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INDIA, DIOSES Y TANTRA

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Los dioses hindúes no constituyen un dogma, no son objetos de fe, más bien ofrecen un principio de búsqueda, pues no pretenden demostrar la realidad, sino interpretarla de forma simbólica.

La India, los dioses y el Tantra.

Se sabe muy poco sobre las religiones de los habitantes prearios, fundamentalmente dravídicos, en el centro y sur de la India, aunque está claro que adoraban representaciones de la diosa madre y varias divinidades animales.

Se sabe algo más de la cultura del valle del Indo (en el actual Pakistán) que floreció entre el 3.500 y el 2.500 a.C.. Sus principales ciudades Mohenjo-Daro y Harappa son consideradas por algunos estudiosos como la cuna del Tantra, aunque donde más se desarrolló fue en los actuales estados hindúes de Bengala, Assam, Kerala y Cachemira.

En la cultura de Harappa se ha encontrado un sello de arcilla en la que aparece una figura que está considerada como un “protoshiva”, ya que representa numerosos atributos de Pashupati, una forma de Shiva todavía venerado, muchos siglos después en numerosos templos hindúes.


Protoshiva de Harappa

Aunque en la India hay numerosas corrientes religiosas, como el budismo, el islam, el jainismo, los sijs e incluso el cristianismo, ninguna otra religión como el hinduismo es tan ecléctica y plural en sus asertos teóricos como en sus expresiones concretas.
Es la única de las grandes religiones que no tiene un fundador ni un libro sagrado que le sirva de referencia central a todos sus seguidores.
Los cuatro vedas (Rig, Atharva, Sama y Yajur), son los textos centrales, pero también se puede atribuir este valor a los Upanishad o a la Bhagavad Gita.
Se puede adorar a Vishnú, a Shiva, a otros dioses o diosas, o a ninguna divinidad, y meditar sobre el Espíritu Supremo que mora en el interior de cada persona. Se puede encontrar la especulación metafísica más sutil sobre la realidad última, o cultos populares a los espíritus de los bosques y las divinidades animales.
El monismo más absoluto, o la no-dualidad extrema, se codean con un extremado pluralismo de dioses. Reconoce el valor de muchos camino que conducen al estado supremo y no pone dificultad en admitir la naturaleza divina de otros dioses o profetas de otras religiones.
Como dice el Rig Veda:

Ekam Sat Vipra Bahudha Vadanti «La Verdad es una, los hombres de conocimiento la explican de diversas formas».

Las imágenes personales de los dioses deben ser consideradas como iconos.
La presencia de estos iconos tan particulares en la cultura de la India no indica un mero politeísmo como algunas veces se cree, sino un modo de relación entre las energías universales y uno mismo. Esta forma personal de las deidades son iconos representando poderosas energías, que se experimentan, pero que no se ven. Los hinduistas no adoran a un elefante, a una mujer de muchos brazos, a un mono o a un pene.
Lo que adoran es a ESO (lo Absoluto). Si no representaran nada, estarían excluyendo a todo. Si no admitieran que se le puede representar, y lo llevaran al concepto de lo invisible, de nirguna (sin atributos), estarían limitando, negando la realidad.
ESO es uno y múltiple, nirguna y saguna (con todos los atributos), porque se tiende a representar la divinidad dentro de la propia realidad.

Los dioses eran el ideal del pueblo ario, y representan las virtudes que ellos admiraban para sí mismo.
Por eso los mitos y dioses hindúes no constituyen un dogma, no son objetos de fe, más bien ofrecen un principio de búsqueda, pues no pretenden demostrar la realidad, sino interpretarla de forma simbólica, y en el culto se trata a la imagen o idea de cada divinidad, como a una persona viva a la que hay que adorar y contemplar.
Un rasgo distintivo del hinduismo es que la práctica tiene precedencia sobre la creencia.
Es más importante lo que hace, que lo que cree.
Adcribirse a cualquiera de sus líneas de pensamiento, no es, por tanto, la aceptación de un cierto corpus de creencias, sino la práctica o ejecución de ciertos deberes definidos.

Como afirma Frits Staal, “un hindú puede ser teísta, panteísta, ateo, comunista y creer en lo que quiera, pero lo que lo convierte en hindú son las prácticas rituales que realiza y las reglas a las que se somete, en resumen, lo que hace“.

Así, la práctica (shadana) de la escuela trika (shívaismo no-dual de Cachemira), descrita en el compendio de Abhinavaghupta conocido como «Luz sobre el Tantra» (Tantraloka), consiste en un largo ritual diario que seguía el modelo del shaíva siddhanta, a la vez que incluía algunas prácticas yóguicas denominadas los “métodos” (upaya) entre los que se encontraba el yoga kundalini.

Los dioses y diosas del Tantra, que en muchos casos son los mismos del hinduismo, y que participan de una interpretación simbólica de la realidad, son herramientas en las que apoyar la mente para expandir la consciencia, al igual que los mantrans, los yantras, las pujas y todas las practicas que conforman la shadana personal. «El culto no tiene ninguna utilidad más que en la medida en la que puede ayudar a aquel que lo realiza a identificarse con la Consciencia divina». (Tantraloka 4, 121-122).

De este modo, cada escuela tántrica escoge aquellas divinidades que mejor se adaptan a su concepción del mundo, a su tradición, para esa interpretación del mundo, en la que se apoya para alcanzar el fin último de la realización personal: la liberación del ciclo de reencarnaciones, lo cual se concibe como llegar a ser igual a Shiva, ya que según el Tantra sólo un dios puede venerar a un dios, para alcanzar la unidad con el Todo.

Una característica de la concepción tántrica es que las mujeres representan (o se manifiestan como) la Diosa dentro del contexto ritual.
Igual que el seguidor masculino se convierte en la divinidad masculina, especialmente en Shiva, ya que sólo un dios puede venerar a un dios, su pareja femenina se convierte en la Diosa.
La idea del sacrificio a la diosa tiene una interpretación esotérica en algunos Tantras, tratandose de una ofrenda del yo limitado y particularizado al yo de la diosa omnipresente: la Diosa aparece, pues, como conciencia absoluta e incontaminada.

Este culto a la diosa, o corriente shakta, (probablemente de origen preario) se encuentra en algunos tantras primitivos de la tradición Kaula del sur, redactados antes del siglo XI, y se ordenan en dos grupos, los que tienen como punto central a la diosa benévola (los Tantras de los srikula, la familia de la diosa propicia), y los que se basan en la diosa feroz (los Tantras de los kalikula, la familia de la diosa negra).

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