y cumpla su castigo en lo que sea justo. Pero si es algún afligido o perseguido por injusta causa, hable a su Sugriva, príncipe de los vanars, y a su fiel compañero Hanumana, que también injustamente padecen.

Sintiéndose algo consolados, aun en medio de su aflicción, por haber encontrado tan inesperada compañía, Rama y Laksmana se dieron a conocer.

–¡Oh tú que tan generosamente te has nombrado a ti mismo! –dijo el príncipe a Sugriva-. Sabe que yo soy Rama, hijo de Dasarata, rey que fue de la ciudad de Ayodia y que ahora descansa en la paz de los dioses. Por mi voluntad y no por otra causa alguna cumplo destierro para no negar la real palabra de mi padre, dada a una reina caprichosa y cruel. He renunciado a todas las comodidades, a todos los honores a los que tenía derecho por mi estirpe, y dejado en posesión del trono a mi hermano para que gobierne en mi lugar durante los catorce años que debe durar mi retiro en la selva. Y éste es mi valiente y fiel Laksmana, que ha querido seguirme en mi infortunio. Pero al partir para el destierro me juzgué feliz sabiendo que deseaba acompañarme a él mi esposa Sita. ¡No pensaba que también los dioses iban a negarme su compañía, de un modo imprevisto y doloroso! Sita ha desaparecido misteriosamente, arrebatada en un carro de fuego por el pérfido Ravana, rey de los espíritus del mal. Ignoro a qué remoto lugar pueda haberla llevado; pero no dejaré de recorrer ninguno de los múltiples caminos de la tierra hasta dar con mi esposa. Eso es todo.

Sugriva, maravillado de la desdicha y de la generosidad de Rama, le contó a su vez su historia, que no desmerecía en desdichas de la suya propia. El hermano de Sugriva, el pérfido Bali, tirano de Kiskinda, le había arrebatado con perfidia a su esposa y a su reino, y después de desposeerle con astucia, le había proscrito, de tal manera que tuvo que huir, disfrazado, para salvar la vida, pues su cabeza había sido puesta a precio.

Aquella comunidad de infortunios encendió en el pecho de Rama una ardiente simpatía hacia el príncipe desterrado, y prometió ayudarle.

–Puedes regocijarte, señor, de haberme encontrado en tu camino –le dijo Rama-. Con mi apoyo no necesitas súbditos fieles, ni ejércitos, ni siquiera recurrir a la astucia. Poseo unas flechas mágicas, tales que nunca fallan el blanco. Si deseas que sea su aliado en la empresa de recuperar tu trono, no dejaré de prestarte mi brazo fuerte. Pero dime: ¿quién es ese valiente que te acompaña? Por su aspecto no se parece a los demás mortales, y diríase que es mudo.

Hablando con Sugriva los dos príncipes no se habían fijado hasta entonces en el extraño compañero que caminaba con él por las selvas. Pero Hanumana, dotado de oportunidad y de gran inteligencia, al oír que hablaban de él se dejó ver claramente por entre las espesas matas que medio le cubrían y apareció ante los ojos asombrado de Rama y Laksmana un enorme mono blanco, que por su estatura, igual a la de un hombre, y robustos miembros, prometía gran fuerza y agilidad. Y el príncipe de los monos Hanumana, mostrándose digno acompañante del rey a quien servía de escudero, saludó a los dos héroes con una profunda reverencia.

Hanumana estaba dotado de voz articulada, y poseía, además, muchas destrezas, unido todo ello a un valor indomable. Puestos de acuerdo los cuatro, Rama, Sugriva, Laksmana y Hanumana, prosiguieron su marcha por la selva y se encaminaron, corriendo muchas aventuras, al reino de Sugriva, donde imperaba, creyéndose muy seguro, el tirano usurpador Bali.

Mientras atravesaban los densos bosques, Hanumana, príncipe de los cuadrumarnos, reclutaba para que marchase en su seguimiento un inmenso ejército de monos, porque es tan grande el poder del hombre justo, que cuando Sugriva fue desterrado de su reino, a falta de hombres que apoyasen su causa, los mismos seres irracionales se ponían de su parte.

De esta manera, cierto día, al amanecer, en los tiempo en que faltaba un mes para que llegase la estación de las lluvias, los centinelas que montaban la guardia en las murallas de la ciudad de kiskinda vieron acercarse a lo lejos el más extraño ejército que nunca conocieron los siglos. A su cabeza marchaban tres caudillos hermosos como dioses y en su seguimiento iba un formidable ejército de simios, capitaneados por un majestuoso mono blanco, que se movía y los dirigía como un ser dotado de maravillosa inteligencia.

La batalla fue terrible. Los soldados que guardaban al tirano Bali, desconcertados por el inesperado ataque, de momento no acertaron a defenderse. Los habitantes de la ciudad, llamados a las armas, no se atrevían tampoco a luchar con todo su coraje contra aquel extraño ejército de monos, el prodigio más inesperado que recordasen haber visto. Infundíanles particular temor Hanumana, el mono blanco, y los dos guerreros desconocidos (Rama Y laksmana). En el tercero habían reconocido muchos ya a su antiguo rey Sugriva y sentían repugnancia en llevar las armas contra él.

Pero Bali quería defenderse a toda costa, y con terribles amenazas obligaba a los fieles súbditos de Sugriva a marchar contra su señor.

–¡Oh Gran Rey! –dijo Rama, después de luchar largo tiempo, con sus compañeros, para que prevaleciese la justa causa-. Me parece lo más acertado que tú o yo desafiemos todo este desastre. ¿Para qué sembrar inútilmente la muerte entre los inocentes? Preciosas son las vidas de tus fieles súbditos. ¡Ea! ¡Dirijámonos hacia el centro de la batalla y enfrentémonos con el culpable!

Los monos de Hanumana luchaban tan denodadamente que los dos héroes encontraron dificultad en abrirse paso hacia lo más denso de los enemigos. Pero al fin lo lograron y se encaminaron hacia el carro del tirano Bali, que estaba rodeado de los mejores guerreros de su guardia. Entonces Sugriva lanzó contra el usurpador su grito de desafío:

–¡Traidor Bali, opresor de mis fieles adictos! Yo, tu soberano legítimo, Sugriva, príncipe de los vanars, después de no haber encontrado fuerzas entre los hombres para apoyar la justicia de mi causa, refugiado en la selva, la he encontrado en el maravilloso pueblo de los simios, que me apoyan con todo su poder, conducidos por su rey Hanumana, defensor de los justo! ¡Traidor Bali! Yo te desafío en combate singular o junto con tus guerreros que te siguen en la traición; no importa acometáis uno a uno o todos juntos. Que los demás cesen en esta indigna matanza, y los dioses apoyen el buen derecho.

Bali, animado al ver que tenía que combatir contra un solo hombre, sintió una feroz alegría, deseando con impaciencia terminar aquella situación angustiosa. No había visto a Rama, y cuando el héroe compareció, armado con su terrible arco, junto a Sugriva, el usurpador se había lanzado ya al ataque, rodeado de los guerreros de su guardia. Pensaba dar buena cuenta del rey de los vanars.

Pero del pronto el silbido estridente de una flecha derribó al más aguerrido de sus hombres, que cabalgaba a su lado. E inmediatamente se oyó silbar otra, y los hombres de Bali caían como los árboles fulminados por la tormenta. De nada les valían sus cotas de malla ni sus escudos, tan espesos como las escamas de un dragón. El arco mágico de Rama, que no fallaba nunca el tiro, iba derribando uno tras otro a los enemigos de Sugriva, y el tirano se iba quedando solo frente al hombre a quien había ofendido. Por fin cayó el último de los guerreros, y entonces Rama apuntó su arco contra Bali.

Sugriva le daba voces diciéndole que se lo dejase a él, que le había desafiado para medir sus armas en singular combate. Pero Bali, sin esperar a que Rama y Sugriva se pusieran de acuerdo, volvlió grupas y emprendió una huida precipitada. Entonces Rama, seguido por el rey de los vanars y Hanumana, se lanzó en persecución del traidor. No tardó en acortar la distancia que le separaba de su caballo, a pesar de su frenética carrera, y disparándole la última de sus flechas le atravesó la espalda, y la punta, ensangrentada, asomó por el pecho. Bali cayó en el polvo lanzando un gran alarido y dejó de existir.

Imposible describir la gratitud y los agasajos de que fue objeto Rama en el reino de Kiskinda. A toda costa el rey Sugriva, que no cabía en sí de gozo, quería llevarle al interior de los muros de la gran ciudad para festejarle como se merecía. Pero el virtuoso príncipe rechazó el ofrecimiento, pues desde que pesaba sobre él la sentencia de destierro había jurado no volver a ninguna ciudad populosa ni franquear sus muros hasta que hubiesen transcurrido catorce años.

Rama se retiró a las montañas Nilgiri para esperar que pasase la estación de las lluvias, así, pues, a pesar de los ruegos de sus amigos y de los fieles vasallos del rey Sugriva.

Acabadas éstas, que por su ímpetu y abundancia imposibilitaban toda empresa bélica, Sugriva, para recompensar a Rama de la gran hazaña que había hecho para facilitarle recuperar el trono, reunió a su hombres, los temibles guerreros vanars, y envió emisarios que investigasen el paradero de la gentil Sita, recorriendo los cuatro puntos cardinales. Los exploradores del reino de Kiskinda se pusieron en marcha y recorrieron el contorno de la tierra, deseando ardientemente cada uno ser el privilegiado con el hallazgo de Sita, para ser agradable a su rey y señor. Pero buscaban en vano. El astuto demonio Ravana se había llevado a la joven más allá del océano inmenso, y ningún mortal podía cruzarlo a pie para alcanzar los inaccesibles dominios de raksa.

Faltaba, sin embargo, un valiente que se dedicase a la búsqueda de Sita con ánimo de no retroceder ante ningún obstáculo. Y éste fue Hanumana, el rey de los simios. Apartándose de los caminos que recorrían los demás se lanzó en dirección al sur, hacia el mar de Ceilán, cruzando antes inmensos desiertos y profundas selvas. Con la rapidez del viento, de quien era hijo, Hanumana llegó al estrecho que separa Ceilán de la península hindú, y después de atravesar, volando, pulsado por mágica fuerza, las aguas inmensas del océano, llegó a Ceilán, a la isla de color esmeralda, ceñida por el zafiro del mar. Allí, en la ciudad de Lanka, tenía su sede el terrible Ravana, y una vez en tierra penetró Hanumana en unos maravillosos jardines, donde estaba prisionera la dulce Sita.

Las hiedras trepadoras de aquel maravilloso jardín se abrazaban a los árboles; las flores de loto reflejadas en las lagunas embalsamaban el aire; pájaros de mil formas y colores animaban los árboles, y las flores parecían confundirse con ellos. Ardillas y otros mil animalitos graciosos corrían entre la espesura con incesantes retozos. Allí se podía ver la flor del sampaka, roja como la sangre, y los árboles del punaga y el saptaparna; los espléndidos karnikara y kinsuka resplandecían como la luz del día.

En medio de tanta alegría y hermosura, Hanumana pudo ver a la princesa. La reconoció en el acto por la gracia mayestática de su porte, aunque llevaba los vestidos toscos con que, voluntariamente, había marchado al destierro con su marido. Su rostro estaba pálido por el sufrimiento, la añoranza de Rama y los ayunos y largos desvelos, y en él se reflejaba la angustia que le roía el corazón. Sus negros cabellos, peinados en una sola trenza, caían hacia atrás; sus ojos estaban sin luz y su frente se inclinaba hacia el suelo, llena de pesadumbre.

Hanumana se fijó en algunos brazaletes que ostentaba, propios sólo de una persona real, signo de lealtad inmutable, y en sus pendientes de oro, regalo de Rama en otro tiempo. Y así, desde el follaje, Hanumana alzó su voz en una hermosa canción, y los valles de la ciudad de los raksas resonaron con la gloria de Rama.

–¡Oh bella princesa, hija de Janaka rey de Mitila, escucha mis palabras! Ante ti está un mensajero de Rama, tu noble esposo, quien, desesperado ante tu desaparición, ha recorrido los bosques y caminos en tu busca, sin hallar de ti la más leve huella hasta que un día, en lo mas profundo del Malia, se encontró con Sugriva, nuestro rey, quien le prometió ayuda, como así lo ha hecho al enviarme a ti con un mensaje. ¡Éste es! Mira este anillo en que está grabado el nombre de tu esposo y rey. Rama, el príncipe generoso y justiciero, te lo envía por mi mano para que sepas que siempre serás cara a su corazón. Nada temas, pues cercano está el día en que será librada de tu encierro. Al frente de poderosas tropas llega Rama, invencible, para rescatar a su adorada esposa del poder del cruel e impío Ravana. El recuerdo de Sita no abandonará a Rama ni durante el día agobiador ni durante la noche tenebrosa, hasta que con su venganza profunda y terrible pueda matar a Ravana y a su estirpe.

La princesa tomó el anillo con emoción marcada en su rostro y preguntó por su esposo y por su cuñado. Luego quiso saber cuántos días tendría aún que estar allí, vigilada siempre por fieros raksas, que la miraban de un modo amenazador. Y Hanumana, después de haber alentado a la princesa con afectuosas palabras, con intrépido valor volvió a atravesar las aguas del inmenso mar, llevando consigo una joya que le dio Sita para su esposo, desprendida de sus trenzas. Llegó el mono a la cima de Prasravana, en donde estaba Rama con su hermano, y lágrimas de dolor y rabia brotaron de los ojos del príncipe justiciero mientras tomaba en sus manos la prenda que le enviaba su esposa.

Ordenó al punto, con fiera decisión, que todas las tropas estuvieran preparadas, pues quería correr en pos de la libertad de su dulce esposa, que languidecía entre las paredes de la ciudad de Lanka.

XI. ASAMBLEA DE GUERREROS

Ravana se desesperaba entretanto el escuchar las hazañas de Hanumana, quien no sólo había penetrado en la isla y encontrado a Sita en su florida cárcel, sino que había conseguido incendiar una gran parte de la ciudad antes de salir de ella. Reunido un consejo, todos los paladines se inclinaban hacia la guerra contra Rama, conocedores de lo que su rey deseaba, menos Vibisana, el hermano menor de Ravana, quien censuró a su hermano el que lanzase contra el justo príncipe sus tropas aguerridas, ya que éste no le había hecho mal alguno. Pero su voz fue ahogada por la de los consejeros más brutales. El segundo hermano de Ravana también se atrevió a alzar la voz para censurar la acción de su hermano mayor; pero, fiel sin condiciones, estaba decidido a luchar por su rey tanto si éste tenía razón como si no la tenía.

Vibisana fue expulsado de la corte de los raksas y se encaminó a encontrar a Rama en el campamento que los simios, con Sugriva a la cabeza, habían formado en el continente. Y allí habó de esta forma:

–Desde la nube rosácesa en que estoy sentado les dirijo la palabra, valerosos simios. ¡Escuchadme! Yo soy Vibisana, hermano menor de Ravana. Inútilmente intenté detener la furia de mi hermano e inútilmente también quise abrir sus ojos a la verdad para hacerle desistir de esta lucha que se avecina. Una y otra vez le rogué que permitiera a Sita volver al lado de su esposo, pero mis palabras no hicieron mella en él. ¡La muerte le empuja! Entonces decidí abadonarle. Anunciad a Rama mi presencia y decidle que vengo para ayudarle en la lucha inevitable.

Descendió Vibisana de la nube y juntamente con él millares de genios que le acompañaban, deseosos también de huir del mal. Sugriva los recibió con muestras de halago y los condujo a presencia de Rama, ante el cual Vibisana sintió su corazón lleno de gozo, y, dejando colgadas de un árbol las armas que traía, fue a prosternarse con sus compañeros a los pies de Rama.

Rama no consintió que Vibisana le besara los pies, sino que le alzó del suelo con aquella majestad que le caracterizaba, diciéndole:

–¡Sé bien venido!

Vibisana sintió su corazón rebosante de júbilo ante estas palabras y le dijo:

–¡Oh Rama! Tú, el más austero de los ascetas que habitan en las chozas de las montañas, el que cumple con más fidelidad la práctica de las maceraciones, tú serás quien me redima de mis malos hábitos. Vengo a ti en busca de refugio, para quedar libre de las alucinaciones perversas que vienen a tentarme. Dejando atrás la ciudad de Lanka, donde tengo mis riquezas y palacios, vengo a ofrecerme a ti con los poderosos servidores que me acompañan. Formaré alianza contigo y conduciré a tus ejércitos hasta guerreros y que caiga Lanka en tu poder.

Nada respondió Rama a estas palabras, pero Hanumana y Sugriva le respondieron:

–Los raksas bien supieron lo que hacían cuando se establecieron en Ceilán, pues ni los dioses más poderosos podrán jamás apoderarse de Lanka. Es preciso que construyamos un puente gigantesco que nos permita cruzar el mar, al que guardan millones de seres marinos que viven en lo más profundo del océano.

Para decidir la manera de cruzar aquella extensión de agua, fue celebrado un consejo. No se consiguió llegar a un acuerdo, y Rama, irritado, arrancó el arco de manos de Laksmana, lo encorvó para asegurar en él las flechas, y luego, con rápido movimiento, lanzó sus dardos en dirección al mar, con gesto de desafío.

No tardó éste en sentir la acometida del Ragava. Alzáronse las olas con terrible empuje, llegando en su altura a sobrepasar casi las montañas, a la par que de entre las olas surgieron gigantescos tiburones y monstruosos animales marinos. De repente, de entre las aguas emergió una figura cubierta con un resplandeciente traje talar, adornado de rojas flores y refulgentes diamantes, quien, acercándose a Rama, le dijo:

–¡Yo soy el Océano, oh Rama, intrépido príncipe dasarita! Prohíbo terminantemente que sobre mí se tienda ningún puente, que humillaría mi poderío, pero sí te autorizo a construir una calzada por la que puedas pasar tú y los monos que forman tu ejérito.

Apenas cesó de hablar, esfumóse la imagen del mar y los monstruos desaparecieron también. Sólo quedó la superficie azul y serena de las aguas, como una alfombra de lapislázuli.

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