Indian & arab recipes and culture

Recetas y cultura india, pakistaní y árabe

RAMAYANA- CONTINUACION

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VII. EL HERMANO FIEL

Cuando el príncipe Barata, el digno hermano del héroe Rama, regresó al país de los kosalas, recibió dos noticias dolorosas: la primera, la muerte de su anciano padre Dasarata, y después el destierro del intachable Rama. Los cortesanos y ministros se apresuraron a ofrecerle el trono, pero él rehusó. Como un ermitaño entregado a severas penitencias, el príncipe Barata reemprendió el camino de la selva, se dirigió a Tsitrakuta y suplicó a Rama que volviese a Ayodia con estas palabras:

–¡ Ilustre hermano! Bien está que, para que nuestro padre pudiese cumplir el juramento hecho a la reina Kaikei te desterrases voluntariamente; y apruebo tu generosidad, aunque tu ausencia me tenga con el corazón afligido. Pero ahora ya no hay ninguna razón para que sigas en tu actitud. El venturoso Dasarata, padre de pueblos, ha muerto. El bien de nuestros súbditos exige tu presencia. Si antes el abandonar la selva pudiera parecer a los maliciosos un acto egoísta para defender tu propio bienestar, ahora debes regresar a nuestro lado para el bienestar de todos. Un pueblo sin rey es como un rebaño sin pastor. ¡Tus ejércitos, tus súbditos, te aguardan, oh invencible! ¡No nos abandones! ¡Dígnate ocupar el puesto que durante tantos años has merecido, después de haber dado a todos ejemplo de virtud!

Junto a Barata suplicaba también la reina Kausalia, que había acudido con aquél a buscar a Rama en su austero retiro:

–¡Oh hijo mío! ¡Ya ha pasado el tiempo del dolor y del forzoso sacrificio! No quieras ser cruel con los tuyos, y no permanezcas en la soledad como los ermitaños cuando haces falta no sólo a tu pobre madre, sino a tantos y tantos hombres que confían en ti. Pero además, si la idea del trono y del poder no te conmueve, acuérdate al menos de esta anciana, que sólo sueña en tu regreso, y déjate ver de nuevo con tu esposa en tu palacio.

Rama, silenciosos y meditando lo que había venido a decirle su madre y su hermano, aplazó su respuesta, y de momento les dio hospitalidad en la selva que habitaban él y su esposa. Después comenzó a caminar entre la espesura y no tardó en encontrar, solitario también, a un sabio brahmán llamado Jabalí, que le saludó amablemente. Rama al ver al brahmán hizo una profunda reverencia, y Jabalí le dijo:

–Ilustre hijo de los dioses (pues tal aparentas ser, al menos, por tu bella presencia y elevada estatura), ¿qué significan estas arrugas que surcan tu frente? ¿Te aflige algún dolor? ¿Venías quizás persiguiendo algún venado y has perdido el rastro de la pieza? ¿O son quizá negocios de estado lo que te preocupa, como suele acontecer a los reyes?

El virtuoso Rama explicó al brahmán en pocas palabras el motivo de su preocupación, y Jabalí le contestó:

–Si no es más que eso, ello tiene a mi entender una solución bien fácil. La solución es ésta, ¡oh príncipe!: haz lo que te plazca. Los hombres no son dignos de que nos tomemos por ellos la más mínima preocupación. El rey da su palabra a una mujer, y ésta afecta hipócritamente renunciar al favor, pero cuando llega la ocasión se vale de aquella palabra para arrebatarle a su hijo querido. ¿Y vas a ser tú víctima voluntaria de tan absurdo compromiso?

“Tu pueblo desea que regreses: ¡tanto mejor! Regresa, y gobierna sobre los hombres. Pocas veces éstos se muestran dispuestos a dejarse gobernar por nadie. ¿Por qué has de sacrificarte, siendo como eres sabio? ¿Tienes tú la culpa de los compromisos que contrajo tu augusto padre, quizá cuando tú aún no había nacido? ¡Créeme, ilustre hijo de Dasarata! Vuelve a tu reino, viste la púrpura real, no quieras obligar a tu esposa a que comparta largo tiempo contigo una vida miserable. La mujer es más débil que el hombre. Vive como corresponde a tu rango; abstente de comprometer tu palabra en cosas vanas y no toleres que otros te pidan cuenta de acciones que tú no has realizado. Goza de la vida, pues aún eres joven, y no te preocupes demasiado por los compromisos del honor.

Las palabras de Jabalí no convencieron al heroico Rama. Con todos los signos del respeto exterior, el príncipe se despidió del brahmán, como correspondía a su rango, regresó a su cabaña.

–He reflexionado maduramente sobre vuestros deseos –dijo el príncipe a su madre, la reina Kausalia, y a su hermano Barata– y estoy decidido a renunciar al regreso.

¡Hermano mío! Sé que tú eres digno, en mi ausencia, de ostentar la púrpura real. Eres virtuoso, tu ánimo es benigno y se apiadará de las necesidades de mis queridos súbditos. No dejes que el rico oprima al pobre; muéstrate siempre defensor del buen derecho; no pienses demasiado en que, cumplidos los catorce años, yo he de regresar, porque tanto tú como yo estamos sólo de paso por la tierra, y tan efímero sería mi reino como lo pueda ser el tuyo. Y tú, mi querida madre, confío en que vivirás aún bastante tiempo para ver el día de mi vuelta. ¡Con este deseo quedaré haciendo penitencia en este bosque, y no te entristezcas demasiado, pues no hay nada que me proporcione mayor alegría que el cumplir con mi deber!

Entristecidos, pero con el corazón puesto aún en una remota esperanza, Barata y la reina Kausalia, que derramaba amargas lágrimas, regresaron al palacio real de Ayodia. El joven Barata no pensaba, sin embargo, en reinar para sustituir a su hermano. La ambición no atormentó su ánimo por un solo momento, y admirado de la grandeza de alma de Rama, que aceptaba su destierro voluntariamente quiso hacer él también algo grande, algo que dejase memoria en los venideros tiempos.

Apenas llegado a palacio rechazó las salutaciones de los cortesanos y de los ministros, que salían a recibirle llamándole Gran Rey, y dirigiéndose a la sala del trono colocó en él las sandalias de su hermano para que representaran simbólicamente su persona. Nadie se sentó en el trono de Rama mientras estuvo ausente; y Barata, de pie a un lado del augusto sitial, como un ministro más subordinado a las órdenes de un invisible señor, gobernaba con ánimo equitativo y justo, en nombre del legítimo soberano.

Mientras tanto Rama abandonó el paraje llamado Tsitrakuta y con los que le acompañaban se internaba en lo más profundo de las selva de Dandaka para evitar que de nuevo sus amigos o su parientes pudiesen volver a encontrarle.

Nunca hubo mayor combate de generosidad que aquel en que Rama y su hermano Barata rivalizaron, no en la ambición, sino en el desinterés ante las cosas del mundo. Y así quedó registrado en este canto para memoria de los venideros.

VIII. EL IDILIO EN EL BOSQUE

Rama y sus compañeros de destierro llegaron al país donde se levanta la ermita de Agastia, el santo, ante el cual se inclinaban respetuosamente las montañas. Había dejado el norte de la India, atravesando las montañas de Vindia. A dos jornadas de la sagrada ermita Rama construyó su cabaña en el bosque de Pantsavati, cerca de las fuentes del Godavari.

Las límpidas aguas del Godavari se deslizaban por las sombrías hondonadas y los animales montaraces se escondían en la oscuridad profunda.

–Mira los bosques –dijo Rama- de los cuales Agastia el santo nos ha hablado: he aquí la selva solitaria de Pantsavati, con sus áureas y rojas flores. Tú que eres entendido en escoger el bosque y la broza, Laksmana, da una ojeada alrededor; busca, para construir nuestra cabaña, un terreno bajo y llano donde el río toque la ribera con suaves besos; donde mi gentil Sita, de dulces ojos, pueda descansar en rústica bienaventuranza; donde la verde hierba seca fresca y el kusa, primerizo y brillante, y la enredadera nos provean de flores para los ritos sagrados.

–Poco puedo ayudarte, hermano –dijo Laksmana, diligente y humilde-. ¡Tú eres pronto en juzgar y averiguar; Laksmana sólo escucha y obedece!

–Mira este sitio –dijo Rama, cogiendo a Laksmana de la mano-: ¡suave es la hierba del verde kusa, resplandecientes las flores que colorean la tierra. Mira el lago sonriente de los lotos; ¡cuán bello resplandor dan, amoldando su dulce y fresco sabor al aire gentil y suave! Mira las matas y las enredaderas cómo se inclinan encima de la onda clara donde las aguas del Godavari limpian la ribera con sus caricias! Los ánades con su rumor frecuentan esta libera y el tímido ciervo de la selva pastorea por el sombrío boscaje. Los valles resuenan con el toque de clarín delpavo real y los árboles abren sus flores en las altas montañas. Las rocas nos muestran sus brillantes venas como las rayas blancas y rojas pintadas en nuestros elefantes. Los árboles majestuosos y las palmeras empenachadas guardan este sombreado terreno, los dorados dátiles y los mangos floridos se extienden a un lado y otro. Prospera el asoka y el resplandeciente kinsuka; el tsandana despide una rara fragancia; el ásuakarna y el kadira se muestran cerca del sami oscuro. ¡Hermoso sitio para una ermita, visitado por el tímido ciervo, por el gamo rápido y vigoroso!

Laksmana escuchó atentamente las palabras de su hermano mayor; con vigor y grandes trabajos edificó el majestuoso hogar. Espaciosa era la cabaña de hojas con muros de tierra húmeda, con pilastras de vigoroso bambú que sostenían el techo muy alto. Ramas y lianas entrelazadas, atadas desde lo alto a los lados, mantenían unido el techo de cañas, ramaje, hierbas y hojas del bosque. Y una vez el suelo apretado y aplanado, la fatigosa tarea fue acabada y la casa se levantaba con su belleza por la recta pendiente de Ragú.

Laksmana, de belicosa fama, fue al río para sus abluciones; volvió provisto de fragantes lotos y suculentas bayas. Sacrificando a los dioses resplandecientes pronunció los himnos y los mantras sagrados. Después mostró con orgullo al hermano mayor el hogar que había construido con sus manos.

Con dulce y agradecida voz alabó Sita su destreza, el trabajo amoroso del hermano, la voluntad indomable del héroe. Rama estrechó al fiel Laksmana en amoroso abrazo fraternal y le habló con dulce y amable voz, con la gracia amorosa de un hermano mayor:

–¿Cómo podrá Rama, vagabundo sin hogar, pagar un amor sin precio como el tuyo? Deja que te apriete contra mi pecho, alma del amor, brazo del fuerte. ¡Nuestro padre, con su bondad y su gracia, vuelve a vivir en un hijo recto como tú y pisa la amable tierra, libre de los lazos del Yama!

Así habló Rama; y con Laksmana y con Sita, criatura de amor, habitaba en su cabaña, en el bosque de Pantsavati, como los resplandecientes dioses permanecen en sus celestiales palacios.

Llegó y pasó el áureo otoño por la sombra de la selva y las ráfagas nórdicas del invierno avanzaron por en medio de las arboledas.

Una vez terminada la noche llena de estremecimientos, el príncipe del a fama se fue a la orilla del Godavari, a hacer sus puras abluciones matinales. Sita, la de dulces ojos, le seguía silenciosamente con la jarra en los brazos. Laksmana hablaba con Rama de las bellezas que tenía la India en invierno:

–El invierno alegre y animado se acerca a Rama, el amado real; la hermosa estación aparece como una novia, con sus vestiduras más ricas. El aire helado y los céfiros refrescantes despiertan a la vida los mercados y las llanuras, y el trigo brillante de gotas de rocío parece un mar de ondulante verdor. Pero la doncella y la matrona del pueblo evitan la orilla del helado río; cerca del fuego el anciano del pueblo narra las gestas de la antigüedad. Con la abundante cosecha del invierno los hombres cumplen todos los ritos piadosos, con los abuelos que han pasado delante, con los dioses de sagrado poder. ¡Con el rito del otoño los hombres piadosos se guardan de sus pecados, y con la observancia dulce y alegre las mujeres cantan canciones de amor, y los soberanos inclinados a conquistas miran el principio sin nubes del invierno, conducen sus carros abanderados y sus tropas contra los rivales y enemigos! Hacia el sur rueda el carro solar, y el norte frío y viudo, perdida la señal nupcial y la alegría, suspira entre frío sus penas. Hacia el sur rueda el carro solar. El Himalaya, el hombre de la nieve, cumpliendo con su nombre, resplandece con sus vestiduras de invierno. Hacia el sur rueda el carro solar; el aire tiene una frialdad viva y picante; el bosque, perdidas las flores de su manto, aparece con vestiduras rosadas. La estrella de Puksia gobierna el mes de diciembre, y en la noche, llena de escarcha, ya no dormimos en el bosque bajo el manto estelar. La luna pálida, con mortaja de niebla, aparece con brillantez desfalleciente; como el aliento empaña el espejo, la niebla del invierno le empaña la luz; escondida por los vapores que se alzan, luce débilmente sobre el valle, como nuestra Sita, curtida por el sol, pálida de penitencia y trabajo. Las rachas del viento de las montañas de poniente silban al pasar por las hondonadas, y la cigüeña y el chorlito levantan su grito penetrante y agudo. Campos ilimitados de trigo y cebada están mojados y húmedos de gotas de rocío, y el dorado arroz invernal madura como los dátiles arracimados. Villas y pueblecillos despiertan a la vida y al agradable trabajo, y las felices naciones pacíficas prosperan encima de la fértil tierra. ¡Mira al sol en medio de los vapores matinales (como la luna tímida y pálida) cómo se anima a medida que el día avanza atravesando el velo oscuro! ¡Mira la luz áurea y alegre cómo brilla sobre los húmedos prados, poniendo un manto sobre los picos y bosques, pintando matas y árboles! ¡Mira cómo brilla la verde hierba, en cada tallo que se dobla, cómo ilumina todo lo que abarca la vista, cómo se escurre entre las hileras de los árboles! Sediento, el señorial elefante evita todavía el agua helada. El ánade silvestre y el ánsar vigilan, vacilando, la corriente. Desde los ríos envueltos en niebla grita invisible el chorlito. Invisible también corre el riachuelo cerca de la mojada ribera de rocío, y el lirio de agua desfallecido inclina la cabeza bajo la escarcha, perdida su fresca y fragante belleza, perdidos sus suaves pétalos. Ahora mi fantasía errante se va a la lejana ciudad de Ayodita, donde con aire y cabellera de ermitaño lleva Barata la corona real. Desdeñando el esplendor y el estado regio, desechando los placeres que antes amaba, emplea el día invernal en penitencias, duerme en la noche sobre el suelo. ¡Sí! ¡A lo mejor busca las aguas del Sarayú, como nosotros buscamos, al despuntar el día, la onda límpida del Godavari! Hermoso de colores, con ojos de loto, leal, fiel, fuerte de pensamiento y voluntad, por el amor que te tiene, Rama, desdeña las joyas de clase inferior. “Falso resulta para con su padre el que se deja conducir por la astucia de la madre”. Barata hace inútil este viejo refrán impío: desdeña el engaño de la madre. ¡La madre de Barata, Kaikei, esposa real de Dasarata, diestra en el engaño, ha traído la desgracia a la casa real de Ayodia!

–No hables así –contestó Rama-; no hagas ningún reproche a Kaikei. Honra a Barata el justo; honra también a la noble dama. Fuete en el propósito, inconmovible, paseo yo todavía por la selva; pero tu acento, gentil Laksmana, me despierta la añoranza del hogar. El recuerdo amoroso se me reanima a cada palabra, más dulce que la gota de néctar, más puro que el cristal; y mi propósito firme desfallece, tiembla por el amor fraternal. ¡Quieran los dioses que volvamos a ver a Barata, a nuestro hermano querido!.

Suscitada por el amor, una silenciosa lágrima cayó en la corriente el Godavari; y otra vez fiel a su propósito, el corazón de Rama volvió a ser bravo y sereno; el héroe se lanzó al río bajo los rosados rayos de la mañana. Sita entró también en el agua como el lirio se abandona a la corriente. Y rogaron a los antepasados y a los dioses, una vez cumplidos todos los ritos y deberes, y cantaron el antiguo mantra destinado al sol naciente. Con su señor, con la cabellera suelta, Sita volvió a la cabaña, como Uma pasea con Rudra por el pico famoso de Kailasa.

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