Indian & arab recipes and culture

Recetas y cultura india, pakistaní y árabe

RAMAYANA- CONTINUACION

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V. LA AMBICIÓN DE LA REINA KAIKEI

Ocurrió que Indagita, el hermano de Kaikei, la segunda esposa del monarca, llegó a la ciudad de Ayodita a buscar a Barata para que fuera a vivir por algún tiempo junto a su abuelo, Asuapati, rey de una multitud de súbditos indómitos y fieros. Y Barata, acompañado de su hermano Satrugna, fue a hacer una larga visitar a su abuelo, quien les dio una buena acogida y los trató cariñosamente. Pero los príncipes recordaban a su anciano padre con añoranza, y éste también pensaba en ellos con nostalgia desde la bella ciudad de Ayodita.

Poco después el rey Dasarata pensó en nombrar a su hijo Rama regente del reino, porque, además de ser el primogénito, era el más apropiado para gobernar en su día los Estados. Su carácter ascético, su destreza en la guerra, el amor a su padre y esposa y su ciencia en la religión de los antiguos Vedas le convertían en el más apropiado heredero. Cuando el rey sometió a consejo aquél proyecto, todos, tanto los brahmanes como los nobles, prorrumpieron en exclamaciones de gozo, pues conocían las virtudes del joven príncipe. Y reunidos en asamblea, con sinceras palabras dijeron así:

–Permite, ¡oh rey!, que gobierne el joven príncipe Rama como heredero de tu reino y como regente, pues no hay otro que pueda ocupar tu lugar. Su corazón es nido de valor y virtudes y en todo el mundo no hay nadie que sea tan leal consigo mismo, tan fiel cumplidor del deber ni tan amante de la virtud. La verdad guía sus pensamientos y su alma está llena de la virtud de los dioses. ¡Jamás ha regresado derrotado de las batallas! ¡Siempre ha tenido para la tristeza ajena las lágrimas prontas, los oídos atentos! Rama ha ganado todos los corazones; campesinos y ciudadanos hablan de la nobleza de alma de tu primogénito. A los dioses inmortales elevamos nuestras plegarias diariamente para que Rama, el bondadoso, el justo, el generoso, el humildes, el parecido en todo a los dioses, ascienda al trono de su padre.

Y puestos todos de acuerdo, se empezaron los preparativos para la gran ceremonia.

Dasarata no cabía en sí de gozo al ver cuán amado de pueblo era su hijo; Rama, preparándose para la coronación, ayunaba y oraba; y la ciudad se engalanaba para demostrar así su asentimiento y regocijo ante tales cosas.

Juntamente con su esposa, la hermosa Sita, el príncipe Rama pasó la noche de vísperas en la cámara de Naraiana, rogando al dueño de los seres, al que reina desde el principio, el dios Naraiana, que le asistiera con sus consejos.

A su lado, tendida sobre la hierba sagrada, orando como él y como él ayunando, Sita, la piadosa y dulce Sita, velaba.

Al anunciar los rosados rayos de la aurora el amanecer de un nuevo día apareció Rama, vestido de ricas sedas, y dirigiéndose a los brahmanes les anunció que estaba dispuesto para la ceremonia.

Y mientras tanto el pueblo de Ayodita trabaja para que su nuevo rey contemplara la ciudad adornada como una novia. Las mujeres trenzaban guirnaldas de flores, las doncellas encendían incensarios, los hombres barrían las calles, después de regarlas con aguas olorosas. Miles de árboles fueron plantados para que dieran su sombra y multitud de lámparas se colgaron de ellos, pareciendo así las calles pequeños jardines multicolores.

La reina Kaikei contemplaba estos preparativos desde las ventanas de palacio, contenta con tales acontecimientos. Pero pronto su gozo se trocó en furiosos celos. Mantara, aya y criada de la reina, supo hacerle ver el peligro que suponía para su hijo Barata la coronación de Rama, y su lengua sutil supo influenciar de tal modo el alma de la soberana, que ésta, sintiendo endurecido su corazón hacia el joven príncipe y su padre, decidió seguir los consejos de intrigante Mantara, para conseguir la corona fuese de su hijo Barata.

Cuando el rey Desarata fue en busca de la joven reina Kaikei, la más bella de sus esposas y la más cara a su corazón, para hacerle saber la buena nueva, la encontró en la cámara destinada a los lamentos funerarios, echada sobre las frías losas, con los negros cabellos esparcidos sobre el rostro y llorando con ayes desgarradores. A las preguntas angustiosas del rey sólo respondía con sollozos. Al ver Dasarata que nada conseguía atenuar aquel dolor, le dijo, alzando su hermoso rostro porque corrían con profusión las lágrimas:

–¡Amada esposa, la más cara a mi corazón! No dejes en la duda a tu rey y marido: habla para que yo sepa cuál es tu pena. ¿Acaso te atormenta algún mal espíritu? ¿O tal vez alguien te causó ofensa? Si es así, yo sabré vengarla. Tan sólo quiero que me digas la causa de tu mal. Habla, que será obedecida en lo que solicites, pues la amplia tierra es mi dominio y reyes poderosos acatan mis órdenes. Las naciones de las regiones levantinas y de las aguas occidentales del Sindu; los bravos saraustras y los matices belicosos de poniente; todas las naciones de mi inmenso imperio servirán a mi señora, la bella Kaikei. ¡Habla, ordena a t u rey lo que quieres y deseas, que tu ira se fundirá como la nieve invernal bajo el rayo del sol vivificante!

Con fatal ligereza había comprometido el monarca su palabra real, pues Kaikei, que no esperaba otra cosa, antes de decirle cuál era su deseo le hizo prometer y jurar con palabras sagradas que no la desatendería. Y por fin le dijo:
–Dasarata, mi señor y dueño, has dado tu palabra de hombre y de rey. Que los dioses sean testigos de tu acto. Recuerda, rey justiciero, la guerra en la cual caíste herido por mano enemiga, y Kaikei, con todo el amor de una mujer, supo cuidarte y salvarte la vida. Entonces fue cuando me hiciste promesa de cumplir dos peticiones mías. Nada te pedí entonces, por no tener nada que desear; pero ahora hablaré y espero de tu real palabra que no quieras volverte atrás de lo prometido. Quiero que los preparativos hechos para la coronación de Rama sirvan para mi hijo Barata, el que será ungido en lugar de aquél. Y tu primogénito, vestido de pieles, pasará nueve años y cinco más en las selvas de Dandaka. Éstos son los deseos de la reina Kaikei. ¡Que mi hijo sea ungido rey y Rama desterrado!.

Apenas escuchó tales palabras el viejo rey se arrepintió profundamente de lo que prometiera con tanta ligereza; pero ni sus ruegos ni su enojo pudieron desviar a la reina de su propósito. Antes al contrario, amenazó al rey de considerarle perjuro a su palabra y mentiroso.

Y llegó el momento de la ceremonia. Rama, cumplidor de su deber, fue a ver a su padre momentos antes de que comenzara ésta y le saludó cariñosamente; pero, al ver las lágrimas en los ojos de su progenitor y cómo lanzaba suspiros de pena, preguntó a la reina Kaikei qué sucedía, pues no sabía si era por culpa de él que su padre estaba acongojado, o si alguna enfermedad le atormentaba hasta el extremo de no saludar a su hijo.

Kaikei, a quien no conmovieron las palabras del príncipe, con acento despiadado y cruel habló así:

–Ninguna enfermedad ni pena atormentan a tu padre, querido de todos, sino tan sólo que su corazón amante no puede dar una triste noticia a su hijo primogénito. Quisiera comunicarte un mandato, pero su corazón enternecido no puede dominar la congoja. ¡Debes prometer que cumplirás la voluntad de tu señor, aun antes de conocerla! Y ahora escucha. Hace años yo salvé la vida a tu padre, y él, generoso, me concedió dos deseos. Ahora le pido que me los cumpla, y él quisiera excusarse de hacerlo. No debes dejar que por ti, aunque seas muy amado de tu padre, pueda éste ser tachado de desleal y perjuro. Si prometes ligarte con su mismo voto, yo te explicaré la causa de la angustia de nuestro rey. Si acaso no quieres comprometer tu palabra por temer desfallecer en tu propósito, nada diré.

–Rama obedecerá el mandato de su padre sin que su corazón desfallezca –dijo el valiente y bondadoso príncipe-. Tanto si es copa de veneno como fuego o espada, todo lo que el cruel destino ordene… Rama obedecerá libremente a su padre y rey. He aquí mi promesa. No he de desligarme de ella, pues mis labios jamás han mentido.

–Escucha, pues, la promesa que me hizo tu padre y cúmplela tú con la vida. –Y la voz de la joven reina, fría y aguda, resonó en la sala-. He aquí lo que he pedido a tu padre y rey. Que seas desterrado a lo más profundo de la selva de Dandaka durante siete años y siete más, vestido de pieles y cortezas de árboles, y comiendo lo que tú mismo caces o cojas. Vivirás en cuevas o celdas de ermitaño, y en tu lugar reinará Barata, mi hijo, con la riqueza y honores que tú hubieres disfrutado. Blando es el corazón del rey Dasarata en lo que se refiere a su primogénito, pero por el amor que te tiene debes cumplir su juramente. Él no puede decir nada, pues la angustia le impide las palabras. Exijo tu obediencia.

Rama, con heroica tranquilidad, escuchó la terrible orden de destierro, y luego, serenamente, marchó de la sala sin que la pena o la ira enturbiaran su corazón.

Y el día que hubiera sido el más feliz para su padre, el día de su subida al trono, fue el de su marcha a las selvas, el destierro a los bosques de Dandaka.

VI. LOS HEROES MARCHAN A LA SELVA. MUERTE DE DASARATA

Transida por el dolor de la separación que iba a sufrir su hijo, la dulce reina Kausalia lloraba amargas lágrimas. Laksmana la acompañaba en sus lamentos. El generosos príncipe había acudido presuroso al lado de la reina al enterarse de su desgracia. Inútil fue que, para consolarla, Rama dijera que nunca es triste estar dispuesto a cumplir la palabra empeñada por un rey y un padre, como habían hecho sus antepasados los ragavas, los descendientes de Ragú, el dios celeste que persigue a la luna en los eclipses, y como un galgo hambriento la devora ocultándola por unos instantes a la vista de los mortales.

Pero Laksmana, el hermano fiel, no consiguió dominar su furor, y, con los ojos encendidos y coléricas voces, se asemejaba a los elefantes que custodian el trono de Indra y arrojan fuego por sus terribles órbitas. Resonaba el acento de Laksmana como la impetuosa corriente de un río desbordado y decía:

–¡Mantener la palabra! ¡La palabra de un rey! ¿Es acaso digno de llamarse juramento lo que se arranca con perfidia? ¿Debe cumplirse lo prometido cuando el que nos lo exige se vale de los sentimientos más bajos? ¡La palabra de un rey! ¿Puede prevalecer la astucia de una mujer sobre las leyes del honor, para convertirlas en instrumento de su bajeza y de su envidia? ¡Quisiera ser yo el rey a quien una malvada intentase ligar con su propio honor al carro de sus dignos propósitos! ¡Pronto conocería toda la extensión de mi poder y el desprecio que me inspira su rastrera insolencia!

Pero Rama, dueño siempre de sí mismo, le amonestó diciéndole:

–Te suplico, querido hermano, que calmes tu ira. La dicha y la desventura, toda la vida del hombre, están encerradas en el hueco de la mano del destino. Imítame, pues, y no te aflijas inútilmente.

Con el corazón destrozado, la dulce reina Kausalia, bendijo a su hijo, rogando al dios que gobierna los mundos que le protegiera durante su estancia en la selva.

Pero la fortaleza del príncipe vaciló cuando tuvo que comunicar a su dulce y bellísima esposa la fatal noticia y despedirse de ella. Teniéndola entre sus brazos le dijo que el cumplimiento del deber le impulsaba a ir a vivir durante nueve años y cinco más a las selvas de Dandaka, rogándole que durante su ausencia considerase a Barata como a su verdadero rey, sometiéndose en todo a su voluntad y no pronunciando jamás el nombre de Rama, su esposo, para no hacerse odiosa a los príncipes y cortesanos.

Sita, la siempre obediente y dulce Sita, no pudo soportarlo. No quería dejar ir a la selva a su marido, pues él era el único objeto de su vida y lejos de él no deseaba palacios ni joyas. Prefería vivir en la selva, pero a su lado. Inútiles fueron los razonamientos que le hizo Rama, diciéndole los peligros a que estaría expuesta.

–Piensa –le dijo- que el bosque es muy peligroso: en él abundan las fieras sanguinarias y las charcas pantanosas donde pululan los cocodrilos. Plantas venenosas y arbustos se entremezclan y los caminos y veredas son de difícil tránsito aun para los elefantes de gruesas patas. En muchos lugares se carece de agua, y se tiene que dormir durante la noche sobre la tierra húmeda y desnuda, aunque nuestro cuerpo, cansado, deseara un blando lecho. Numerosos mosquitos y escorpiones, serpientes y gusanos, toda clase de bichos repugnantes e infectos vendrán a torturarnos. Y además de esto debo hacer ayunos y penitencias, macerar mi cuerpo hasta el agotamiento, ceñir mis carnes con un áspero sayal de cáñamo sujeto a la cintura con una cuerda, y deberé coger de las alturas, tal como ordena la regla de los ascetas, flores para mi ofrenda cotidiana a los dioses. ¿Cómo podrías tú, hermosa princesa de Mitila, acostumbrada a los lujos de la corte, resistir estos nueve años y cinco más que debo pasar en la selva?

Pero, lejos de asustarse ante todas aquellas penalidades que le aguardaban, Sita respondió que aquellos peligros no eran otra cosa que alicientes, pues ella sólo ansiaba compartirlos con su esposo.

Los apasionados ruegos de la joven conmovieron el corazón de Rama, quien tuvo que acceder, aunque preveía los dolores que habrían de sufrir, y permitió que le acompañara, así como también Laksmana, su fiel hermano. Y así antes de partir para el destierro, entregaron sus joyas y bienes a los menesterosos y brahmanes.

Pero no pudieron salir de Ayodia en silencio, pues el pueblo, enterado del castigo impuesto as u joven príncipe y de su generosidad, quiso compartir también su desgracia, acompañándole largo trecho hasta la orilla del Tamasa, donde acamparon. Durante la noche, mientras el pueblo dormía, Rama, acompañado de su hermano y su esposa, atravesó el río, y allí, libre al fin de los lazos y obstáculos que el amor de su pueblo ponía ante su paso, el héroe comenzó a cumplir su exilio.

Al tercer día de camino llegaron los tres desterrados a las orillas del Ganges. Al cuarto llegaron a la ermita de Baradvaja, cerca de la confluencia del Ganges y el Jumna. Al quinto día atravesaron el Jumna hasta su orilla meridional, llegando al sexto al cerro de Tsitrakuta, en donde hallaron al santo varón Valmiki.

Alboreaba el día, y Sita, entre su esposo y su cuñado, atravesaba las aguas turbulentas y oscuras del Jumna. Cerca de la rápida corriente hicieron alto, comenzando los dos hermanos, tras largas horas dedicadas a la meditación, a cortas árboles con su hachas, derribando, con la fuerza de sus brazos, robustos troncos para construir una cabaña. Allí, entre otras numerosas plantas agradables, crecía el usira, que tiene la fibra más fuerte; el bambú, liso y sencillo; las ramas del jambu, que se entrelazaban con los juncos cimbreantes y retorcidos. Y construyeron una fuerte canoa; y, con enredaderas dulcemente olorosas, Laksmana preparó a Sita un blando asiento.

Después fue varado el rústico navío, trabado con selvático arte. Recostada en su amante esposo, la gentil Sita subió a la embarcación y Rama le dejó los instrumentos y vestidos al lado, con hachas y pieles de ciervo, el arco, las flechas y la espada. Después los hermanos manejaron con brazo vigoroso el remo de bambú y el bajel se deslizó alegremente hacia la costa meridional del Jumna.

–¡Bondad del glorioso río Jumna! –dijo la piadosa Sita en su plegaria-. Haz que sea tranquilo el destierro de mi marido dentro de la oscura sombra de la selva, que pueda volver a Ayodita con seguridad, y mil cabezas de ganado bien cebado y cien jarras de dulce bebida, ¡oh poderosa corriente!, serán tuyos. Concede que Rama, al volver de las selvas, pueda ver otra vez su palacio; que, honrado por sus familiares, pueda reinar sobre sus amorosos súbditos.

Y Sita cruzó los brazos sobre su pecho, mientras los príncipes manejaban los remos, y la canoa ligera, deslizándose alegremente, alcanzó la boscosa ribera del sur. Y los desterrados de Ayodita saltaron a la orilla del río, donde el reino desconocido se extendía bajo el manto del bosque sin límites.

El bravo Laksmana, con sus armas, pasó delante para abrir paso, y Sita la de dulces ojos le seguía; Rama cerraba la marcha. A menudo Laksmana, siempre valiente y fiel de un árbol o planta cogía una fruta o una flor y la ofrecía a la gentil Sita. Y ella, volviéndose a menudo hacia Rama, cada vez más complacida y curiosa, preguntaba el nombre del árbol o enredadera, del fruto o flor que no había visto hasta entonces.

Con afecto fraternal Laksmana traía del coloreado y alegre bosque el brote o el capullo que el rocío mojaba exaltando su belleza silvestre. Con alegría y ferviente placer Sita giraba sus ojos una vez más hacia los cisnes y los gansos silvestres que reposaban en grupos cerca de la margen arenosa de Jumna.

Así anduvieron dos millas atravesando el cinturón forestal; mataron un ciervo silvestre y pusieron en hojas el abundante manjar. Los pavos reales volaban alegremente alrededor de ellos; los monos saltaban por las dobladas ramas. Así Rama y sus compañeros emplearon la quinta noche de su camino por la selva.

–Despiértate, amor mío, y escucha los cantos y rumores del bosque –dijo Rama cuando por la mañana se dirigía a las montañas del levante.

Sita se despertó y a la vez el galante Laksmana; bebieron de la onda sagrada, y hacia el pico de Psitrakuta se dirigieron serenos y animosos.

–Mira, amor mío –dijo Rama-, cómo las matas, los árboles y las flores, teñidos por la deslumbrante luz de la mañana, brillan como un áureo surtidor. Mira la inflamada kinsuka y el vilua soberbiamente erguido. Frutos sabrosos nos proveen con abundancia de suculentos manjares. ¡Mira los panales suspendidos del majestuoso árbol y cómo la desleal abeja roba el licor de las virginales flores! A menudo el solitario gallo silvestre toca vigorosamente su clarín y de los fragantes bosques floridos los pavos reales le mandan su animada respuesta. Con frecuencia el elefante de la selva merodea por este oscuro bosque; este pico es el Tsitrakuta, amado por los santos. Con frecuencia los cánticos de los ermitaños resuenan por el sagrado bosque ¡En sus sombreadas cimas, Sita, viviremos y pasearemos en paz!

Así los príncipes recorrían el bello y boscoso paisaje. La fruta y las flores encendían las ramas, pájaros cantores de magnífico plumaje llenaban la frondosidad, anacoretas y viejos ermitaños vivían entre el boscaje, y una quietud olorosa y sagrada llenaba los bosques de paz y amor.

Los príncipes se acercaron gentilmente a la sagrada ermita donde el santo y sabio vivía en soberana contemplación. ¡El cielo inspiraba tu canto, Valmiki! ¡Las viejas armas de la antigüedad, hechas de virtud y valor, resucitan en tus estrofas inmortales!

El poeta dispensó a los príncipes un recibimiento paternal y los invitó a vivir en Tsitrakuta, con el pensamiento sosegado y puro. Entonces Rama reveló su propósito al fiel Laksmana y éste construyó una cabaña con hojas y maderas del bosque.

–Nuestros libros sagrados ordenan –dijo Rama, el príncipe justo- que tenemos que hacer una ofrenda sagrada al construirnos un sitio de residencia. Mata un gamo negro, valeroso Laksmana, y prepara un sacrificio, porque ahora es afortunada y el día resplandeciente.

Laksmana obedeció y mató un gran gamo negro, trajo el astado trofeo y puso los restos consagrado cerca de las encendidas llamas del altar. Radiantes alrededor de la gran ofrenda, las rojas lenguas de fuego brillaban retorciéndose, y el animal fue asado según las prescripciones y puestas a punto su tierna carne.

Purificado por el baño, entonando el mantra, Rama cumplió el rito sagrado e invocó a los resplandecientes inmortales para que bendijeran el sitio donde iban a permanecer: oró a los bondadosos Visvadevas; a Rudra, áspero y fuerte; a Vishnu, señor de los seres; a todos los altos espíritus elevó Rama el canto sagrado. El debido rito fue cumplido en la cabaña silvestre; con verdadera y profunda devoción fue entonado el sagrado mantra, y el culto de los Resplandecientes borró toda mancha terrena. Rama, alma pura, vistió ante el altar el ropaje de los ritos.

La noche esparció su sagrada quietud; mata y árbol sintieron su magia. Como los dioses en las mansiones de Brama, los desterrados permanecían en su cabaña. En los bosques de Tsitrakuta, por donde fluye el Maliavati, el sexto día del fatigoso viaje acabó en dulce reposo.

Entretanto Sumantra, el cochero real, había vuelto a Ayodita con el mensaje de la partida de Rama. El extenuado monarca oyó con el corazón contrito las palabras que le enviaba su primogénito. Su rostro se ensombreció como el sol vencido por el eclipse, y en su memoria se hizo insistente la pena de la antigua promesa hecha a la reina.

A la sexto noche, cuando Rama dormía en el bosque de Tsitrakuta, el recuerdo de una pena antigua lanzó sobre Dasarata su poder fatal: el recuerdo de un crimen y la insistencia de una angustia antigua, oscura, inolvidable, temida, que a través de los años y las estaciones lanzaba hacia atrás su sombra mortal.

Se hizo más densa la sombra de medianoche. Dasarata, debilitándose rápidamente, comunicó a Kausalia, triste y apenada, su recuerdo del pasado:

–Las cosas que hacemos en la vida, Kausalia, sean amargas o dulces, traen su fruto y su sanción, su rica recompensa o su debido sufrimiento. Un niño sin juicio es aquel, ¡oh Kausalia!, que no busca en su destino la sanción de su merecimiento, la secuencia del poderoso plan de los dioses. A menudo, enloquecidos, destruimos el bosque de árboles útiles y plantamos los suntuosos arbustos con la flor encarnada que amamos. ¡Estéril como esa roja flor es el merecimiento que yo he sembrado, y mi vida yerma se marchita por una hazaña mía!

“Escucha bien, Kausalia: en los días famosos de mi juventud yo era un sabda-bedi, un arquero que dispara por el sonido. Podía acertar el blanco invisible: por el sonido guiaba mi puntería. ¡Ciegamente el niño bebe el veneno, ciegamente caí por mi orgullo! Oyera entonces el regente de mi padre; tú, una muchacha desconocida para mí. Cazando cerca del bello Sarayú, yo guiaba a solas mi carro. El búfalo o el elefante podían frecuentar aquel sitio que servía de abrevadero, el ciervo ágil o le tigre astuto en busca de su bebida nocturna. Avanzando con paciencia de cazador, introduciéndome en los tristes bosques, el ruido de una cosa como el agua apreció mi oído fino y atento. Yo escuchaba en la oscuridad: algún animal del bosque estaba bebiendo. “Es un elefante, me dije, que levanta el agua con su trompa”. Al supuesto invisible elefante le hice una herida mortal. ¡Ah, mortífera, era mi flecha! Cayó como una cobra silbante, y un gemido humano hirió mi oído y me asustó el corazón. Una lastimera voz moribunda se elevó en la noche; un temblor me hizo caer al suelo las armas y una oscuridad me enturbió la vista. Corriendo con indecible terror, alcancé la orilla del río: vi un muchacho con cabellera de ermitaño. Estaba herido, y su cántaro, por tierra, se hallaba cerca de él.

“Bañándose en un charco de roja sangre, extendido en una sanguinolenta cama, el ermitaño alzó su afable voz y dijo con acento de moribundo:
“ –¿Qué mal te he hecho sin darme cuenta, ¡oh poderoso monarca!, para que así tu rápida justicia de rey mate al hijo de un ermitaño? Viejos y débiles son mis padres, ciegos por voluntad del destino, y ansiosos esperan, en su humilde cabaña, la vuelta del hijo fiel. Tu flecha me mata, ¡oh rey!, y también prepara la muerte para mis padres. ¡Sin ayuda, sin amigos, morirán en su solitaria agonía! La sagrada ciencia, la penitencia de toda la vida no cambian el estado terreno del mortal; de otra forma no permanecerían indiferentes mientras su hijo es condenado por el destino. O, si se dan cuenta de mi peligro, ¿podrían hacer volver un hálito moribundo? ¿Puede el árbol salvar el plantel que el hacha del leñador ha condenado? Corre hacia mis padres clama su pena y su ira, porque las lágrimas de los buenos y justos secan como el fuego de la selva. El camino que conduce allí es bien corto; pronto verás la cabaña. ¡Apacigua su ira con la súplica, pídeles que te otorguen su perdón! Pero antes de irte, monarca, quítame, ¡oh!, quítame la flecha torturadora, que me escuece cruelmente dentro de la herida y me arrebata la energía juvenil como las violentas olas del río, aumentadas por las lluvias de verano, abren la débil ribera.

“Retorciéndose en su dolor y angustia, así se quejaba el penitente herido; arranqué la flecha fatal y el santo ermitaño murió.

“Oscuramente caían y se hacían más densas las sombras; las estrellas lucían su débil resplandor, mientras yo llenaba el cántaro del ermitaño y lo llevaba a sus padres ciegos. Oscuramente llegó la medianoche sin luna; pero tinieblas más profundas llenaban mi pecho, mientras me acercaba, con pasos desfallecidos, a la cabaña de los ermitaños. Como dos pájaros desprovistos de sus plumas, sin fuerza, sin vuelo, eran aquellos dos ancianos, sin amigos, sin ayuda, sin vista, que hablaban con débil voz de su hijo, el muchacho irreprochable cuya roja sangre manchaba las manos de Dasarata.

“Y el padre oyó mis pasos y dijo con amorosa voz:

“ –Ven, hijo mío; tus padres te esperan. ¿Por qué te entretienes tanto? Jugando con el agua murmuradora has pasado la hora de la medianoche, mientras tu madre, sedienta, te esperaba con ansia. ¿Tal vez alguna negligente palabra nuestra ha herido tu corazón de hijo? No has de tener muy en cuenta los errores de un padre débil. Amparo de los desamparados, vista de los ciegos, vida y joya de tus padres, ¿por qué permaneces mudo? ¡Habla, valiente y galán hijo mío!

“Así el padre ciego daba la bienvenida al cruel matador de su hijo, y la angustia me rompía el pecho por la acción que había cometido. A duras penas, ante aquellos padres sin hijo, podía alzar la vista dolorida; a duras penas, con voz lenta y desfallecida, podía dar una respuesta. Un temblor me recorría el cuerpo y el alma se me caía con el temor.

“Haciendo acopio de todas mis fuerzas respondí con temblorosa voz:

“ –No es tu hijo, ¡oh santo ermitaño!, sino un kshatria guerrero, Dasarata, quien tienes delante de ti, atormentado por una angustia cruel. He venido a la boscosa orilla del Sarayú a matar al elefante, al búfalo o al ciervo que vienen a beber, y creí oír el ruido que hace un animal cuando bebe. “Esto, pensaba, debe de ser un elefante del bosque sorbiendo agua con su trompa”. Y he lanzado la fatal flecha contra la desconocida presa, sin verla. ¡He corrido y he encontrado un ermitaño que agonizaba! De su pecho abierto y jadeante he arrancado la flecha, y él se entristecía por sus padres mientras su espíritu volaba hacia el cielo. Así, sin saberlo, ¡oh padre!, he muerto a tu bondadoso hijo. ¡Dime qué penitencia he de hacer, o perdona, misericordioso, mi homicidio involuntario!

“Con lentitud y tristeza, a su demanda, los conduje al sitio fatal; larga y fuertemente se lamentaron los padre cerca del frío cadáver, y con himnos y agua bendita cumplieron los ritos funerarios. Después, con lágrimas ardientes y abrasadoras, el ermitaño me dijo:

“ –¡Padecer por un hijo querido es la peor desgracia de un padre! ¡Padecer por un hijo amado: tú algún día sabrás lo que es, Dasarata! ¡Mira a los padres llorar y morir por un hijo muerto; llorarás y morirás también tú por un hijo querido y justo! ¡Lejana es la expiación; pero cuando el tiempo se cumpla, la muerte angustiosa de Dasarata levará su crimen!

“Esto dijo el viejo profeta; después levantó la pira funeraria, y padre y madre murieron arrojándose a la hoguera ardiente. Han pasado años y tiempo, y cuando se ha cumplido el plazo recibo el fruto del orgullo y la locura; pago le precio de mi crimen. ¡Rama, mi primogénito, el más .querido; Laksmana, hijo leal y fiel, ah, perdonad a un padre moribundo y su cruel hazaña!

“¡Reina Kaikei, olvidadiza del derecho, tú has traído esta mancha a la raza de Ragú ¡Los hijos inocentes son desterrados, muerto tu rey y señor! Pon las manos encima de las mías, Kausalia; seca tus lágrimas impotentes; habla con acento consolador de esposa al oído de tu moribundo esposo. Pon tus manos encima de las mías, Sumitra. ¡La vista falla en mis ojos, que se cierran, y por el bravo y desterrado Rama mi espíritu vuela hacia el cielo!

Hundida en el silencio transcurría la noche; el monarca todavía suspiraba. Bendijo a Kausalia y Sumitra, bendijo a sus hijos desterrados, y su espíritu le dejó para siempre.

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