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Recetas y cultura india, pakistaní y árabe

Artículo de Ahmed Rashid-10 0ctubre 2001

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Un género desaparecido. Las mujeres, los niños y la cultura talibán
Por Ahmed Rashid

Nadie quiere ver nunca el interior del sencillo despacho del maulvi Qalamuddin en el centro de Kabul. De todos modos, la mitad de la población nunca lo verá, porque el maulvi no permite a las mujeres que entren en el edificio. Qalamuddin es miembro de la tribu pashtún, hombre de gran corpulencia, pies y manos enormes, nariz larga y gruesa, ojos negros y una poblada barba negra cuyo extremo toca la superficie de la mesa cuando habla. Su aspecto físico y su nombre atemorizan en toda la ciudad. Es el jefe de la policía religiosa de los talibán, y el torrente de reglas que emite desde su despacho ha cambiado de un modo espectacular el estilo de vida de la población de Kabul, en otro tiempo despreocupada, y ha obligado a las mujeres a desaparecer por completo de las calles.

El maulvi Qalamuddin dirige el Amar Bil Maroof Wa Nahi An al-Munkar, o Departamento de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, pero él mismo prefiere traducirlo por Departamento de Observancia Religiosa. En las calles, la gente se limita a llamar a los miles de jóvenes fanáticos del departamento, que patrullan con látigos, largos palos y Kaláshnikovs, la policía religiosa e, incluso, los denomina de maneras más despectivas. El día que lo visité, porque había hecho la excepción de conceder una entrevista, en el verano de 1997, acababa de emitir nuevas regulaciones que prohibían a las mujeres usar tacón alto, hacer ruido con los zapatos al andar y maquillarse. «Se prohíben los vestidos elegantes y los adornos de las mujeres en los hospitales. Las mujeres están obligadas a comportarse con dignidad, a caminar con tranquilidad y abstenerse de golpear con los zapatos en el suelo, pues produce ruido», decía el edicto. La manera en que los fanáticos podían ver el maquillaje e incluso los zapatos de las mujeres, todas ellas enfundadas en la burkha de la cabeza a los pies, era un misterio.

El nuevo edicto formalizaba restricciones auteriores a las mujeres en el campo laboral, pero ahora también les prohibían para las agencias de ayuda humanitaria occidentales excepto eu el sector médico. El edicto seguía diciendo: «No se permite a las mujeres trabajar en ningún campo excepto en el sector médico. Las que trabajen en ese sector, no se sentarán en un vehículo al lado del conductor. Ninguna mujer afgana tiene derecho a trasladarse en un mismo vehículo con extranjeros». La educación de los niños en Kabul también está paralizada porque la mayoría de los enseñantes son mujeres y ahora no pueden trabajar. Toda una generación de niños afganos está creciendo sin ninguna educación. Miles de familias cultas han huido de Kabul y se han instalado en Paquistán, tan sólo porque sus hijos ya no pueden recibir educación.

Algo nervioso pregunté a Qalamuddin qué era lo que justificaba la prohibición talibán de que las mujeres trabajaran y fuesen a la escuela.

—Nuestro pueblo nos culpará si no educamos a las mujeres, y acabaremos por darles educación, pero de momento tenemos graves problemas— respondió. Como tantos otros mulás, y a pesar de su tamaño, sorprende al hablar en un tono de voz muy bajo, y tuve que esforzarme para captar sus palabras—. Existen problemas de seguridad. No hay normas para el transporte por separado, y por ahora no hay edificios escolares y servicios independientes para educar a las mujeres. Perdimos dos millones de personas en la guerra contra los soviéticos porque no teníamos la ley de la sharia. Luchamos por ella y ahora esta organización la pondrá en práctica.—Y añadió enérgicamente—: La llevaré a cabo pase lo que pase.

Cuando los talibán hicieron su entrada en Kabul, la policía religiosa golpeaba a hombres y mujeres en público por no dejarse barbas de suficiente longitud o no llevar la burkha como es debido.

—Recomendamos a nuestro personal que no golpee a la gente en las calles. Tan sólo aconsejamos a la gente que se comporte de acuerdo con la sharia. Por ejemplo, si uno se dispone a dar marcha atrás y va a chocar con otro coche, tan sólo le advertimos que no dé marcha atrás en ese momento. —Qalamuddin sonrió, claramente satisfecho de su metáfora moderna.

El Departamento de Observancia Religiosa sigue el modelo de una organización similar en Arabia Saudí y ha reclutado a centenares de jóvenes, muchos de los cuales sólo tienen una educación mínima en madrasas de Paquistán. El departamento es también el servicio de información más eficaz de los talibán, una curiosa regresión al KHAD, la enorme agencia de inteligencia dirigida por el régimen comunista en la década de los ochenta. El KHAD, que más adelante cambió su nombre por WAD, empleaba entre quince y treinta mil espías profesionales y tenía además cien mil informadores a sueldo.

(1) Qalamuddin admite que cuenta con miles de informadores en el ejército, los ministerios, los hospitales y las agencias de ayuda occidentales. «Todo nuestro personal tiene experiencia en los asuntos religiosos. Somos una organización independiente y no aceptamos consejos del Ministerio de justicia ni del Tribunal Supremo acerca de lo que debemos hacer. Estamos a las órdenes del emir mulá Mohammed Omar».

Los edictos de Qalamuddin se emiten regularmente por Radio Shariat (antes Radio Kabul) y cubren todos los aspectos del comportamiento social de la población. Uno de ellos se refiere a la asistencia a los acontecimientos deportivos, que al principio los talibán habían prohibido. El edicto ordena: «Cuando los espectadores alienten a los deportistas deberán cantar Allahu‑Akbar y abstenerse de aplaudir. Si el partido coincide con la hora de la oración deberá interrumpirse. Jugadores y espectadores ofrecerán sus plegarias en congregación». Hacer volar cometas, que fue uno de los pasatiempos preferidos de los kabulíes en primavera, sigue prohibido, así como la práctica de cualquier deporte por parte de las mujeres.

Para los talibán, poner en duda la validez de esos edictos, que no están refrendados por el Corán, equivale a dudar del mismo Islam, aun cuando la primera tarea del profeta Muhammad fue la de emancipar a las mujeres. Ferdinand Braudel ha escrito: «La prueba suprema e inequívoca del Islam fue la emancipación de las mujeres; empezaron por proclamarla y luego, más lentamente, la fueron realizando».

(2) Pero los talibán ni siquiera permitieron a los periodistas musulmanes que pusieran en tela de juicio esos edictos o discutieran sus interpretaciones del Corán. A los mienibros de las organizaciones de ayuda extranjeras se limitaron a decirles: «Vosotros no sois musulmanes, por lo que no tenéis derecho a discutir sobre asuntos islámicos». Los talibán tenían razón, su interpretación del Islam era correcta y todos los demás estaban equivocados y eran ejemplos de la debilidad humana y la falta de piedad. El fiscal general del Estado, maulvi Jalilulá Maulvizada, dijo que «la Constitución es la sharia, por lo que no necesitamos ninguna constitución. El pueblo ama el Islam y por eso apoya a los talibán y aprecia lo que estamos haciendo».

Sin embargo, la difícil situación de las mujeres y de la sociedad afgana en general comenzó mucho antes de que llegaran los talibán. Veinte años de guerra continua habían destruido a la sociedad civil afgana, la comunidad de clanes y la estructura familiar que constituían un alivio importante en un paisaje económico por lo demás severo. Los parámetros de la vida humana en Afganistán figuran entre los peores del mundo. La tasa de mortalidad infantil es de 163 defunciones por mil nacimientos (18 %), la más alta del mundo, si la comparamos con la media de 70 por 1000 en otros países en vías de desarrollo. La cuarta parte de los niños mueren antes de cumplir los cinco años, inientras que en otros países subdesarrollados fallece una décima parte de la población infantil.

En cuanto a los fallecimientos durante el parto, la cifra es también escalofriante: 1.700 madres de cada 100.000. La esperanza de vida tanto de hombres como de mujeres es de cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, en comparación con sesenta y un años en otros países en vías de desarrollo. Sólo el 29 % de la población tiene acceso a los servicios sanitarios, y el 12 % dispone de agua potable, en comparación con el 80 % y el 70 %, respectivamente, en los estados en vías de desarrollo. Los niños mueren de enfermedades comunes, como el sarampión y la diarrea, porque no hay instalaciones sanitarias ni agua limpia. (3)

El analfabetismo era un gran problema antes de que aparecieran los talibán, y afectaba al go por i cio de las chicas y al 6o por i cio de los muchachos. Había enormes extensiones del Afganistán rural donde las escuelas fueron destruídas durante la guerra y no quedaba en pie ni una sola. Así pues, la política talibán discriminatoria de sexo no hizo más que empeorar una crisis progresiva. Tres meses después de la captura de Kabul, los talibán cerraron sesenta y tres escuelas de la ciudad, lo cual afectó a 103.000 niñas, 148.000 muchachos y 11.200 maestros, 7.800 de los cuales eran mujeres. Cerraron la Universidad de Kabul y enviaron a casa a unos diez mil estudiantes, cuatro mil de ellos mujeres. En diciembre de 1998, la UNICEF informó de que el sistema educativo del país se hallaba en un estado de colapso total, y que nueve de cada diez niñas y dos de cada tres niños no iban a la escuela.

El mundo exterior apenas se preocupó por la difícil situación del pueblo afgano. Mientras que en la década de los ochenta la guerra de Afganistán atrajo atención y ayuda, en cuanto los soviéticos retiraron sus tropas en 1989 Afganistán desapareció de la pantalla de radar de la atención internacional. La ayuda cada vez menor de los ricos países donantes, que ni siquiera alcanzaba los requisitos presupuestarios mínimos de la ayuda humanitaria, se convirtió en un escándalo.

En 1996, la ONU había solicitado 124 millones de dólares para su programa de ayuda anual destinado a Afganistán, pero a fines de ese año el país sólo había recibido 65 millones. En 1997, pidió 133 millones y sólo recibió 56, es decir, el 42 %, y al año siguiente pidió 157 millones y sólo recibió 53, el 34 por %. En 1999 la ONU redujo de un modo drástico su solicitud: sólo 113 millones de dólares. Según Barnett Rubin, «si hoy la situación de Afganistán tiene un feo aspecto, no se debe a que el pueblo afgano sea feo. Afganistán no es sólo el espejo de los afganos, sino del mundo. Como dice un viejo proverbio persa: “Si no te gusta la imagen reflejada en el espejo, no rompas el espejo, rómpete la cara”». (4)

Cuando las mujeres de Kabul se miraban en el espejo, incluso, antes de que los talibán tomasen la ciudad, sólo veían desesperación. En 1996 conocí a Bibi Zohra en una diminuta panadería de Kabul. Era una viuda que estaba al frente de un grupo de que confeccionaban nan (el pan sin levadura que comen todos los afganos) para viudas, huérfanos y personas discapacitadas. Unos cuatrocientos mil habitantes de Kabul dependían de esas panaderías financiadas por el PMA, con unas veinticinco mil familias cuyos cabezas de familia eran viudas de guerra y otras siete mil a cargo de hombres discapacitados. La choza de barro de Zohra estaba llena de marcas dejadas por la metralla y agujeros de balas. Primero la habían destruido los cohetes lanzados por las fuerzas de Gulbuddin Hikmetyar en 1993 y, dos años después, la bombardearon los talibán.

La mujer, con seis hijos y sus padres a los que mantener, había donado al PMA parte del pequeño solar donde se alzó su casa, para que instalaran una panadería.

—Mire mi cara, ¿no ve marcada en ella la tragedia de nuestras vidas y nuestro país? —me preguntó—. La situación empeora cada día que pasa. Nos hemos convertido en mendigos que dependemos de Naciones Unidas para sobrevivir. Esa no es la manera de ser de los afganos. Las mujeres están agotadas, deprimidas, abrumadas. Sólo esperamos que llegue la paz, rezamos por ello a cada momento.

La situación de los hijos de Bibi Zohra y otros niños era todavía peor. En un terreno de juegos instalado por la organización «Save the Children» en el complejo de viviendas semiderruido de Microyan, unos niños enflaquecidos jugaban sin alegría en los columpios recién instalados. Era un terreno de juegos sembrado de recordatorios de la guerra, cartuchos de proyectiles artilleros, un tanque destruido con un gran agujero donde estuvo la torreta y árboles desmochados por los cohetes.

—Las mujeres y los niños soportan lo más arduo del conflicto —me dijo Sofie Elieussen, la directora de «Save the Children—. Las mujeres tienen que enfrentarse a la falta de alimentos y la desnutrición de sus hijos; sufren de histeria, traumas y depresiones porque no saben cuándo ocurrirá el próximo ataque con cohetes. ¿Cómo pueden reaccionar los niños a la disciplina o el afecto materno cuando han visto a los adultos matarse entre ellos y las madres son incapaces de satisfacer sus necesidades básicas? Tal es la tensión, que los niños ni siquiera confían entre ellos, y los padres han dejado de comunicarse con sus hijos e, incluso, de intentar explicarles lo que está pasando.

Un estudio de la población de infantil de Kabul realizado por la UNICEF, bajo la supervisión de la doctora Leila Gupta, reveló que la mayoría de los niños habían presenciado actos de violencia extrema y no esperaban sobrevivir. Dos tercios de los niños entrevistados habían visto morir a alguien en un ataque con cohetes, habían visto los cadáveres o los fragmentos de cuerpos diseminados. Más del 70 % habían perdido a un miembro de su familia y ya no confiaban en los adultos.

—Todos sufren al recordar las escenas vividas, tienen pesadillas y se sienten solos. Muchos afirmaban que tenían la sensación de que ya no valía la pena vivir— me dijo la doctora Gupta.

La guerra había destruido todas las normas de vida familiar. Cuando los niños dejan de confiar en sus padres o éstos no pueden proporcionarles seguridad, dejan de estar anclados en el mundo real.

La guerra afectaba a los niños mucho más que en cualquier otro conflicto civil del mundo. Todos los señores de la guerra habían utilizado soldados adolescentes, algunos de sólo doce años, y muchos de ellos eran huérfanos sin ninguna esperanza de tener familia, educación y trabajo, y cuya única salida era ingresar en el ejército. Los talibán, con sus vinculaciones a las madrasas paquistaníes, alentaban a miles de niños a alistarse y luchar. Unidades enteras estaban formadas por chiquillos, que cargaban las baterías artilleras, transportaban munición, vigilaban las instalaciones y luchaban. Es significativo que un gran esfuerzo internacional llevado a cabo en 1998 para limitar la edad mínima de los soldados a los dieciocho años, en lugar de los quince que era el límite de edad en vigor, tropezara con la resistencia de Estados Unidos, Paquistán, Irán y Afganistán. Según un informe publicado en 1999 por Amnistía Internacional, había en todo el mundo 300.000 niños alistados como soldados. (5) La penosa situación de las mujeres y los niños empeoraría mucho más después de que los talibán tomasen Kabul.

Todas las mujeres kabulíes con las que hablé en 1995 y 1996 (entonces los periodistas podían reunirse y hablar con las mujeres en la calle, en tiendas y oficinas) sabían que la precariedad de sus vidas no haría más que empeorar si los talibán se hacían con Kabul. Una de estas mujeres era Nasiba Gul, una asombrosa mujer soltera de veintisiete años que aspiraba a participar en el mundo moderno. En 1990 se había licenciado por la Universidad de Kabul, y tenía un buen empleo en una ONG. Vestida con falda larga y zapatos de tacón alto, pocas veces se molestaba en cubrirse la cara y sólo se ponía un pequeño pañuelo a la cabeza cuando se desplazaba por la ciudad.

—Los talibán quieren pisotear a las mujeres en el polvo —me dijo Nasiba—. Ninguna mujer, ni siquiera la más pobre o la más conservadora desea que los talibán gobiernen en Afganistán. El Islam dice que las mujeres son iguales a los hombres y que se las debe respetar, pero las acciones de los talibán hacen que la gente se vuelva incluso en contra del Islam.

Los temores de Nasiba estaban justificados, pues cuando los talibán tomaron Kabul, las mujeres dejaron de verse en público. Nasiba se vio obligada a abandonar su trabajo y se marchó a Paquistán. Los dirigentes talibán procedían de las provincias meridionales pashtunes más pobres, más conservadoras y menos cultas de Afganistán. En el pueblo del mulá Omar las mujeres siempre habían llevado velo, y las chicas no iban a la escuela porque ésta no existía. Omar y sus colegas trasladaron su propio medio, su propia experiencia, o la falta de ella, con las mujeres, a la totalidad del país, y justificaron su política basándola en el Corán. Durante cierto tiempo, algunas agencias de ayuda afirmaron que ésa era la tradición cultural afgana y que era preciso respetarla. Pero en un país con etnias y niveles de desarrollo tan diversos, no existía un criterio universal de tradición o cultura con respecto al papel de las mujeres en la sociedad. Tampoco ningún dirigente afgano anterior a los talibán había insistido en códigos de presentación personal que exigían largas barbas a los hombres y la utilización de la burkha por parte de las mujeres.

El resto de Afganistán no se parecía ni remotamente al sur. Los pashtunes del este, fuertemente influidos por los pashtunes paquistaníes, se enorgullecían de enviar a sus hijas a la escuela, y muchos siguieron haciéndolo pese al dominio de los talibán, estableciendo escuelas en los pueblos o enviando a sus familias a Paquistán. Allí, organismos de ayuda como el Comité Sueco, mantenían unas seiscientas escuelas de enseñanza primaria con 150.000 alumnos, tres mil de los cuales eran chicas. Cuando los dirigenles tribales pashtunes exigieron educación para las niñas, los gobernadores talibán no pudieron oporterse. (6) En los campos de refugiados afganos en Paquistán estudiaban decenas de miles de muchachas pashtunes. Fuera del cinturón pashtún, todos los demás grupos étnicos fomentaban con vigor la educación femenina. La fuerza de Afganistán radicaba en su diversidad étnica, y las mujeres tenían tantos papeles en la sociedad como tribus y nacionalidades existían.

Las ciudades afganas eran incluso más diversas. Kandahar fue siempre una ciudad conservadora, pero en otro tiempo la elite femenina de Herat hablaba el francés como segunda lengua y copiaban las modas de la corte del sha en Teherán. El 40 % de las mujeres de Kabul trabajaban, tanto bajo el régimen comunista como el gobierno muyahidín posterior a 1992. Mujeres con una educación incluso mínima y un empleo cambiaban su indumentaria tradicional por faldas, zapatos de tacón alto y maquillaje. Iban al cine, practicaban deportes, bailaban y cantaban en las bodas. Debería haber bastado el sentido común para convencer a los talibán de que, si querian ganarse el afecto y la lealtad de la gente, deberían suavizar su política con respecto a las mujeres de acuerdo con las realidades existentes en las regiones que controlaban. En cambio, consideraban a Kabul como un antro de iniquidad, una Sodoma y Gomorra donde era preciso golpear a las mujeres para que se adaptaran a las normas de conducta de los talibán. Y para éstos los norteños eran unos musulmanes impuros a los que debían islamizar de nuevo a la fuerza.

La actitud intolerante de los talibán estaba también conformada por su propia dinámica política interna y el carácter del personal que integraba sus filas. Los reclutas (los huérfanos, los desarraigados, el lumpen proletariado de la guerra y los campos de refugiados) se habían criado en una sociedad totalmente masculina. En el ambiente de las madrasas, el dominio de las mujeres y su práctica exclusión era un símbolo poderoso de virilidad y una reafirmación del compromiso de los estudiantes con la yihad. Negarles un papel a las mujeres daba a los talibán una especie de falsa legitimidad entre aquellos elementos. Como dijo Simi Wali, director de una ONG afgana: «Este conflicto contra las mujeres tiene sus raíces en las creencias políticas y las ideologías, no en normas islámicas o culturales. Los talibán son una nueva generación de varones musulmanes producto de una cultura de guerra, que han pasado gran parte de su vida adulta separados por completo de sus comunidades. En la sociedad afgana, las mujeres han sido utilizadas tradicionalmente como instrumentos para regular la conducta social y, por lo tanto, son símbolos importantes en la cultura afgana». (7)

Los dirigentes talibán me dijeron una y otra vez que si daban a las mujeres mayor libertad o la oportunidad de ir a la escuela, perderían el apoyo de sus soldados, a quienes desilusionarían unos mandos que habían puesto en peligro los principios porque se sentían presionados. Decían también que las posibilidades de encuentros sexuales debilitarían y trastornarían a los reclutas, que ya no lucharían con el mismo entusiasmo. Así pues, la opresión de las mujeres se convirtió en un hito del radicalismo islámico talibán con el objetivo de «limpiar» la sociedad y mantener alta la moral de sus tropas. La discriminación de las mujeres se convirtió en el elemento principal de la resistencia talibán a la ONU y los intentos de los gobiernos occidentales para que aceptaran un compromiso y moderasen su política. Comprometerse con Occidente sería una derrota, indicaría que estaban equivocados desde el principio, mientras que mantener una actitud de desafío sería una señal de victoria.

Los talibán partidarios de la línea dura dieron la vuelta al argumento del mundo exterior e insistieron en que era Occidente quien debía moderar su posición para dar cabida a los talibán, en vez de ser éstos quienes reconocieran los derechos humanos universales. El fiscal general del Estado, el maulvi Jalilulá Maulvizada, declaró: «Digamos cuál es la clase de educación que quieren Naciones Unidas. Se trata de una gran política infiel que da tal obscena libertad a las mujeres que las llevaría al adulterio y anunciaría la destrucción del Islam. Todo país musulmán donde el adulterio llega a ser corriente queda destruido y sufre el dominio de los infieles, porque los hombres se vuelven como las mujeres y éstas no pueden defenderse. Quien se dirija a nosotros debe hacerlo dentro del marco islámico. El sagrado Corán no puede adaptarse a los requisitos de otras gentes, son éstas las que deberían adaptarse a los requisitos del sagrado Corán». (8) Los talibán no podían explicar cómo una religión profundamente arraigada como el Islam corría tal peligro de destrucción a manos de los adúlteros.

Todos los pashtunes tribales seguían también el pashtunwali, un código social que daba a la jirga o consejo tribal el derecho a juzgar basándose en un cuerpo de leyes y castigos tradicionales, sobre todo cuando se trataba de disputas por la propiedad de la tierra, mujeres y crímenes. Los pashtunes siempre han difuminado la línea entre el pashtunwali y la sharia, y lo cierto es que los castigos impuestos por los talibán procedían más del primero que de la segunda. Pero el pashtunwali se practicaba en grados diversos, de menor a mayor extensión en el cinturón pashtún, y ciertamente no gobernaba las prácticas de otros grupos étnicos. El hecho de que los talibán estuvieran decididos a imponer por la fuerza la ley pashturtwali‑sharia a esos grupos étnicos no hacía más que profundizar la división étnica en el país. Los que no eran pashtunes lo consideraban un intento de imponer las leyes pashtunes kandaharis a todo el país.

No existía ninguna condición política en la que los talibán estuvieran dispuestos a comprometerse. Después de cada derrota militar, ponían en práctica con la mayor brutalidad su política de discriminación sexual, basándose en la creencia de que unas medidas más duras contra las mujeres mantendría alta la moral de los soldados derrotados. Y a cada victoria hacían lo mismo, porque era preciso mostrar a las poblaciones recién conquistadas el poderío talibán. La política de «compromiso» con los talibán para que se moderasen, propuesta por la comunidad internacional, no daba ningún resultado, y la insistencia en que, una vez finalizada la guerra, se proporcionara educación a las mujeres fue careciendo cada vez más de sentido. La toma de Herat en 1995 fue el primer indicador para los afganos y el mundo exterior de que los talibán no iban a reducir su discriminación de las mujeres. Herat, el centro del Islam medieval en toda la región, era una ciudad de mezquitas y madrasas pero tenía una tradición islámica antigua y liberal. Era el hogar de las artes y los oficios islámicos, la pintura en miniatura, la música, la danza, la confección de alfombras y numerosos relatos sobre sus formidables y hermosas mujeres.

Los heratíes cuentan todavía la historia de la reina Gowhar Shad, nuera del conquistador Taimur, quien trasladó la capital timúrida de Samarkanda a Herat en 1405, tras la muerte de Taimur. Un día, acompañada por doscientas hermosas damas de honor, de «labios de rubí», la reina inspeccionó un complejo formado por una mezquita y una madrasa que se alzaba en las afueras de Herat. Se había pedido a los estudiantes de la madrasa (los talibán) que se marcharan del recinto mientras la reina con su séquito llevaba a cabo su inspección, pero un estudiante se había quedado dormido en su habitación. Le despertó una dama de honor de belleza exquisita. Cuando regresó al lado de la reina, la dama jadeaba y estaba despeinada, debido a los esfuerzos de una actividad amorosa apasionada, por lo que fue descubierta. En vez de castigar a la dama o al estudiante, la reina ordenó que todas sus damas de honor se casaran con los estudiantes, en una ceremonia general, a fin de bendecirlos y asegurar que evitaran la tentación en el futuro. Dio a cada estudiante ropas y un salario, y ordenó que los esposos se reunieran una vez a la semana, siempre que ellos estudiaran con ahínco. Era la clase de relato que compendiaba la tradición liberal y humana del Islam y la educación de la madrasa en Herat.

Los talibán no tenían ningún conocimiento de la historia y las tradiciones de Herat, y en cuanto llegaron a la ciudad ordenaron que las mujeres no salieran de sus casas. Prohibieron a la gente que visitara los santuarios de los santos sufíes que abundan en Herat. Los talibán cerraron todas las escuelas de niñas y pusieron así fin al esfuerzo realizado durante años por los muyahidín del jefe militar Ismael Khan para educar a la población. También cerraron la mayor parte de las escuelas de niños, puesto que la mayoría del personal docente era femenino. Establecieron la segregación en los pocos hospitales que funcionaban, cerraron las casas de baños y prohibieron a las mujeres acudir al bazar. Todo esto tuvo como resultado que las mujeres heratíes fuesen las primeras en rebelarse contra los exesos de los talibán. El 17 de octubre de 1996, más de un centenar de mujeres protestaron ante la sede del gobernador .

Contra el cierre de las casas de baños. La policía religiosa taliban las golpeó antes de detenerlas. Entonces fueron de casa en casa advirtiendo a los hombres que prohibieran salir del hogar a sus mujeres.

Los medios de comunicación internacionales y Naciones Urnidas prefirieron hacer caso omiso de estos hechos en Herat, pero varias ONG occidentales comprendieron las profundas implicaciones que tenían para sus actividades futuras. Tras un largo debate internlo e infructuosas negociaciones con los talibán en Herat, la UNICEF y la organización «Save the Children» suspendieron sus programas educativos en Herat debido a la exclusión de las niñas. (9) La suspensión de estos programas de ayuda no disuadió a los talibán, quienes se dieron cuenta en seguida de que otras agencias de Naciones Unidas no estaban dispuestas a enfrentarse a ellos por su política de discriminación de las mujeres. Además, habían conseguido dividir a la comunidad de organizaciones de ayuda humanitaria. La política de la ONU era caótica, porque las agencias no habían sabido negociar desde una plataforma común. A medida que cada agencia de la ONU trataba de cerrar su propio trato con los talibán, la ONU ponía en riesgo sus principios, mientras que las restricciones impuestas por los talibán a las mujeres no hacían más que aumentar. El jefe de una ONG europea me dijo: «La ONU está en una pendiente resbaladiza. Cree que por medio de pequeños compromisos podrá satisfacer tanto a la comunidad Internacional como a los talibán. En realidad no está satisfaciendo a nadie».(10)

El mundo sólo tomó conciencia de lo que significaba esa política talibán de discriminación de la mujer en 1996, tras la toma de Kabul. La ONU no podía pasar por alto el asunto después de que los medios de comunicación internacionales informaran ampliamente de la ejecución del ex presidente Najibulá y el trato que daban a las mujeres de Kabul. Las declaraciones de protesta de dirigentes como el secretario general de la ONU, Boutros‑Ghali, los directores de UNICEF la UNESCO, el ACNUR y el Comisionado Europeo para los Derechos Humanos no tuvieron ninguna respuesta por parte de los talibán. Estos cerraron los salones de belleza y las peluquerías femeninas de Kabul, así como las casas de baños para mujeres, el único lugar donde había agua caliente. Se ordenó a los sastres que no tomaran las medidas de las mujeres para hacerles ropa, pero ellos memorizaron las medidas de sus clientas habituales. Se destruyeron las revistas de moda. Una periodista norteamericana escribió: «Píntate las uñas, haz una foto de una amiga, toca la flauta, aplaude rítmicamente, invita a un desconocido a tomar el té y habrás violado un edicto talibán».

Hasta la ocupación de Kabul, no se había tenido en cuenta la desastrosa falta de política por parte de la ONU, pero entonces se convirtió en un escándalo y la organización internacional recibió severas críticas de los grupos feministas. Finalmente, las agencias de la ONU se vieron obligadas a adoptar una postura común. Hicieron una declaración que hablaba de «mantener y promover la igualdad y la dignidad intrínsecas del conjunto de la población» y de «no discriminar entre los sexos, las razas, los grupos étnicos o las religiones». Pero el mismo documento de la ONU decía también que «las agencias internacionales tienen un gran respeto por las costumbres y las culturas locales». Era un compromiso clásico de Naciones Unidas que permitía a los talibán dar largas al asunto, prometiendo que autorizarían la educación de las mujeres una vez establecida la paz. Sin embargo, en octubre de 1996, la ONU se vio obligada a suspender ocho proyectos remunerativos para las mujeres de Kabul, porque ya no se les permitía trabajar en ellos.

Durante el año y medio siguiente tuvo lugar una ronda tras otra de negociaciones infructuosas entre la ONU, las ONG, los gobiernos occidentales y los talibán, y al final de ese período resultó claro que una camarilla de ulema partidarios de la línea dura talibán en Kandahar estaban decididos a librarse por completo de la ONU. Los talibán apretaron todavía más las tuercas. Cerraron las escuelas nacionales para niñas cuya actividad habían permitido hasta entonces e impidieron que las mujeres asistieran a los hospitales generales. En mayo de 1997 la policía religiosa golpeó a cinco miembros femeninos de la ONG estadounidense Care International, y entonces exigieron que todos los proyectos de ayuda recibieran el visto bueno no sólo del ministerio pertinente, sino también de los ministerios de Interior, Sanidad, Policía y el Departamento de Promoción de la Virtud y Prevención del Vício. A esto siguió la exigencia de que todas las musulmanas empleadas en organismos humanitarias que acudieran a Afgantistán estuviesen acompañadas de un familiar masculino. Finalmente, en julio de 1997, los talibán insistieron en que las treinta y cinco agencias de la ONU y las ONG abandonaran sus sedes y se instalaran en un recinto seleccionado previamente, en el solar que ocupó el edificio del destruido Politécnico. La Unión Europea suspendió la ayuda humanitaria, y la ONU y las ONG abandonaron Kabul.

La penosa situación de las mujeres afganas ocultaba a menudo el hecho de que a la población masculina no le iba mucho mejor bajo el dominio talibán, sobre todo a los que no eran pashtunes. A todos los varones de Kabul se les dio sólo un mes y medio para que se dejaran crecer la barba, aun cuando algunos grupos étnicos como los hazaras, no tienen, entre sus rasgos físicos, el de un considerable desarrollo del pelo facial. La longitud de la barba no podía ser inferior a la de un puño de hombre. Surgieron chistes, como el que decía que el principal negocio de importación y exportación afgano era el pelo facial masculino, o el de que los hombres no necesitaban visado para viajar a Afganistán, pues les bastaba con la barba. La policía religiosa, provista de tijeras, se apostaba en las esquinas para cortar los cabellos largos y, en ocasiones, golpear a los infraciores. Los hombres tenían que llevar el shalwar, unos pantalones inuy holgados, por encima del tobillo, y todo el mundo estaba obligado a rezar las plegarias cinco veces al día.

Los talibán también apretaron las clavijas a los homosexuales. Los pashtunes de Kandahar eran conocidos por sus relaciones con muchachos. Que los señores de la guerra violaran a jovencitos fue uno de los principales motivos del mulá Omar para la movilización de los talibán. Pero la homosexualidad siguió existiendo, y los castigos eran extravagantes si no inhumanos. En abril de 1998, a dos soldados sorprendidos en prácticas homosexuales los golpearon sin misericordia y entonces, atados, los pasearon por Kabul en una camioneta de caja descubierta, los rostros ennegrecidos con aceite de motor. Los hombres acusados de sodomía se enfrentaban al castigo «islámico», desconocido hasta entonces, de perecer bajo un muro que derriban sobre ellos.

En febrero de 1998, a tres hombres condenados por sodomía en Kandahar los llevaron a la base de un enorme muro de barro y ladrillo y, por medio de un tanque, lo derribaron sobre ellos. Permanecieron enterrados bajo los escombros media hora, pero uno de ellos logró sobrevivir. «Su eminencia el Amir‑ul Momineen [el mulá Omar] asistió al acto de castigar con la sharia los tres sodomitas eu Kandahar», decía Anis, el periódico talibán. (11) En marzo de 1998 dos hombres fueron ejecutados por el mismo procedimiento en Kabul. «Nuestros expertos religiosos no se ponen de acuerdo sobre la clase de castigo adecuado a la homosexualidad», dijo el mulá Mohammed Hassan, resumiendo así la clase de debates a que se dedicaban los talibán. «Algunos dicen que deberíamos llevar a esos pecadores al tejado de un edificio alto y arrojarlos al vacío, mientras otros opinan que deberíamos cavar un hoyo al lado de un muro, introduciilos y entonces derribar el muro encima de ellos». (12)

Los talibán también prohibieron toda forma concebible de entretenimiento, que de todos modos siempre escaseaba en un país pobre y lleno de privaciones como Afganistán. A los afganos les entusiasmaba el cine, pero las películas, la televisión, los vídeos, la música y el baile fueron prohibidos. «Naturalmente, comprendemos que la gente necesita cierta diversión, pero pueden ir a los parques y ver las flores, gracias a lo cual aprenderán acerca del Islam», me dijo el mulá Mohammed Hassan. Según el ministro de Educación, el mulá Abdul Hanifi, los talibán «se oponen a la música porque crea una tensión en la mente y obstaculiza el estudio del Islam». (13) Las canciones y el baile se prohibieron en las bodas, que durante siglos habían sido grandes acontecimientos sociales con los que se ganaban la vida centenares de músicos y bailarines. La mayoría de ellos huyeron a Paquistán.

A nadie se le permitía colgar cuadros, retratos o fotografías en las paredes de sus casas. Uno de los principales artistas de Afganistán, Mohammed Mashal, de 82 años, quien estaba pintando un enorme mural que mostraba quinientos años de la historia de Herat, se vio obligado a contemplar cómo los talibán enjalbegaban su obra. En una palabra, los talibán no reconocían la misma idea de cultura. Prohibieron el Nawroz, la celebración tradicional del Año Nuevo afgano, tachándola de antiislámica. El Nawroz es un festival de primavera que señala el primer día del calendario solar persa, cuando la gente visita las tumbas de sus familiares. Los nuevos dirigentes impidieron a la fuerza que siguieran haciéndolo. Prohibieron el Día del Trabajo, el 1 de mayo, porque era una festividad comunista; durante algún tiempo también prohibieron el Muharram, el mes islámico chiíta de duelo e, incluso, restringieron cualquier atisbo festivo en la Eid, la principal celebración musulmana del año.

La mayoría de los afganos se sentían desmoralizados por el hecho de que el mundo islámico no emprendiese la tarea de condenar el extremismo de los talibán. Paquistán, Arabia Saudí y los estados del golfo Arábigo nunca han hecho una sola declaración sobre la necesidad de la educación femenina o de que los derechos humanos estén vigentes en Afganistán. Tampoco han puesto nunca en tela de juicio la interpretación de la sharia que hacen los talibán. Los países musulmanes de Asia también guardaron silencio. Resulta sorprendente que fuese Irán el país que hiciera la defensa más férrea de los derechos de las mujeres bajo el Islam. «Con su política fosilizada, los talibán impiden que las niñas asistan a la escuela y que las mujeres trabajen fuera de sus casas, y todo ello en nombre del Islam. ¿Qué podría ser peor que cometer violencia, la estrechez de miras, la limitación de los derechos de las mujeres y la difamación del Islam?», planteó el ayatolá Ahmad Jannati ya en 1996. (14) Las críticas iraníes de la política talibán aumentaron de forma espectacular tras las muertes de sus diplomáticos en Mazar, en 1998.

En Mazar se encuentra la tumba de Rabia Balkhi, una y trágica poetisa medieval. Fue la primera mujer de su tiempo que escribió poesía amorosa en persa, y murió trágicamente después de que su hermano le cortara las venas de las muñecas como castigo por haberse acostado con un amante esclavo. Rabia escribió su último poema con su propia sangre mientras agonizaba. Durante siglos jóvenes uzbekos de ambos sexos visitaron su tumba y la veneraron como a una santa. Allí rezaban por el éxito de sus amores. Cuando los talibán ocuparon Mazar, prohibieron las visitas a la tumba. El amor, incluso para una santa medieval, estaba ahora prohibido.

Notas
(1). Barnett Rubin, The Fragmentation ofAfghanistan: State Fürmation and Collapse in the Intemational System, Yale University Press, 1995.
(2). Ferdinand Braudel, A History of Civilizations, Penguin Books, Londres, 1993.
(3). PNUD Country Development Indicators, 1995.
(4). Barnett Rubin, The Fragmentation of Afghanistan: State Formation and Collapse in the International System.
(5). «In The Firing Line: War and Children’s Rights», Amnistía Internacional, 1999.
(6). Fange Anders, «Difficulties and opportunities. Challenges of Aid in Afghanis tan». Documentos para la Conferencia de Estocolmo sobre Afganistán, 24 de febrero de 1999.
(7). Sima Wali, «Statement on Afghanistan» en la reunión del Congreso de Estados Unidos sobre los Derechos Humanos, 30 de octubre de 1997. Wali dirige la agrupación Refugee Wornen in Development.
(8). Entrevista con Maulvizada, Kabul, junio de 1997.
(9). UNICEF emitió un comunicado oficial el i o de noviembre de 1995 y «Save the Children» el 8 de marzo de 1996.
(10). Entrevista, Kabul,junio de 1996.
(11). AFP, «One survives Taliban death sentence for sodomy», 28 de febrero de 1998.
(12). John Burns, «With stigared tea and caustic rules, an Afghan leader explains hiniself», New York Times, 24 de noviembre de 1996.
(13). AP, «Taliban restrict music», 18 de diciembre de 1996.
(14). Reuters, «Iranian leader accuses Taliban of defaming Islam», 4 de octubre de 1996. * Extraído de Los Talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo “Gran Juego” en Asia Central, ediciones Península, febrero de 2001, pp. 163-180

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